miércoles, 14 de octubre de 2015

¿Puede ser la violencia un reclamo de empatía?

Anoche, camino a mi casa, en el semáforo de la pradera, vi a un par de adolescentes golpeándose con botellas de agua. Parecían hermanos y se reían mucho tan estúpidamente divertidos que fantaseé con participar. Los golpes eran suaves al principio y se fueron intensificando. No vi cómo continuó aquello porque se puso el semáforo en verde.
Recuerdo un dicho familiar (que seguro no se decía sólo en mi familia) que repetía mi abuela cada vez que jugaba con mis hermanos: "juegos de manos son de villanos" (el cual siempre me pareció absurdo; nunca tuve problemas jugando "marinero que se fue a la mar") intentando prevenir que una pelea de mentis acabara volviéndose de a devis, como ocurre muchas veces. ¿Por qué pasa esto?
Porque a alguno se le pasó la mano y el otro se lo regresó y sube el tono. 
Hay una parte competitiva, ciertamente, pero creo que la mayoría de los actos de violencia deliberada se realizan por venganza. Esta venganza es a veces desmedida, vaya, si tú estropeaste uno de mis dibujos, iré y quemaré todo tu cuaderno de dibujos... o por un daño emocional, se toma una retribución física...  y la venganza es siempre, de la más ligera a la verdaderamente monumental, un reclamo de empatía, es decir: te violento para hacerte sentir lo que yo sentí, para que me comprendas. 
Y esto aplica con el amante despechado, el asesino pasional, cualquier tipo de sistema penal y el terrorismo, que cada uno a su nivel, exige una empatía individual o social. 
Cuando se reclama esta empatía es en un acto egoísta, pues rara vez podemos situarnos en los zapatos de quien consideramos nuestro agresor y comprenderlo.
Las excepciones, por supuesto, son los casos de violencia por sadismo, en los que el problema es justamente la falta de empatía que proviene en parte de una objetización de otros seres que se consideran distintos en dignidad por la diferencia de raza, género, creencias, preferencias sexuales, nivel social, cultural, etc. y partiendo del error de la supuesta superioridad moral, racial, social, etc, se piensa tener derecho absoluto sobre otros. 
 El Odio, por otra parte, existe tanto como "temor del otro, del diferente", que proviene de prejuicios heredados casi siempre, por falta de empatía; o como un reclamo de amor.
Cuando el odio es personal, es porque la otra persona no te ama como debería. Odiamos a nuestros padres o amigos que nos han fallado, a las personas que nos han dañado o dañado a otros que queremos y palpita en la pregunta "¿por qué no me amaste o le amaste como deberías?".
Es por eso que terminar con la vida de los que odiamos nunca puede traer paz, pues no se responde la pregunta, o no se obtiene la disculpa esperada. Es un reclamo de empatía insatisfecho para toda la eternidad.


sábado, 21 de febrero de 2015

Del polvo de mi inocencia mancillada, te presento a la niña que se columpia incansable bajo el ocaso de mi infancia. 
Esta niña, que vive eterna en el jardín de llagas florecidas, meciéndose sobre la aurora boreal, coleccionando estrellas en una cajita; es quien cerró los ojos antes del hurto, aprisionando bajo los párpados el último resplandor del sol ensangrentado, la parvada de pájaros que huyera de la penumbra. Ella, que no conoce el horror o el hastío, a la que todo puede sorprenderle, se enamora de cicatrices;  encuentra dulzura en el predador aunque a ratos la devore y  sabe llorar sólo de alegría.
Voy a posarla sobre tu pecho,  dejarla bañarte en sus sollozos, limpiar a besos tus heridas y esconder entre cabellos el dibujo de soga que tatuaste alrededor de tu cuello… por un instante.

Resurrección



De la aridez del calvario al polvo de la tumba, Magdalena humedeció con sus lágrimas. Amado mío, Cristo crucificado, te espero al tercer día en un jardín lleno de flores.