lunes, 1 de diciembre de 2008

La Espera


Estela miraba el reloj una o dos veces cada tres minutos, mientras se fundían en el brillo de sus ojos la esperanza y la desesperación.

Tanto había esperado, que ya no sabía como actuar en esos momentos, justo antes de apagar su sed y sentir la dicha de beber esos labios. Estaba sentada en la cafetería mirando un mundo ajeno pasar en cámara rápida tras la vidriera, mientras la taza de expreso se vaciaba y rellenaba de manera cadenciosa.

La espera parecía el más infértil de los actos, pero el más necesario. Sólo un poco más y descubriría el interior de ese hombre oscuro que la sedujo con poemas de luciérnagas y pájaros en el pecho, se escurriría sobre sus cabellos y develaría el misterio de sus manos, llevaría a cabo uno a uno, los actos de magia que había moldeado su fantasía y aún ahora degustaba en la mente para pasar el rato: Se colaría bajo su ropa y lo devoraría como la planta carnívora devora a una mosca, lo haría suyo en el furor de su entrepierna, lo sentiría sobre, debajo, detrás, delante de su sombra, se revolcaría inundada de sus olores por la cama, la tina, las paredes, las alfombras y cocinaría sus ganas a fuego lento, por no acabarse las brasas demasiado pronto. Sería suyo, suyo por fin, sólo un instante… pero acallaría para siempre su pesar, curaría el abismo que se abrió en su alma desde aquella noche, cuando miraba esos ojos de hiedra al hacerle el amor a su marido. Una vez y se forzaría a no mirar atrás.

Por otra parte, pudiera desencantarse definitivamente y sanar la tortuosa obsesión que pudo desatar un desvelo en internet. Se decía “Puedo encontrarlo vacío, uno más de esos perdedores que no buscan una auténtica conexión humana, sino la simpleza de carne tras carne en un mundo definido por lo imaginario, lo virtual. De ser así, descansaré”.

Le había tomado tiempo decidirse a romper sus preceptos, indagar lo prohibido y convencerse de que podría mirar a su esposo sin revelar el delito; y ahora estaba lista para pecar con toda el alma.

Veinte minutos y entre toda la gente que pasaba, que entraba, salía no distinguía su rostro. ¿Debería esperar más? Tenía el tiempo calculado para salir del hotel y llegar a hacer la cena, pero veinte minutos tarde robarían arte al acto de prestidigitación. ”¿Qué más dan unos minutos, si he podido arder durante semanas?”

Miró una vez más a su alrededor. Vio a los mismos meseros bromeando en el mostrador, el señor de camisa blanca que por fin parecía dispuesto a pagar la cuenta, una joven pareja que llegaba de la mano. ¡Ah! ¡Cuánta dulzura de la que el tiempo la privaba! Y nadie la miraba fijo, nadie la tocaba.

“¿Me habrá enviado una foto falsa?, ¿Habrá chocado?, ¿habrá muerto en un trágico accidente?, ¿se habrá encontrado a su esposa en el camino?, ¿Se arrepintió de verme?...” Las ideas flotaban por su cabeza mientras la esperanza dejaba el fulgor de sus ojos y se apoderaba de ellos un brillo cristalino muy similar al que dejan las lágrimas.

Alzó la mano y pidió la cuenta. Miró a su alrededor una vez más y descubrió a lo lejos al hombre de camisa blanca con una enorme sonrisa.

“¿Será él?, ¿ese viejo espantoso será él? No, imposible”. Dejó la propina y regresó a su agonía justo a tiempo para preparar la cena.

jueves, 23 de octubre de 2008

La mariposa dorada


-El señor es mi pastor, nada me falta; en verdes prados él me hace reposar y a donde brota agua fresca me conduce… -Decía entre dientes mientras miraba caer sus cabellos como fragmentos del alma. Un río de lágrimas tas otro, surcaba la palidez de su rostro, como si la humedad supiera el destino de aquellos lacrimales y huyese despavorida.

La silla que sostenía su cuerpo dolorido se mecía gimiente con cada tirón, así Sofía ahogaba el quejido y continuaba sus rezos. No había gentileza en las navajas que desproveían de su follaje al árbol más bello, pero era sólo el paso anterior a la tala. A donde se dirigía, no tenía valor la cabellera.

Desde la infancia sintió terror de las flamas infernales, su corazón se estremecía ante la idea del suplicio eterno y mantuvo su corazón cerca de la iglesia por no cederlo a las tentaciones.

A los catorce años fue casada con el Duque de Mendoza, un hombre religioso de gran fortuna, que murió al poco tiempo. Convencida de consagrar a Dios el resto de sus días, la viuda buscó asilo en un convento, sin embargo, su estancia en el claustro se vio interrumpida por la vanidad, que al momento de tomar el hábito no le permitió cortar su hermosa cabellera castaña, forzándola a entregarse a Dios de manera distinta.

-… Fortalece mi alma, por el camino del bueno me dirige por amor de su Nombre. Aunque pase por oscuras quebradas, no temo ningún mal, porque tú estás conmigo, tu bastón y tu vara me protegen…

Un par de brazos robustos la levantaron y la empujaron a la calle. Su mirada, perdida en el cielo, no se posaba en los rostros de esos demonios, de aquellos que ensuciaban la blancura de su vestido con verduras putrefactas, con lodo y guijarros, con el morbo que escupían sus ojos y el veneno de sus lenguas.

A partir del incidente en convento, convidaba generosos donativos a la parroquia de la región y se propuso catequizar a sus propios esclavos. La conciencia reposaba tranquila en su labor, pero todo cambió una noche veraniega en que el calor arrebataba el sueño y la luna resplandecía sobre los plantíos. Sofía salió descalza a mirarla de cerca. Se internó en el sembradío como presa de un hechizo, cuando un sonido presuroso la despertó del encanto: Una víbora surgió de entre la maleza. La duquesa quedó helada, hasta que un hombre de piel cobriza apareció tras ella y diciendo un par de palabras extrañas, convirtió al reptil en ratón.

“Lo dejaremos ir y otra culebra se encargará de él.”

Sofía no sabía qué le causaba más espanto, si el hombre, la magia o la serpiente, pero montada en su papel de catequista comenzó a hablarle de un Dios que lo ve todo, del verbo encarnado. Una brisa ligera estremeció su piel, notó sus pezones erguidos como puntas de lanza y sintió vergüenza. El indio la sujetó entre sus manos, respondiendo con el discurso de un hombre tocado por los Dioses, que deseaba, más allá de la vida y la muerte, devorar la flor de sus pechos, encender un averno bajo sus faldas y encarnarse en su piel. La joven no pudo apelar a sus reservas y se dejó tirar sobre la maleza, enredándolo entre besos, brazos y cabellos, para no hablar más de Dios con él, sino sentirlo en la saciedad y el consuelo infinito.

- Me sirves la mesa frente a mis adversarios, con aceite perfumas mi cabeza y rellenas mi copa. Me acompaña tu bondad y tu favor mientras dura mi vida…

Al ver la leña verde dispuesta a la pira, su cuerpo no pudo mantenerse en pie. Algunas personas en derredor aprovecharon para patearla, pero los mismos brazos robustos la arrastraron hasta el centro de los leños y la amarraron a una viga.

- Confiesa tus pecados o te quemarás por siempre en el infierno. – Exigió por última vez el sacerdote. - Confiesa, o morirás en cuerpo y alma.

Sofía cerró los ojos aceptando la voluntad de Dios, ya no necesitaba comprender la razón de su martirio.

Aquella noche de verano, el calor robó el sueño a alguien más. Un indio que fungía como sacristán en la parroquia, atestiguó la escena y la contó al sacerdote. El padre le hizo muchas preguntas:

“¿Dónde ha sido?... ¿Una serpiente?... ¿Cómo saber cual de los dos realizó el hechizo?...”

Así que se dispuso la Inquisición Española para juzgar a la duquesa de Mendoza, confiscar todos sus bienes al encontrarla culpable de brujería y quemarla en leña verde.

Sofía pensaba: “Temí tanto a las llamas que mi destino es arder, arder.”

Aún no encendían la pira cuando encontró los ojos de su amante entre la multitud, los vio tan claros y serenos que pudo adivinar sus intenciones. Llevó una mano al pecho en señal de agradecimiento, sus lacrimales se secaron y toda ella se volvió ofrenda.

- Mi mansión será la casa del Señor por largo, largo tiempo.

Cuando la antorcha inflamó el primer leño, el hechicero mencionó dos palabras en un dialecto extraño y la transformó en una mariposa dorada, tan radiante como el sol, que en un solo aleteo deslumbró a la muchedumbre obligándola a desviar la mirada; pero para su sorpresa, la mariposa no alzó el vuelo, sino se dejó caer sobre la lumbre. Con los ojos doloridos, la gente la miró arder hasta que se apagó su brillo.

viernes, 3 de octubre de 2008

Otilia


La neblina descendía como cascada engullendo los picos de los cerros. La mandarina celeste se asomaba sin rozar aún los maizales y Otilia ya bajaba de la negrura para desenterrar la maleza.

Las manos ajadas se le partían con el frío, pero sus dedos-yerba mala anhelaban sembrarse en la tierra que era oscura como el rostro de su madre, que era dulce y sabia, savia en el flujo de sus venas.

Cuando la luz tocaba la siembra, los maizales se estremecían, como lo hacía Otilia cuando el silbido de un céfiro tibio se colaba entre sus ropas y acariciaba sus pezones.

¡Ah!, cómo gozaba los baños de luz. Hacía mucho había dejado el sombrero y vivía cubierta de sol y callosidades.

