lunes, 24 de noviembre de 2014

La noche de San Juan



Era la noche de San Juan y corría un viento fresco que erizaba mi piel. Aún no eran las doce y el pueblo estaba callado, se guardaba bajo la penumbra, pero entre los ruidos del silencio cobraban vida  las bendiciones y maldiciones de una noche como esa.
Ariadna, mi mejor amiga,  iba conmigo y, al ver mi piel estremecida, me prestó su suéter. Hacía años que no me paraba por ahí, todo era distinto a lo que vieron mis ojos de niña. La luna llena resplandecía sobre mi cabeza como una aureola y me seguía camino al pozo de la antigua hacienda.
            Ya nos habíamos sentado bajo la higuera para aprender a tocar la guitarra, habíamos recorrido la pradera con esperanza de encontrarnos un gato o ver florecer una yerbabuena, pero faltaba lo más importante: justo a la media noche debíamos lavarnos las manos y el pelo para permanecer jóvenes y bellas por siempre.  
Mi bisabuelo había abierto el pozo para el uso comunitario, apoyando al pueblo en un periodo de sequía, pero según contaban mis tías, el agua de ahí había ocasionado muchas desgracias y mientras caminábamos hacia el pozo aproveché para contarle a Ariadna la leyenda completa:
-Una noche de San Juan, hace muchos años, una muchacha del pueblo llamada Casandra se tiró dentro del pozo al descubrir que su marido la engañaba con la costurera de la región. Al parecer, Casandra  era una especie de vidente que podía adivinar muchas cosas con los ojos de la intuición, pero el amor la cegó, impidiéndole ver lo único que era evidente para el ojo común.  No murió de inmediato, sino quedó flotando dolorida, por lo que dio peso de piedra a sus dolores y con sus lágrimas elevó el nivel del agua hasta lograr ahogarse.
-¡Qué horror!
-Espera, falta lo bueno. El pozo  es tan oscuro que es imposible percibir el fondo, así que su cuerpo quedó sin descubrirse  por varios meses, en que la gente usó el agua para la siembra, para dar de beber a los animales y beber ella misma. El agua envenenada mató la siembra, a los animales y sumergió en una extraña tristeza a todo aquel que la bebía.  Se dice que una vez, la costurera fue al pozo acompañada por un niño. La mujer bajó el cubo y al jalarlo se resbaló hacia adentro. El niño se asomó y escuchó una pequeña voz susurrando “Casandra” antes de apagarse bajo el agua. El pueblo completo fue a sacar el cuerpo de la recién caída, y fue así como descubrieron el otro.
Vi temor en los ojos de Ariadna, creí que la historia causaba su efecto y me reí un poco de ella. Cuando mi abuela me la contó, yo no pude dormir por varias noches, pero ver ese temor de niña en mi buena amiga me causaba gracia. 
-       Esto es sólo una historia o ¿estás tratando de decirme algo? – Dijo Ariadna perturbada.
Yo no entendí su pregunta y haciendo un gesto de extrañeza continué mi narrativa.
- Luego un antiguo pretendiente de la adivina, bien enterado de la tragedia,  fue a sacar agua del pozo. Era una de esas raras noches de luna menguante, en que, justo sobre el agua se reflejaba una sonrisa.  Al asomarse a jalar la cubeta vio una sombra moverse y preguntó asustado “¿Casandra?” y Casandra respondió: “Voy a decirte cosas que no quieres oír pero bien deberías saber. Aquellos socios en quienes tanto confías se aprovechan de ti, están escondiendo las verdaderas ganancias en un costal de papas. Vete, y haz lo que debes hacer”. ¡Mira, ya estamos aquí, es ese de ahí arriba!  Desde entonces, mucha gente viene al pozo a pedir su consejo, creo que mi abuela lo hacía constantemente. Sólo hay que susurrar “Casandra” mirando hacia abajo y se supone que si estás abierto a la magia, te contesta.
- Oye, y ¿no hay otro lugar en que podamos lavarnos?, la verdad no me gusta la idea de este pozo, ¿qué tal si en vez de bonitas nos ponemos tristes?
- No, no hay otro lugar cerca, además ya sólo faltan un par de minutos para la media noche y el hechizo no resultaría.
Saqué un cubo de agua sin mucha dificultad, como vi a mi madre hacerlo tantas veces, y las dos nos lavamos las manos y el cabello. Nos reímos en complicidad.
- ¡Ahora seremos jóvenes y bonitas por mucho tiempo! Vámonos hacia la higuera, que si volteamos hacia la luna y luego la miramos, la veremos florecer.
- No, ¿no te da curiosidad lo de Casandra? Si esta noche se abren las puertas al otro lado del espejo, seguro ahí estará esta mujer.
- No, la verdad es que me da miedo.
- No seas miedosa, inventé eso de que se había tirado en la noche de San Juan para asustarte, pero en realidad se pudo haber tirado cualquier día.
- Pues lo lograste.
- Ah, no pasa nada.
- Bueno, lo hacemos, pero vas tú primero.
Me acerqué y de pronto una ansiedad se apoderó de mi mente. Me vi al borde del  pozo y no quería mirarlo, trataba de resistirme al vértigo malsano. Cuando por fin me atreví a mirar, sentí mi alma caer una y otra vez, aún cae eternamente sin tocar jamás el agua, sólo la oscuridad.
Con la voz temblorosa susurré, esperanzada en que nadie contestara:
- Casandra… - pero una voz dulce, envuelta en un eco misterioso me dijo:
- Voy a decirte cosas que no quieres oír, pero bien deberías saber: Aquella amiga en quien tanto confías se aprovecha de ti. Tiene amoríos con tu prometido.  Tú le has contado todo acerca de él y sabiendo esto, ella lo ha buscado y usado tus confidencias contra ti. Ve y has lo que tienes que hacer.
Me incorporé temblando, sin poder creer lo que había escuchado.
-          ¿Qué pasó?, ¿La escuchaste?
Me tomo un momento responder.
-          No, no pasó nada. ¿Por qué no lo intentas tú?
Pobre Ariadna, seguramente, las últimas palabras que llegó  a escuchar fueron: “Voy a decirte cosas que no quieres oír, pero bien deberías saber. Aquella amiga a quien crees tener engañada, está a punto de empujarte a la muerte.”

Como recuerdo de esa noche, sólo me queda un suéter.

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