Su marido, quien pasó a ser abono de la parcela, encontraba el cielo y el infierno entre el agua de lluvia y la gusana ciega. Gracias a él conoció la forma de contrarrestar la mezquindad de los hombres y las dádivas del suelo. Desde su muerte tomó al maíz como amante, humedeciéndose a su contacto en la calidez del medio día.

Una tarde llegaron un par de cuervos hermanos suyos a merodear el paraíso, no del tipo de los alados, sino una especie distinta, que no se asustaba con espantapájaros. Habían perdido sus tierras en el juego y el alcohol y ahora querían tomar la de su hermana. Otilia los recibió con machete en mano y los villanos huyeron en su cobardía, pero cuando el maizal dormía arrullado por los grillos, retornaron con antorchas y lo hicieron arder.

Otilia bajó como cada mañana y su corazón se desgarró al ver sus amores convertidos en ceniza. Se comió el grano achicharrado de una mazorca y se tiró a llorar sobre la tierra.

Lloró y lloró hasta hacer un estanque y ver crecer sus renacuajos. Lloró, hasta notar que con cada jornada su vientre crecía. Lloró hasta morir de llanto y ser abrazada por la tierra.
Nueve meses después, su vientre se abrió en flor, pariendo un maizal entero.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Embrujo






Entré a la choza atraído por el humo de la música de jazz, había hombres por doquier, hombres de mirada triste que fumaban, jugaban cartas o tocaban un instrumento y en el centro de todos, una mujer de piel oscura como las sombras, con cuerpo de flama y ojos de serpiente que se movía sinuosa sobre la melodía de un saxofón.

Me fue inevitable mirarla de arriba abajo y de regreso, deleitando la mirada en el laberinto de sus curvas, hasta llegar a los ojos que se clavaron en mí como dagas, produciendo una urgencia fatal de estrecharla contra mi cuerpo, así como una flaqueza en las piernas que me impidió aproximarme.

Se mordió el labio y dobló su índice un par de veces. No tuvo que hacer más, mi cuerpo se movió involuntariamente, jalado hacia ella como por un imán.

A sus espaldas se levantó un hombre apuntando una navaja, me tomó un instante notar que venía hacia mí. De pronto ella, sin si quiera mirar atrás, hizo un giro de muñeca y el hombre se vio forzado a detenerse, guardó la navaja y se sentó de nuevo, como todos los otros.

La mujer me apretó contra su cuerpo y siguió bailando lento. El sudor cubría la flor de su piel como un manto de rocío, erizando mis nervios, haciéndome hervir de deseo.

Cuando miró mis ojos desorbitados paró su baile, tomó mi mano y me sacó del lugar. Me guió a través de la maleza. Yo ardía por tirarla sobre la yerba y tomarla ahí, en cualquier lado. Pero ella se mantenía suficientemente distante para evitarme hacerla caer.

El recorrido fue un calvario para mis ganas, pero cuando llegamos a nuestro destino, entendí el motivo de la espera: Al abrirse los juncos se nos reveló una laguna preciosa, negra excepto por el punto luminoso que reflejaba la luna. Ella fue perdiendo la ropa y mis latidos aceleraban su ritmo.

La mujer desnuda levantó un brazo hacia el cielo y lo bajó con fuerza. No pude creer lo que veía: La oscuridad de la noche se desprendió en una lluvia de estrellas y el agua de nuestra laguna se bañó en pequeños puntos de plata.

Se metió en el agua y desapareció bajo la luna. Me quité la ropa y me tiré tras ella, me sorprendió sentir el agua tibia como caricia a mi cuerpo exaltado. Salió entre mis piernas como una sirena, su piel relucía bajo el manto de estrellas mientras nadaba a mi alrededor. Me sujetó, pegó su pecho contra el mío y me besó con veneno en la boca, con el jugo de la vida y la muerte.
Mis manos voraces recorrieron su cuerpo húmedo, la apreté contra mí, queriendo atraparla y se me escapó como un pez derritiéndome en la angustia. Jugaba a hacer contacto y huir, no se daba y mi cuerpo temblaba ebrio en su humedad, rugía por sentirme dentro de ella. Cuando la desesperación comenzó a menguar el deseo se dejó sujetar por mis brazos y la hice mía.

Nos quedamos dormidos sobre la maleza y al despertar busqué mi ropa con ansias de fuga, pero ella me cachó con la mirada y me jaló hacia sus pechos.

- Serás mío. – Susurró a mi oído, pero yo quería irme y mi mente respondió “No”.

- No es pregunta, te aviso que serás mío.

Y arrancó un mechón de mi cabello, prendió una llama entre sus manos y sopló sobre mi rostro las cenizas.

- Eres mío, y nunca te irás de mí.

Mi corazón retomó su ritmo agitado y la deseé como nunca, mucho más que la noche anterior. Me envolvió entre sus piernas y conocí por un momento la felicidad plena.

Al caer la noche regresamos a la cabaña. Ella bailaba y no me permitió bailar con ella, así que me senté a saborearla con los ojos.

Un hombre que no era del lugar se dirigió hacia ella, mi amada se mordió el labio y le pidió que se acercara. Yo me levanté en un impulso, queriendo golpear al forastero, pero con el movimiento de su muñeca me detuvo, lo tomó de la mano y se lo llevó fuera. Me senté junto a los otros, me miré en sus ojos anhelantes, y comprendí entonces la profundidad de nuestra tristeza.













viernes, 19 de septiembre de 2008

El monje y la muerte


Meditaba en el templo cuando sintió a la muerte acercarse. Se escondía tras los pilares, caminaba lenta, en un ritmo marcado por gongs. Su presencia era tan poderosa que no pudo seguir meditando, su espíritu temblaba de alegría, pero su mente, hambrienta de iluminación deseaba permanecer un poco más.


Salió del templo, encaminado al risco desde donde se mira toda la montaña. Al llegar ahí, vio a su maestro, un monje viejo como el río y todos sus deshielos, quien cantaba entre labios las canciones del ocaso.


- Maestro, mientras meditaba en el templo sentí a la muerte acercarse.


El viejo le puso una mano sobre el hombro y le devolvió un bosquejo de sonrisa.


- ¿Qué debo hacer?, sé que el desapego debe llevarme a abrazarla y seguir mi ciclo, pero mi mente busca trascender en esta fase.


El viejo le señaló una gaviota que volaba cerca de la montaña.


- Sé que ella no necesita trascender, que volar es la meta de su vida y yo debería estar en paz con mis pequeños logros. Esta forma me ata y me traerá todas las miserias… pero también hay tantas riquezas. Pienso ahora que no sólo se envejece y se muere, no sólo se viene a penar, se viene también a hacer contacto, contacto que irremediablemente nos ata… pero es tanta la belleza y la alegría. Es la ignorancia que no nos permite liberarnos, es el deseo, pero también es lo que nos mueve a buscar, admirar y comprender la luz. Mi alma desea ser libre, y ¿es en el deseo de serlo que se ata?


El maestro detuvo un momento su canto. Lo miró a los ojos con una ternura infinita.


- Lo que no sé es si debo ceder ante la muerte.


- Eso no te toca decidirlo. Cuando sea tu tiempo, la muerte te llevará y no tendrás mucho que preguntarte. El día de hoy, es por mí por quien viene.


Hizo una reverencia y se convirtió en otra gaviota, voló junto a la que había señalado hasta desvanecerse en la bruma de la montaña.

jueves, 28 de agosto de 2008

Ana y el Mar


Antes de verlo, Ana ya lo había escuchado dentro de los caracoles que su madre tenía adornando el lavamanos. Había visto fotos de las cosas raras y espectaculares que lo habitaban: corales, peces, pulpos, estrellas y caballitos de mar.
Su mamá había hecho hincapié en uno de los monstruos que provenía de esas aguas, el que le causaba pesadillas desde aquella horrorosa película de Spilberg y la pequeña compartió su miedo aunado a cierta fascinación, pues casi por morbo, abría el libro de la fauna marina siempre en la fotografía del “Gran Blanco”. Alguna vez, su abuelita la llevó a Reino Aventura, donde había un espectáculo de focas, delfines y hasta una orca… sabía que todo esos animales agraciados venían de ahí.

Cuando su mami le dijo que irían a la playa, su corazón se infló y comenzó a elevarse como un globo de helio. Empacaron el traje de baño, los flotadores, una cubeta, un rastrillo y una pala, cosas que no tenían relación aparente.

Se metió en el coche con su mami, su abuelita, la tía Maru y Jimena (su prima pequeña) que desde entonces sería su eterna secuaz en los juegos y las travesuras.

Antes de mirar la franja azulosa en el horizonte, pudo oler esa brisa pegajosa y salada que le obligó a frotarse el rostro adormecido.

- ¡Ya llegamos a Acapulco!,¡¡ese es el mar!! – Dijo su mamá emocionada.

Bastaron esas palabras para que las dos niñitas se lanzaran contra la ventanilla del auto, esperando verlo mejor. Luego se atravesó una montaña entre sus ojos y los del mar, así que se encogieron de nuevo en el asiento.

Llegaron al hotel de una tal tía Quintana, que nunca vieron mientras estaban ahí, pero estaba presente en el espectro de las palabras:

- No vayan a tirar nada, o su tía no nos va a volver a invitar.

Y en el enigma de la casa al lado del hotel, que la tía Maru había señalado como lugar prohibido (no fueran a molestar a la tía y no las volvieran a invitar). La casa tenía una escalinata larga y ventanas amplias, donde, por supuesto, las niñas desarrollaron gran parte de sus juegos, asomándose, intentando descubrir el misterio encubierto en la prohibición.

El hotel tenía una alberca bonita, un muelle y una pequeña playa. La mamá de Ana les puso los trajes de baño, tomó la cubeta, las herramientas y las llevó a conocerlo de cerquita.

Ana se carcajeó de sentir sus pies enterrándose en la arena, tenía un espíritu juguetón y lo descubrió también en el mar, quien intentaba alcanzarla y justo cuando la tocaba, corría de regreso. Además encontró una cantidad de regalos que le hacía el mar, innumerables conchitas y piedras de colores, que comenzó a recoger.

Su mami tomó las herramientas y les enseñó a hacer castillos de arena. A partir de ese momento no sólo hicieron castillos con fosos llenos de cocodrilos, sino pasteles y galletas… la playa era el mejor lugar para jugar a la comidita.

Unos días después, las llevaron a pasear en un barco y vieron las figuras que se formaban en la estela. Ana siempre tenía los ojos pendientes, por no perderse un salto de delfín o la aparición de una aleta.

Se metieron a nadar en una playita calmada y hasta su abuelita se metió a nadar, pero había una que otra ola crestuda, y alguna encontró hangar en la boca de Ana. La sal se asentó en su garganta, no sabía bien, pero tampoco mal. Al salir de ahí sintió una rara picazón en el cuerpo, una mezcla de sal con arena se había colado entre el traje de baño y su piel.

El último día lloraron desconsoladas, ni Ana ni Jimena se querían ir. La tía Maru les preparó una ensalada de jícama, zanahoria, limón y sal, y les dejó ir a comérsela sobre el muelle. Las pequeñas se despedían del mar con tristeza y de todos los regalos que les había hecho.
Justo Antes de irse, decidieron darle algo a cambio: el plato limpio y los tenedores de la ensalada. Los tiraron desde el muelle y el mar se vio agradecido, en un instante jaló esos obsequios hacia su corazón, esperanzado en la próxima visita.

jueves, 14 de agosto de 2008

El Niño



Mis lacrimales drenaron un río que pasó surcando mis mejillas con sus rápidos, se deslizó catarata por mi mentón hasta estrellarse finalmente sobre el reflejo de sí mismo. El agua clara se llenó de pequeñas ondas, que al distanciarse dejaron ver el delito.


El cuerpo del niño ya se notaba gris en el fondo de la alberca, pero nadie había preguntado por él todavía. Mi tranquilidad había pendido de ello, pero ahora, me comentaba el conserje que sus hermanos vendrían a pasar el fin de semana. Seguro vendrían a nadar y lo verían sumergido.


La desesperación arañaba mis sentidos, tenía que deshacerme del cuerpo pero no sabía como. Necesitaría ayuda para no dejar rastro.


En ningún momento me acosó el remordimiento, sólo taladraba mi pecho el terror a ser descubierta.


Me sequé las lágrimas, me puse en pié y fui a buscar a mi padre, le confesé lo que había hecho y le pedí apoyo. Él no me miró con aversión, pero tampoco aprobaba mis actos. Me miró a los ojos y dijo muy tranquilo:


- Hubieras pensado antes de actuar. Tú te metiste sola en este embrollo, te toca resolverlo sola.


Sentí al infierno abrirse y tragarme viva. Me sentí “sola” como nunca. Jamás pensé que la única persona que podía ayudarme, se rehusara de tal forma. Y me encontré consumida en mi impotencia.


Entré al cuarto envuelta en sollozos. Ahí me esperaba mi madre, quien se acercó afligida.


- ¿Qué pasa mi amor?


Y el instinto me arrebató, le conté todo aunque tenía por seguro que correría de mí, que sentiría repugnancia de su vientre y me retiraría el habla de por vida. Para mi sorpresa no fue así.


No creo que aprobara mis actos, pero al ver mi desconsuelo decidió ayudarme. Se le ocurrió que un crimen como ese sólo podría pasar inadvertido al borde de las antiguas vías del ferrocarril.


Yo había escuchado cantidad de mitos urbanos sobre las vías. Era de conocimiento popular que todo aquél que entra a esa zona en un despiste, nunca sale vivo de ahí. Entonces mi miedo pasó a ser otro.


Mi madre tejió un manto rojo para cubrir al niño, entre las dos lo sacamos empapado y lo metimos a mi camioneta.


Cuando ya estábamos cerca de las vías, mi madre me dijo que ella no bajaría a dejar el cuerpo, pues se le podría acusar de complicidad.


Yo temblé y medité un momento si prefería regresar al niño a la alberca y ser descubierta o enfrentarme con los asesinos de las vías.


Mi cuerpo estaba lleno de escalofríos, pero tomé el cuerpo del niño y lo cargué con dificultad hasta dejarlo en un lado de la vía. Ahí había mucha gente, algunos compraban algo, otros bebían sus caguamas, pero de algún modo pasé inadvertida y el bulto envuelto en la manta roja, les pareció cosa común.


Suspiré, me llenó un sentimiento de alivio que por un momento pude confundir con alegría. Me alejé quitándome un gran peso de encima.

viernes, 20 de junio de 2008

Jason


Salí de la casona del terror con una pizca de malicia en los labios, la urgencia de jugar a lo fortuito, lo inesperado.


Jason nos perseguía con el machete hacia el fin del recorrido y no pude contener el impulso de mandarle un beso. Él izó el arma un par de veces y cuando la mayoría de los incautos habían huido despavoridos, sin quitarse la máscara lo devolvió.


Es sorprendente la emoción que produce un hombre enmascarado, la imagen imperecedera y sensual del monstruo galante. Cuando estaba apunto de irme salió bajo la puerta una nota –casi carta de amor- escrita con sangre artificial.


Mis amigas se reían sin parar, yo también reía, pero en el fondo me habitaba una agitación insólita, curiosidad acechante.


El hombre tras la máscara, fácilmente podía ser un horror, un segundo monstruo; del mismo modo podía ser un futuro galán de cine (¿por qué no? si Brad Pitt fue botarga de Pollo Loco), pero toda suposición perdía significado a mis adentros: era él,

totalmente anónimo, quien deslizó la carta sangrienta bajo la puerta y me invitaba a reunirnos a la hora de su descanso.


Miré el reloj y aún faltaba mucho tiempo. Era demasiada la ansiedad como para merodear una puerta un par de horas. Mis amigas estaban desesperadas de pensar que se perderían el resto de las atracciones, así que nos separamos y quedamos de encontrarnos a un lado de la casona, poco después del famoso descanso.


Jason salió persiguiendo al siguiente grupo de aterrados. Quedó solo agitando el machete de arriba abajo y le grité “voy a entrar de nuevo”, en ese momento se levantó la careta y me tronó un beso con sus propios labios. A decir verdad, no pude verlo bien, pero no me importó. Compré mi boleto y me metí de nuevo.


Me tocó al final de la fila, temblé de Freddy Krueger al Exorsista y cuando él comenzó a perseguirnos, corrí hacia un lado y permanecí dentro, se cerró la puerta y quedé sola en la oscuridad, nerviosa, muerta de miedo. Luego regresó Jason y me apoyó contra la pared, en el ardor de un beso monstruosamente apasionado. Escuchamos gritos cercanos, él se bajó la careta, tomo el arma y persiguió al siguiente grupo, en el que me vi envuelta y me empujó a la salida.


Mi corazón latía fuerte como el de todos, pero a diferencia de los demás, en mi rostro brillaba una sonrisa.


Nos encontramos después a la hora del descanso. Él era guapo, pero me costó reconocerlo sin la máscara. Nos besamos largo rato, me dijo cosas como su nombre y su edad, pero nada de él quedó en mi mente. Por siempre será sólo Jason.

viernes, 6 de junio de 2008

Las Cataratas



“¡Ciego, profundo, infatigable corres,


Como el torrente oscuro de los siglos


En insondable eternidad...!


¡Al hombreHuyen así las ilusiones gratas,


Los florecientes días,Y despierta al dolor...!


¡Ay! agostadaYace mi juventud; mi faz, marchita;


Y la profunda pena que me agita


Ruga mi frente, de dolor nublada.”



Niágara, José María Heredia



Bebimos del agua de las cataratas porque queríamos vivir siempre juntos, pero no sólo juntos sino “siempre”.

Veo hacia atrás como quien ve la preparación de una tumba. He cavado a cada paso la fosa que hoy devora mis andares. Seca, como una roca, del corazón a la frente, cedo mis últimos instantes al torrente de arena que halla placer en sofocarme.

Me he mirado al espejo y no pude adivinar en la comisura de mis rasgos apolillados el hambre de ola, las caderas de palma, los pechos alcatraces o el olor a naranjo que fuera (si es que fui joven) alguna vez. Él tampoco los encuentra, por más que cierre los ojos e imagine, por más que finja cegarse ante mi ocaso.

A veces mira mis ojos y se enamora de quien fui, de quien pude ser; otras sólo me compadece, se ata a mí en la pena y lucha por no enajenarse en los aromas cítricos que lo circundan.

Inagotable y fértil surca con su planta mis sollozos. Ligero y bello como niño, él es todo lo que quiero.

Falta poco para que nuestros lazos sean quebrantados, para que mis hilos de luna se disipen y otra cabellera de lino desfallezca sobre el frío de mi almohada; me oxido en esa posibilidad.

Él toma mi mano, susurra a mi oído “Ten fe…” y yo le repito que estuve ahí hace casi cien años, con la piel salpicada por la brisa, con la visión de un futuro ilimitado y en un salto de “fe” caí al precipicio.

Fui ambiciosa, creyente, crédula, por eso lo arrastré sobre la faz de la Tierra y no paré hasta encontrarlas. Cuando por fin estuve frente a ellas, me estremecí emocionada, me hinqué reverente. Las aguas parecían brotar de un cielo lacrimoso con una fuerza perturbadora. Tardamos un momento en abalanzarnos sedientos, pero antes de que pudiéramos probar el agua se interpuso la custodia. Si tan sólo hubiera temido sus palabras…

Siento las horas romper contra mi pecho, me hierve el rostro esmerilado, opaco, tiritan las astillas que tengo por huesos.

Tirada en cama no degusto más de los placeres amatorios, sólo me tiendo vacilante sobre el hilo de la parca: Me voy pero no, me aferro con los dientes, con las uñas; no quiero irme por no dejarlo ir.

¡Ay!, ¡cuánta esperanza destilaban las ilusiones de juventud!, tórrida pasión navegaba mis afluentes. Aún conociendo mi maldición –nada distinta a la de cualquier humano-, gocé en flor varios años que hoy flotan como espuma a la luz de mis recuerdos.

Extrañaré, si se extraña en el satín de los féretros, el vaho de su respiración agitada, la punzada que provoca su penetración profunda, el sabor de sus fuentes y sus estanques, el roce de sus dedos-pájaros revoloteando en mi seno, entre mis senos agotados, mamados por el tiempo.

“No a todos produce el mismo efecto: hay que tener corazón de niño para ser joven eternamente.”

Yo lo supe en el fondo, pero queriendo truquear al destino apuré el elíxir de todos modos. Mi corazón era viejo, tantas veces despostillado y desde entonces comencé a demostrarlo.

No lo notamos primero, me arrulló el engaño, creí haber logrado mi cometido. Poco a poco se oscurecieron mis ojos y sólo en fotos antiguas se marcaban diferencias; luego nacieron las canas que cubrieron mi cabello como escarcha, casi rítmicas brotaron escamas y rugosidades en mi carne, el porte regio se encogió en arcoíris, mi alma mutó de felino salvaje a canario enjaulado y lentamente me volví decrépita.

Al principio nos llamamos hermanos, después madre e hijo, ahora deambula con su abuela en brazos: abuela, madre, hermana-amante, suya siempre, todas las estaciones.

No quiero dejarme ir, pero siento una parvada de buitres devorando mis entrañas. No quiero liberarlo, pues sé que una joven, corazón de niña, ya espera mi muerte al borde de las cataratas.


viernes, 30 de mayo de 2008

El lunático


Nos gusta la luna redonda cuando oscila en el firmamento, nos bañamos de luz cuando estamos en la punta del monte o bajo el fango.


Somos espinas, avispas y gatos, luego lunares, ollas, grillos, plumas, charcos... pero siempre estamos mirando la luna.


Cuando somos río nos escapamos de las presas por verternos fuera y mirar la luna. Cuando somos culto adoramos a la luna. No nos gusta la lluvia por que se nos va la luna.


Cuando dormimos a des tiempo, siempre soñamos a la luna: Los halos, los claros, las sombras de la luna, las marcas, las notas, las huellas de la luna, los hombres, los conejos, los cráteres de la luna.


Él lame un espejo cuando se encuentra a la luna, Yo atraviezo el espejo cuando me encuentro a la luna.


Jugamos solitario mientras la luna resplandece, nos jugamos solitarios, juego solo sólo a mirar la luna.


Nos gustan también las polillas de la luna y cuando somos sapo nos las comemos.


Cuando es tarde viene el hombre nube y nos apaga la luna. La luna queda vacía y es tiempo de dormir.

jueves, 29 de mayo de 2008

La Piscina




La resistencia ardió primero sobre sus pechos, irguió sus pezones y mamó el desencanto; luego golpeó el vientre, haciéndole escupir el último respiro. Lo restante fue más gentil: el agua halló cause en los surcos de su piel, llenó sus fosas nasales como se llenan los arrecifes cuando sube la marea. El líquido cálido la abrazó, recordándole al útero materno y esa noche, después de tanto envejecer, volvió a ser feto.

La muerte se la tragó y quedó flotando como un lirio: Ofelia deslavada por los años.

El conserje la encontró de mañana, la enfermera juntó sus tesoros en una caja de zapatos y la entregó a sus hijos.

Hace apenas una semana que Marco y Marlene sentían el alivio de dejarla en mejores manos. Escogieron el lugar por la piscina, pues la viejita gustaba del agua tibia y otros asilos no tenían alberca o no daban importancia a la temperatura.

Abrumados por los deberes de la vida profesional, no tenían más tiempo de jugar al voleibol con las dolencias de su madre, y aquella tarde al marcharse, aunque remordía un poco la conciencia, les dio la comezón que da a los perros cuando se les quita la correa.

Juntos se sentaron en el recibidor a mirar dentro de la caja de Pandora: Un reloj ahogado, una Biblia de páginas amarillentas, el relicario de la abuela y una foto, la última que tomó el día del exilio. ¿Será que desde entonces la lente se llenó de agua, como lo hicieran sus ojos? Sus hijos y la alberca detrás como cómplices pactados. A la vuelta versaba una inscripción: “Inútil, me voy por no ser más un lastre”.

Se miraron apenados con un dejo agridulce, porque detrás del luto se desnudaba la realidad: Habían sido relevados de por vida, eran libres.


lunes, 12 de mayo de 2008

El Sube y Baja de Fuego




Me encanta jugar con fuego y siempre me quemo. La llama tiene piel tersa y es bendita cada llaga de su lengua cuando azota mis manos, cuando lame o se cuela por los ojos hasta esplender en las pupilas.

Guardo entre mis grietas calor de su cuerpo colorido, por eso no se enfrían las ganas ni se marchitan mis verdores. Vivo expectante de que me quiera y no me quiera en la lluvia sempiterna de margaritas.

Hay un dulzor discreto en cada muerte y resurrección incendiaria, un ritual en consumirse y dejar cenizas que vuelven a prenderse con el menor suspiro.Mi amante se guarda bajo los párpados cuando las calles se maquillan de neones, y se revela sólo en antifaz de media tarde. Me tiendo en sus ardores como en una hamaca que oscila sobre el cosmos y el abismo, y es fascinante columpiarse violentamente sin volcarse en alguno por completo.

Mi vida es el sube y baja de fuego. Cuando estoy arriba soy completa, cuando estoy abajo soy piezas fragmentadas, pero no puedo resistirme al dolor o el placer entrañable, renovado en cada ciclo de espera o esperanza.

¿Cuántas veces se ha colado en la red de mis pestañas? Me enciende vehemente y se escapa como la chispa de un revólver. Me siento en el lobby del hotel, diluyo en Vodka Martini mis estaciones de humo y apenas tomo forma me encuentra, me llega furtivo con un beso, me revuelca en el cuarto, me ilumina, vuelve a prenderme de a poco y yo juego a que no, pero siempre me quemo.

Hoy se esfumará otra vez, lo adivino porque estoy en el clímax y ya vislumbro mi declive. Nada cuesta tanto como despedirme del lecho que aún tienta a evaporarme en sus hervores. Se me eriza la piel en su abrazo, se me aguan los ojos ante el susurro -casi sincero- que afirma “nos vemos mañana” y me voy como si le creyera, dejando un souvenir debajo de la almohada y una estela cenicienta en el pasillo. Me llevo un fondo de sudores bajo la falda y un nuevo escote en la camisa que arrancó la impaciencia.

Ya entra el ocaso pintando de rosa los canceles. Me voy del hotel que ampara nuestros encuentros, pero mañana volveré -con la aceituna en la boca- a degustar los próximos adioses. Él volverá también, como es costumbre, algún otro día y encenderemos juntos el cielo… el infierno, como siempre.

jueves, 17 de abril de 2008

Un momento de Réquiem


Primera Parte



Todo a obscuras. Se ve el rostro de un hombre dormido.


- ¿A qué huele?, me llega un olor fétido y penetrante... ¡Ay!, siento entumidos mis dedos de los pies.



Busca su almohada con la mano, no la encuentra, intenta darse vuelta para acurrucarse en posición fetal, pero su cadera se atasca, no da vuelta...


- ... ¿Qué diablos?


Aprieta los ojos.


- Muero de calor.



Se toca las piernas


- Siento como si hubiera dormido por siglos. ¿Cómo?, ¿estoy vestido de traje? El corbatín me aprieta, me sofoco en este saco.



Se afloja el corbatín y respira profundo. Comienza a percibir los sonidos que lo rodean con un dejo de curiosidad.


- El aroma a tierra mojada, ¡cómo solía disfrutarlo! ¿Por qué será que me inquieta? Ha llovido, eso es seguro. El olor se filtra a mi alrededor como si estuviera cubierto por tierra, pasto, charcos... y todo suena tan curioso: No las gotas de lluvia sobre la hierba, no los truenos, no el salpicar de los autos que huyen al resplandor del asfalto; no el taconeo de quienes andan bajo las hojas del periódico, que no hace más que disolverse entre sus manos; no el rebotar del agua sobre los techos laminados de las casuchas que han rodeado la vía del ferrocarril, no los chorros de agua que resbalan de los tejados, ni el ondear de los charcos o el crujir de las hojas otoñales, ni el riachuelo que corre a refugiarse en los albañales o el golpeteo del granizo sobre las vidrieras; no. Los sonidos que escucho son más sutiles, y mucho más aterradores. Es como si pudiera escuchar al lodo estremecerse, a la vida que habita bajo tierra, como si retumbaran sobre mí los pasos de la hormiga, el ondular de gusanos, el talar de termitas en una sensación aletargada... todo transcurre en la ficción del tiempo como en cámara lenta. ¡Vaya ensoñación desquiciada! Es hora de despertar.


Se frota los ojos y los abre, sin embargo, no puede ver nada, así que los cierra nuevamente.



- ¿Dónde estoy?, esto no es mi cama.


Siente su propia respiración sobre el rostro y busca con las manos los bordes de su cama, para descubrir que se encuentra en un lugar de pequeñas proporciones.


- ¡¿Qué diablos...?! ¿Es un truco de mi fantasía? No recuerdo haber dormido en una litera desde que tenía doce años, esto no puede ser, al menos no una litera.

Toca de nuevo, esta vez siente la tela acolchonada a su alrededor, buscando a los lados encuentra a tacto unas bisagras e intenta levantar la cubierta. No lo logra con las manos e intenta ayudarse con las rodillas, pero es en vano, la tapa no se mueve un milímetro. Su respiración se agita.


- ¡Oh Dios! No pude haberme metido a esta cosa en plena conciencia, conozco a mi claustrofobia inclemente. ¿Quién podría haberme jugado esta broma? o no es una broma... Todos me tratan con demasiado tacto, me he rodeado de gente seria y hasta yo he adquirido un tono serio para conmigo... Y no puedo evitar tomar esta sensación pavorosa con la sobriedad más lúgubre.


Comienza a temblar.


- No puede ser. ¿Qué me pasa?, ¿qué es este lugar, esta caja? ¡No!, ¿en verdad puede ser...? Pero... ya lo veo. ¡Aquél artículo sobre el entierro prematuro narraba situaciones escalofriantes! Pero nunca imaginé que pudiera sucederme.



Frotando con insistencia la parte superior de la caja, comienza a llorar.


- ¡¡Me han sepultado vivo!! Es el siglo XXI, ¿cómo pueden seguir pasando estas cosas? ¿Qué voy a hacer? ¿Esperar la muerte, tener fé en que pueda hallarme algún hereje o pervertido en busca de placeres extraños? ¿En qué pensaba mi parentela? Me enterraron sin donar mis órganos. Y pensar cuán clara dejé mi voluntad de ser cremado. ¿Cuánto aire me queda?, ¿debo gastar mi poco tiempo en pensar o es que prefiero soñar? No quiero abrir los ojos, nunca perdí el miedo a la obscuridad y sería un error alentar mi claustrofobia. Prefiero no enterarme de cuán diminuto es el lugar que ocupo o en un ataque de histeria consumiré aire que reste. Tengo sueño, mucho sueño y puede que duela menos enfrentar el fin con el subconsciente. Quiero creer que estoy soñando, que nada de esto es real. Mi fantasía logra ser muy convincente y abrir los ojos puede extinguir la última esperanza. Quiero soñar, soñar en todo lo que habita sobre la tierra.


Se tapa los ojos, limpiando las lágrimas. Masajea sus sienes y tras recuperar la calma se abraza a sí mismo.


- Vamos Martin, piensa en todo aquello que amas y deja al letargo poseerte. Olvida lo que crees que sintieron tus manos y el lugar en donde supones que estás y duerme. Sueña en los bosques, las montañas y el firmamento al medio día, como tanto te gusta; sueña con las aves, imagina al cuervo de plumas lustrosas que se posaba en tu jardín anunciando el ocaso, sueña con el viento helado sobre la cara, la brisa cálida, la humedad del verano; sueña la caricia de unos dedos, de un cabello, de unos labios, de esos labios; busca en tus recuerdos la luz de luna, la neblina, el olor de la noche... las lucecillas que tiñen los cerros, el cantar de las cigarras, el ladrido de los perros, los perfumes que eleva el aura matinal, los matices del rocío, las estrellas. Encuentra en tus papilas el sabor sutil del vino blanco, la suprema sensación de una trufa disolviéndose en tu boca; piensa en el sabor de los mariscos, en el mar con sus olas, el perpetuo baile de la arena, los colores de aquel banco de coral. Sueña los grandes edificios, la 5ª avenida, el árbol de navidad en Rochefeller Center... ¡Ahhh! Qué grato es pensar en todo ello. Duerme, duerme al ritmo de esa melodía que embriaga tu mente “tan... tan tara ran, tan tarararan...”

(Se escucha “La fille aux cheveux du lin” de Debussy)

- Sí, imagina la textura de tus sábanas y quizá... vuelvas ahí.


- - -
Segunda Parte



(En un sueño. No se establece lugar ni tiempo, sólo dos personajes con voces dulces y atormentadas)



Martin - Sophia, ¿por qué te vistes de rojo?, ¿por qué escondes tu juventud bajo el carmín de tus labios?

Sophia - Ya no te quiero Martin, no me sigas más, ya no me llames. Es duro para mí también, pero no puedo estar contigo.

Martin - Sophia, no me dejes solo, tengo miedo...

Sophia - No llores Martin, por que me hieres. Yo también tengo miedo, pero no quiero aferrarme a ti por temor. Si algo pudiera unirnos alguna vez, espero que sea amor... Si me amas, déjame ir.


(Desaparece Sophia y él se ve solo. Siente frío y mira al horizonte.)


- - -



( Se mira en otro escenario. Él está sentado en el borde de una fuente y Sophia recostada sobre sus piernas, tiene la apariencia de una joven que apenas deja la pubertad. Martin acaricia su cabello. )


Martin - ¡Cómo amo estos momentos! Me basta estar cerca de ti para encontrar gracia en la vida...

Sophia – Los amo también. Es mi placer haberte hallado... Justo ahora pensaba: nunca me has dicho ¿qué crees que pasa al abandonar este plano existencial?

Martin – ¿Te refieres a la muerte?

Sophia – Yo no lo llamo muerte, pues creo que es sólo una transición en un proceso vital infinito; pero si tú crees que se trunca la vida, entonces debes pensar en muerte.

Martin – Pues sí. Me gustaría creer que existe el alma y la memoria de estos instantes compartidos más allá de la vida “terrenal”, como tú la llamas, pero no es así. Yo creo que mi ser se disolverá en la tierra y será sólo la energía modificada en este proceso. Aunque, más bien, acabaría siendo alimento de peces. Quiero ser cremado y que mis restos se dispersen entre las olas. ¿Tú que piensas?

Sophia – Cualquier cosa que diga será una mera suposición, pero creo que la escencia continúa libre del cuerpo, y se refugiará donde sea que quiera estar. Aquellos que deseen ir al cielo, probablemente se albergarán en el cielo de sus fantasías y quienes crean que se volverán polvo, quizás lo hagan. Sabes que todo lo que conocemos y las vivencias que experimentamos son meras maquinaciones mentales: Nada de lo que ven tus ojos es una imagen pura, siempre estará teñida de tu percepción, y tu percepción tiene sus prejuicios. Es así que, aunque estuvieras cautivo en el calabozo más lúgubre del mundo, si tu mente tiene vista al mar, seguirás siendo libre. Yo creo que nada cambiará en realidad, seguiremos optando por aprisionarnos o liberarnos...




(Martin mira el cielo y ve juntarse nubes de tormenta. Cuando vuelve la vista, Sophia ya no está con él y se encuentra tirado en el diván de su sicoanalista.)


Martin – Doctor, estoy muy mal. No dejo de pensar en ella desde que abro los ojos, y aún en sueños. ¿Cómo pudo esfumarse de mi vida con tal facilidad? En la mañana me adoraba y al atardecer se largó sin titubear un segundo. Me siento desierto. Me ha vuelto el miedo a la oscuridad y comienza a dolerme el silencio.

Doctor - Martin, necesitas activarte: Enfócate en tu trabajo, retoma tu vida social, conoce gente y en unos días te sentirás mucho mejor. Si persiste tu miedo a la soledad, pon un poco de música o deja encendido el televisor, de ese modo se apacigua el silencio. Si sientes que con eso no basta, cómprate un perro. Ten un motivo para levantarte cada día y poquito a poco sanará esa
depresión. No te voy a recetar nada, pues debes aprender a manejar esto.

Martin- ¡Un perro! ¿Un perro?... He perdido al amor de mi vida y sólo puede decirme que compre un ‘perro’. Me está matando el dolor, no creo que comprenda la gravedad de mi situación: ya no sé si quiero vivir. La vida ha perdido gracia, ya no tiene sentido; es decir, ¿qué me queda?

Doctor - Si haces lo que te digo, te quedará un ‘perro’.



(Martin lo mira con horror)



Doctor - No me malentiendas Martin, comprendo perfectamente el dolor que te aqueja, pero sé también que permanece por que no lo dejas marcharse. No te aferres. Debes entender que Sophia es muy joven, ha compartido contigo su adolescencia y ahora quiere vivir conforme a su edad... ya pasará esa etapa también, y si fue maravilloso lo que tuvieron, es probable que entonces te vuelva a buscar.


- - -


(Martin se mira ahora en su estudio de escultura. Moldea el rostro de una mujer anciana sobre resina. Al terminarlo, nota su parecido con Sophia y se imagina viejo andando con ella. Se abraza a la figura hasta deshacerla; cuando la mira como una plasta amorfa, se dobla en el piso, cubierto de lágrimas.)


- - -


Tercera Parte


Abre los ojos en un sobresalto, pero continúa sin ver nada.

- Ni siquiera dormir es bueno, no puedo entrar en un sopor sosegado... todo me inquieta. ¿Estoy en casa? No debo dudar. Vamos Martin, piensa que lo estás, cree que lo estás. En unos momentos sonará el despertador y acabará esta extraña pesadilla. Comenzaré mi día como es preciso: entre el baño hirviente y una taza de café. Saldré a caminar con el perro y pensaré en mi escultura de la madonna, aquella que me pidió la iglesia de Santa María. Hay muchos detalles que debo pulir. De vuelta arreglaré mi boceto y las manos que juntaba en devoción, las cambiaré por unos brazos abiertos y compondré todos esos rasgos que difieren del sacro rostro de mi joven Sophia. Elaboraré un molde a su imagen y semejanza, para mirarla siempre donde debería estar: en un pedestal cubierto de ofrendas y flores. Me tomará un buen rato, agotaré las horas de la noche pues no quiero volver a dormir en mucho, mucho tiempo... Hay tanto por hacer, que quisiera levantarme ahora mismo y ponerme en marcha.


Toca nuevamente el interior de la caja.

- ¡Ja! Sigo aquí, compreso en este pequeño espacio. Como decía León Felipe: “La tumba es una cama y la cama es una tumba”. Me ahogo en incertidumbre y me llagan las ansias de vivir. Es hora de romper el letargo y hacer algo por mi subsistencia, algo más que evadirme esperando la muerte.



Intenta gritar, pero no sale sonido alguno de su garganta. Se esfuerza, pero la voz no le responde. Se le llenan los ojos de lágrimas.



- Si alguien supiera que estoy aquí, vivo; si tuviera algún modo de comunicarme... Mi madre vendría en un segundo, escarbaría la tierra con sus propias manos si fuera preciso. Mi hermanita movería el mundo en pos de mí. Cualquiera de mis amigos, de los pocos que tengo, haría lo que fuera por socorrerme. Hasta Sophia vendría a sacarme de aquí. Me cuidaría, me abrazaría por horas como lo hiciera en otros tiempos. Si pudiera ahorrarles el llanto... Si pudiera ahorrarme la muerte... No debo darme por vencido.


Cierra los ojos. Golpea la caja con fuerza usando rodillas y manos.

- Quizás alguien pueda escucharme. Aquí abajo está oscuro, pero allá arriba puede estar el sol en su cenit, y quizás haya alguien cerca de mi tumba.


Repite mentalmente:


- ¡Vamos, quien sea!, ¡escúchenme! Por favor... ¡Ayúdenme, estoy vivo! Les suplico ¡sálvenme!


Se agota después de unos minutos y para. Abre los ojos de nuevo.


- ¿Será que estoy en una caja de muerto, o será simple sugestión? Sé que puedo llevarme a hasta el pavor más absoluto basado en un sonido insignificante... pero esto es distinto.


Se lleva las manos al pecho y nota con extrañeza que no siente el latido de su corazón, pese a que su respiración continúa exaltada; lo pasa por alto y vuelve a su furor.


- ¡Qué error han cometido con migo!, ¡que terrible error! ¿Por qué pasan estas cosas?, o peor aún, ¿por qué me pasan estas cosas a mí? ¿Vendrán a buscarme?, ¿me habrá escuchado alguien y estará cavando a toda prisa para sacarme? ¡Apacigua tu respiración!, ¡escucha atento!... No se oye nada nuevo, sólo yo y las hormigas. ¡Bah! Sé que es vano albergar esperanzas. Si me han dado por muerto, nadie estará pendiente de mí. Es probable que me reste poco tiempo y quizás debiera aprovecharlo en algo mejor que esperar... ¡Qué ironía!: la esperanza es lo único que queda en la caja de Pandora, y yo quedo atrapado en esta caja, dejando escapar a la esperanza.


Seca el sudor de su frente.


- Quizás sea momento de enfrentar a la muerte, de iniciarme en sus misterios y darle la bienvenida.


Cierra los ojos y suspira.

- Nunca he sido religioso, pero en este instante quisiera imaginar que existe un cielo esperando por mí... un lugar mágico en que conviven los espíritus de antaño con ángeles y serafines que cantan sin cesar acompañados por arpas de dulzor infinito. ¡Vaya!, ¡quiero pensar que tengo un espíritu! Dios debe recibirme en su gloria porque, pese a no haber sido heroico u osado contra las injusticias del mundo, he vivido según mis leyes, en constante creación de cosas bellas que quedarán en la Tierra para inspirar a algunos otros, o al menos, como decoración en la sala de algún conocido. ¡Ah!, ascender a los cielos, que idea tan romántica, tan perfecta, tan deseable... un lugar en que no pierda la conciencia o la memoria y, sin embargo, deje atrás las necesidades y caprichos que atan al cuerpo. Lo único que me causa pesar de conocer a esta muerte acechante, es que no podré terminar mis proyectos inconclusos: no habrá más arte de estas manos mías. Lamento haber postergado por tanto tiempo mi viaje a Ámsterdam. Siento pena al advertir que no conoceré la paternidad... y ¡Oh, qué estupidez!, no me atreví a enviarle esa carta a Sophia. Eso verdaderamente me atormentará hasta en “El Reino de Los Cielos”, no haberle dado ese escrito en que por fin, de todo corazón me despedía. De cualquier modo, nunca más se sentirá acosada por mí.


Respira profundamente

- ¡Bah!, extrañaré tantas cosas de la tierra. Nunca fui un hombre pleno, mi vida estuvo siempre plagada de insatisfacción, de caprichos, de torpeza. Dejé escapar mis horas de inspiración refugiado en fobias y temores, y aunque logré hacer grandes cosas, nunca exploté mi potencial. Sé que experimenté cosas maravillosas y creo que antes del fin me corresponde agradecer... Agradezco a la vida por la oportunidad de haber conocido lo que conocí y lo que nunca conocí, de sentir lo que pude sentir y lo que quedó traspapelado en el archivero de porvenires sin venir, de crear todo aquello que amé crear y aún lo que me faltó por hacer; agradezco esta impresionante capacidad de moverme, respirar, pensar y sentir (lo que aún hago), de recordar y de olvidar. Me agradezco haberme permitido gozar las delicias que disfruté y me arrepiento de aquello que pude haber gozado y no me permití. Pero así es esto, aún ahora, literalmente ‘en mi lecho de muerte’, siento el placer de pensar, de sentir; pues como ella me dijo alguna vez: “Aunque tu cuerpo esté en una mazmorra, si tu mente puede llevarte a otros parajes, nunca estarás cautivo”. Y hoy, en los últimos instantes de mi vida quiero estar a la orilla de un río, oliendo la fragancia de verdores, al aire libre, degustando una cena de pescado fresco y vino blanco, mirando el crepúsculo, escuchando... mhh, escuchando el Réquiem de Fauré. Cuando me vaya, quiero arroparme en un timbre de soprano: “Pie Jesu Domine, dona eis requiem”.



Mueve su dedo índice, dirigiendo la música de su mente. De pronto hace un gesto de repugnancia y se tapa la nariz por un instante.


- Pero... ¿qué perturba mi imagen paradisíaca? ¡Qué olor más nefasto! Aún no me falta el aire y mi sentido del olfato permanece despierto.



Se destapa la nariz para checar si el aroma se ha ido, pero enseguida se la vuelve a tapar y comienza a respirar por la boca.


- ¡Uff!, ¡verdaderamente apesta! Huele... ¡cielos!, ¡huele a muerto!



Completamente asustado y tembloroso toca su pecho, para notar que su corazón no late. Abre los ojos y de un modo extraño, desprende su esencia (en forma de una luz verdosa) del cuerpo inerte, hasta verlo de frente. Su vista se aclara y ve todo tenuemente iluminado. Se acomoda nuevamente en el cuerpo.


- ¡Dios!, ¿es una ilusión?


Repite el procedimiento.


- ¡Es increíble!, ¿cómo...?, ¡¿cómo demonios vine a parar aquí?! Aunque... parece que ya no debo preocuparme por la muerte. Bueno, entonces tengo un alma, es decir, soy un alma y no estoy en el cielo, ¿estaré en el infierno? ¡¡Pero esto es un maldito ataúd!! ¿Estaré, acaso, condenado a vivir bajo tierra y ver a mi cuerpo disolverse? ¡Qué idea más funesta! Pero, ¿por qué estoy aquí? ¿Será éste el cielo que mi mente había preparado?, de ser así, me retracto. No quiero pasar la eternidad en una prisión de carne y huesos... Pero, ¿qué puedo hacer para salir de aquí?, ¿cómo se despierta de una horrenda pesadilla?; mejor aún, ¿qué haces en un sueño cuando sabes que estás soñando? Jugar con el sueño, cambiar las condiciones, ‘volar’... ¡Vamos!, ¡prueba a hacerlo!


Se va desprendiendo lentamente del cuerpo


- ¡Elévate!, deja atrás este cuerpo, esta tumba y vuela por los cielos. Déjate ir...



Sale de la tierra una imagen luminosa semejante a una luciérnaga y se eleva hasta perderse en un cielo estrellado.

lunes, 14 de abril de 2008

Lalal




Luego se siente desolada, ahogada en mareas de carne, a veces no quisiera ser repasada por tantos ojos y dedos que no sienten más que la ansiedad de un segundo, pese a que ella acostumbra tener el cuerpo dormido y esas yemas son sólo un hormigueo distante.

Al terminar esos momentos se escapa hacia el balcón y enciende un cigarrillo en lo que llega el otro. No le tiemblan las manos de esperar la rutina incesante, ya nada le tiembla y extraña de vez en vez el gemido que se extinguía entre labios. Han pasado temporadas atemporales desde que alguien buscó complacerla.

La primera vez salío a la calle de tacones altos por arrancarse la soledad de un instante... ahora le pesa sentirse descalza y sola casi todo el tiempo. Entonces se sentía seductora y medía en billetes los gramos de su belleza; ahora da lo mismo ser una madonna o la mantarraya, que igual vienen.

Amada por tantas hombrías y es mirada por la luna con desprecio. Fuma lento y ruega en silencio que llegue y que no llegue el quinto. Sola siempre, pero siempre acompañada de sudores especiados que flotan, hierven sobre las sábanas y no se quitan con perfume.

Se agota el tiempo y no llega, le llaga la soledad devastadora y se precipita al fondo del abismo con la mirada sedienta. Baja a la calle habitada sólo por unos pasos: tacones que dan vuelta a la cuadra.

Se dibuja entre sombras una mujer de cabellera roja, con el vestido ajustado y las medias de red, dispuestas a cachar uno o dos peces en la penumbra.

- Cariño, ¿me prendes el cigarro? Esta noche ha sido fatal. Ni un alma.

Le ofreció fuego y la breve luz del encendedor delineó sus facciones. Lalal miró de reojo el bulto en su vestido, vertiendo una mueca translúcida. Era una travestida y sin dudas buscaba lo mismo que ella: unas manos que la abarquen, las que sean.

Coincidieron sus miradas y en la amargura del encuentro no hubo brillo, pero a sus adentros se desató un deseo liviano.

- Ven conmigo, hace frío y yo tengo un cuarto arriba... La verdad es que no quiero pasarla sola. -Dijo Lalal.
- No soy barata, cariño, y por regla nunca hago descuentos, mucho menos favores.
- Ven pues, te pago completo.

Pisó la colilla con el tacón y subió tras ella.

La desvistió lento, la penetró, bordó labios y dedos sin alcanzar un clímax (a la vestida sólo le gustaban los hombres y ya ni tanto). Pero Lalal se sintió una reina besuqueando sus tetas falsas, tomando el placer a su gusto, temblando de a poco.

Al poco rato llegaría el cliente de las tres, así que se puso la ropa y dejó un poco de plata sobre el buró. Se fumó otro cigarrillo en el balcón y la espera se tornó interminable: cada hora ante la luna burlona, cada día una cajetilla y una piel tras otra acompasando su desvelo... Sola, solísima hasta encarar la cadencia de los tiempos.

miércoles, 9 de abril de 2008

Cigarro



De pronto me veo iluminada y luego me desvanezco en fumarolas.


Tantas veces me elevo hasta el cielo, transfigurada en misterios de humo, como las que me hundo –colilla- en la tierra.


Adoro el ritual del develo, adherirme al dejo del café y de la charla, ser inspirada, exhalada, elevarme y yacer al compás de ceniceros y succiones.


Me siento ligera entre dedos, me placen los baños de saliva cuando me atrapan unos labios ansiosos, cuando me toma quien anhela inhalarme entre respiro y respiro, guardarme un rato en sus entrañas y enfermarse de mí.


Al fin, soy yo quien se evapora en esos besos, expirada en una ráfaga, calcinada, dejando tras de mí una estela de cenizas.

miércoles, 2 de abril de 2008

El Sonido del Cascabel



Llevaba tiempo sonándole entre las vértebras, enterrándose como aguja en sus oídos, crispando su piel como si fuese un rechinido horroroso. No era un inocente cascabeleo, como no era un simple gato el que se paseaba por la terraza mofándose de su discapacidad; todo tenía un motivo misterioso, pero si algo era cierto, es que estaba ahí, desanudando los cordeles de su cordura.



No era un gato negro, ni tenía la mirada torva; era más bien atigrado con motas de varios tonos, de figura muy esbelta y los ojos verde-amarillos, redondos como un par de soles.



Jaime no sentía aversión hacia los gatos en general, pero estaba seguro de que éste, a pesar de su apariencia inofensiva, era un auténtico demonio: Aparecía de la nada, primero como un sonido distante y luego una silueta que avanzaba como sombra oscureciendo su mente. Se ponía muy cerca de los cristales del cancel y lo miraba sin parpadear por largo rato, como si escrutara sus pensamientos, como si los robara para llevárselos al infierno y se esfumaba en un santiamén, pero restaba por largo rato el cascabeleo irritante.



Cuando Milena entró a su casa sin invitación (o mejor dicho, invitada por el padre de Jaime, quien prefería pagarle una enfermera que convidar una sola miga de afecto paternal), Jaime sintió un hervor fastidioso, muy semejante al que le provocaba el cascabeleo sobre el espinazo.
Perder las piernas y las alas de un golpe ya era poco tormento comparado a la intrusión de un gato y una enfermera maliciosa que se burlaban –cómplices- de su dolencia, que lo volvían más inválido, más inútil, que probaban entre risas su patética incapacidad de echarlos a patadas.



De alguna manera todo parecía lo mismo: ella era una mujer hermosa, excelente enfermera, cocinaba bien, pero su fachada excepcional escondía algo perverso, algo que se volvía evidente en el modo como lo lamía con el rabillo de los ojos.



Milena llegaba muy temprano por las mañanas, le daba la medicina para el dolor y lo bañaba lento, como si le gustara frotar su cuerpo con la esponja, como si la esponja fuese una extensión de sus dedos, siempre ávidos por indagar los rincones; luego lo vestía como si fuera a salir a algún lado y lo dejaba un rato en el jardín para que tomara el fresco.



Para Jaime, la tortura oculta en estas acciones aparentemente dulzonas, demostraba la astucia de Satán: Lo llagaba todo contacto con esa mujer, era un suplicio que lo vistiera elegante y lo peinara bien para no salir a ningún lado, para no ir más a los bailes de blanco y negro, para nunca más bailar; pero dejarlo en el jardín a merced del maldito gato era una desvergüenza.



Indudablemente, apenas Milena desaparecía y las ruedas de su silla tocaban la humedad del pasto, acudía el cascabel al clamor de sus terrores. El felino de porte cínico se acercaba cada vez más a la silla, pero jamás lo suficiente para ser alcanzado por las manos que ansiaban asirlo del cuello.



En cuanto se evaporaba el gato, regresaba Milena para llevarlo dentro. Mientras hacía la comida lo dejaba en el salón con un libro, luego ponía la mesa con esmero y comía a su lado. Al caer la noche, lo acostaba temblorosa, con el cabello crespo hasta las puntas por el deseo de acostarse con él y lo dejaba a sus sueños, se iba a alaciar las ganas para atreverse a volver al día siguiente.



Un día tormentoso en que un ejército de gotas se extendía por el cancel formando una cortina, Jaime amaneció con lluvia de ardores sobre la espalda. Cada nervio de su cuerpo se estremecía como aguijoneado por millones de avispas. Ella le preparó un té de hierbas peculiares que suprimió el dolor, pero lo puso a dormir. Despertó varias horas más tarde en un alarido de espanto. Era de madrugada y el sonido que taladraba sus tímpanos tenía algo especialmente escabroso. Al principio no pudo distinguir cuán cerca se encontraba, pero pronto sintió las cobijas removerse y unas pisadas frías sobre su abdomen. Se arrancó la colcha de un jalón intentando atraparlo, pero el gato pegó un brinco y se esfumó en las tinieblas. De algo estaba seguro: ella lo había invitado a pasar, estaba jugando con su mente.



Al medio día, la enfermera guisó caldo de gallina con especias extravagantes y le quedaron algunas plumas untadas en el vestido. Jaime se sintió estúpido por no haberlo pensado antes: esta mujer lo estaba embrujando. La miró espeluznado, con pavor de probar la sopa y por primera vez notó esos ojos formidables, verde-amarillos, redondos como soles que lo miraban fijo, asaltando sus pensamientos, adivinando sus sospechas. Ella se disculpó por las plumas con una sonrisa y Jaime intercambió los platos sin mayor alegato, pero lo que comenzaba a cocinarse en su mente no encontraría sazón hasta más tarde.



De a poco fue hilando coincidencias, confirmando sus recelos: Milena apretaba los párpados cada vez que escuchaba un ladrido distante, tenía un pánico irracional hacia los perros; al igual que el gato, ella surgía de la nada (uno podía suponer que había estado en la cocina, pero de ningún modo la vería salir de ahí); sin embargo, la evidencia más clara era esa sensación anormal que ambos le provocaban. Se ha dicho por siglos que los gatos son brujas transfiguradas y ésta, nunca se aparecía al mismo tiempo que el cascabel.



Le tranquilizó saber que no eran dos, sino una y que eliminando una, desaparecerían los dos. Así fraguó todo tipo de trampas para el gato, desde leche envenenada hasta atún sobre una pierna con el afán de acercárselo a las manos; pero nada parecía funcionar, pues este gato pensaba como bruja y era sobradamente astuto.




Llegó una carta de su padre y Jaime a toda rueda tomó el abrecartas para leer, lo que esperaba fuese una disculpa, pero no era nada parecido. Su padre se encontraba en el hospital, había rodado por las escaleras al tropezarse con un gato husmeador. Necesitaba que Milena se tomara unos días para atenderlo y Jaime gruñó encolerizado.




- ¡Milena!




- ¿Sí?




- Acércate, que necesito decirte algo serio. – Dijo con la voz apretada entre los dientes, mientras Milena se le ponía bien cerca, acuclillada al nivel de sus ojos.




- ¿Qué necesitas?




Jaime suspiró y cambió el tono de su voz.




- ¡Qué ojos más grandes!, parecerían una pradera apacible si no fueran mi cementerio.



Milena se sintió conmovida y se arrojó a su boca, desnudando la pasión reprimida entre cabellos. Jaime la tomó de la nuca, como el amante que atrapa un beso para que no se le escurra entre los labios y le enterró el abrecartas a un costado del cuello.




Milena se levantó horrorizada. Se arrancó el acero y comenzó a temblar, bañada en cataratas carmesí. Lo miró con ojos de fuego y en un impulso se lanzó sobre la silla, estrellando su cabeza contra el piso con una fuerza sobre humana, hasta que toda llama se extinguió.




Jaime sonrió aliviado al mirar dentro de esos ojos vacíos. Su cabeza palpitaba como si fuera el pecho y se encontraba exhausto, pero todo padecimiento era recompensado.




Sin embargo, al poco tiempo burbujearon sus oídos y se fugó la calma cuando escuchó acercarse el tintilineo infernal que terminó posándose junto a su rostro. Su cabeza latía al ritmo de una marcha fúnebre y por más que intentó levantar el brazo para alcanzarlo, no logró respuesta de su cuerpo. Su mirada perdía el enfoque, pero podría jurar que vio al gato erguirse sobre dos patas y lo escuchó reír, con el tipo de mofa con que se carcajean los demonios. Luego el cascabel estridente penetró sus oídos hasta que no escucho nunca más.

viernes, 7 de marzo de 2008

Alejandro



Lo encontré por primera vez en un sueño ajeno, retratado a la distancia en la voz de Lucía que hormigueaba en la espiral del cable divulgando el tremor velado entre palabras. Vendrían a pasar el fin de semana, y mientras el auricular sobre mi oído izquierdo susurraba la dicha de mi hermana pequeña, en el otro retumbaba el eco de mi propio regocijo.


La segunda vez lo vi de paso, nuestras pupilas se encontraron a través de una vidriera y de algún modo, lo reconocí en su atractivo jactancioso antes de advertir a Lucía entrar en la tienda. No detuve mi andar, pero la brevedad de un vistazo agrietó mis entrañas.

Más tarde llegaron a la casa y cuando mi hermana nos presentó, yo ya lo había tocado en el confín de un espejismo. Al instante del saludo, normalmente cortés e inapetente, se me hizo arrugas la conciencia.


Los tres nos sentamos a la mesa y abundaron las palabras, pero el diálogo entre Alejandro y yo fue todo silencioso: Jugamos a cachar miradas y pronto soltarlas, como quien juega a cazar mariposas.


- Nos casaremos en Abril… - Murmuraba una voz en otro mundo mientras asentíamos los dos a un compás automatizado. Luego la voz se acercó a mi oído y dijo reverberante:


- Me voy a acostar, estoy muerta, pero ustedes platiquen y mañana me cuentas que te parece. – Y se alejó la vibración hasta extinguirse por completo.


Nos quedamos solos, enmudecidos, contemplando la fatalidad venidera. Después interrumpió un carraspeo, y la levedad de una sonrisa compartida dio paso al parloteo inagotable, a tazas infinitas de cafés intermitentes. Al final de la madrugada Alejandro se despidió de forma sencilla, pero antes de perderse en las tinieblas, volvió el rostro y deslizó un guiño que apagó la colilla de mi calma. Me tendí sobre las sábanas escarchadas apretando los párpados de pesar, luchando por no soñarlo.


Cuando la luz del medio día irrumpió entre las persianas, sentí un cuerpo acurrucado detrás de mí. Desperté alarmada para toparme con mi hermana, que ansiaba conocer mi opinión sobre su prometido.


- Es todo lo que has dicho y más. –Confesé retorciéndome bajo las cobijas.


-Se me ocurre que deberíamos invitar a la familia y hacer público el compromiso.


-¡Maravilloso! –Dije bendita por mi suerte. Todo lo que necesitaba para sobrevivir a la tarde era ocultarme en una lluvia de caras conocidas. Y fue así que me quedé en al jardín mientras ellos rondaban por la sala y en la cocina mientras ellos paseaban por el jardín.


Cuando se alzó la luna y un baño de plata recubrió el barandal de la terraza, aún había baile y risas desperdigadas por los espacios, sin embargo, complacida por mis artes de escapista, di las buenas noches y corrí a refugiarme en el amparo de mi recámara. Pero al cerrar la puerta me desgarraron unos ojos predadores… Entre la lluvia de caras ¿pudo pasar inadvertida la suya?


Me jaló hacia su boca sosteniendo mi nuca con violencia y yo hice un par de intentos por huir, pero una vez sintiendo la humedad de la fuente, no queda valor más que para sumergirse en ella. Repasó mi cuello con labios sedientos y dientes de piraña. Botón a botón florecieron mis pechos y los apretó contra su piel, estrechando mi espalda con manos ávidas, celosas de lo finito. Luego me arrojó sobre el oleaje de alfombrado y en la tempestad de tentáculos naufragué.


Las voces a lo lejos comenzaban a opacarse y pronto empezarían las preguntas. Alejandro se puso la ropa en un santiamén y vistió mi cuerpo de besos, extendiendo una manta de rocío. Me abotonó la boca con sus labios y antes de escabullirse por la ventana musitó:


- Ana, si en este instante me reclamaras para ti, cancelaría el compromiso. –Y me pinchó la aguja del desconsuelo, sabiendo que nunca podría ser mío, ni tendido a la luz ni cubierto en la penumbra.


- No existe nada que pueda reclamar en realidad. Sólo… si no perteneces a Lucía, no te cases.


Una ráfaga erizó mi cuerpo y caminando hacia la noche lo encontré por última vez, lo miré desvanecerse en silencio, hundirse en la bruma de mis ideas.

miércoles, 5 de marzo de 2008

La Historia de cómo Virginia se volvió pistola



(Cuento con tres desenlaces optativos)





Una tarde, husmeando en un baúl de la casa de su abuelo, el pequeño Raúl encontró una pistolita de juguete algo anticuada. Estaba cubierta por una tela suave, atada con un listón como para regalo y le fué natural pensar que -siendo vísperas de Navidad- aquella pistola tan bonita debía ser un obsequio para él; así que la tomó, la apuntó en todas direcciones sin apretar el gatillo (por miedo a hacer algún ruido), la jugó un rato hasta aburrirse. Le pareció entonces que debía verse como grande, como vaquero de película con tan impactante artefacto, pero no había ni un solo espejo en toda la habitación que confirmara o negara su pensamiento. Es así que salió hecho un bólido hacia el pasillo intentando que nadie le interceptara (pues aún debía devolver la pistolita a su lugar y fingir sorpresa cuando se la entregaran oficialmente), entró en el baño pero no le sirvió de mucho: el espejo estaba demasiado alto y sólo alcanzaba a verse la cara, así que corrió al cuarto de su tía y ahí, detrás de la puerta había un espejo de cuerpo completo, tal como el que necesitaba.
Sacó la pistola de su bolsillo trasero con todo el estilo galante de un sheriff y ya comenzaba a recitar los diálogos de una película de vaqueros cuando la tía Lety, que había dejado su chal sobre la cama, abrió la puerta de un empujón para toparse con su sobrino apuntándole.
- ¡Ay! –Pegó un grito de horror.
Raúl bajó la pistola en un aire de extrañeza.
- ¡Pero papá, te dije que guardaras esa pistola bajo llave!- Gritó Lety mientras arrebataba la pistola a su sobrino y le acomodaba sendos manazos.
- ¡Pero es mi pistola de juguete! – Lloraba Raulito desconsolado sin comprender qué había hecho mal.
- Pistola de juguete, ¡ja!, ¡qué ocurrencia!, pudiste haberme matado. -mientras seguía golpeando al niño sobre las manos.
Ante tal escándalo subió la casa entera a ver lo que pasaba. La madre de Raúl consolaba al pequeño mientras regañaba a su hermana por haberlo golpeado, el abuelo tomó su pistola y se la llevó al seno mientras explicaba que no estaba cargada, que no representaba ningún peligro, hasta que se acabó el barullo y todos volvieron a sus respectivos puestos en la preparación de la Noche Buena.
Más tarde llegaron los invitados y compartieron la cena. Llegado el momento de la sobremesa, Lety contó el horror que había vivido aquella tarde cuando su sobrino casi le mata con la antigua pistola de su papá. Raúl estaba sentado junto al abuelo, así que se le acercó y muy en secreto preguntó:
- ¿No era para mí esa pistola de juguete?, es que no entiendo por qué mi tía se enojó tanto.
El abuelo acarició su cabeza e interrumpió el relato de su hija:
- Esa pistola no es una pistola común, su nombre es Virginia y lleva a una mujer adentro.
- ¿Cómo, cómo? – Preguntaron curiosos los invitados.

Terminada la primera guerra mundial, muchos soldados atravesaban a pié algunas comarcas de regreso a sus pueblos natales. En una de estas comarcas vivía Virginia, una joven de a penas 16 años, siempre sentada sobre una paca de paja, de espaldas al camino, mirando las estrellas. Tenía la cabellera roja y rizada, larga, pero nadie sabía cuán larga, por que siempre le ondeaba con el viento, donde fuera, en todo momento. Se decía que en sus zapatos crecían margaritas, que tenía el rostro de una madonna de porcelana y una mirada tan solemne que no había roca ni planta que no se conmoviera ante su hermosura.
Siempre miraba al cielo y cuando sentía el andar distante de un transeúnte volteaba y le preguntaba “¿Sabes tú el nombre de esa estrella, esa pequeña que brilla pálida junto al triángulo?”
No sorprende que su rostro privara de aliento a más de un aldeano, pero a Virginia no le gustaban los chicos del pueblo por que eran simples y no sabían nada de estrellas.
- No hay que preguntarse esas cosas, no piense Dios que es soberbia. Mejor mira acá abajo y pregúntame cuántas ovejas te daría. – Le decían reiteradamente.
Pero estrellas y ovejas no son la misma cosa y Virginia se hundía cada noche en un sinfín de preguntas.
Sus madre murió al darle a luz. Creció junto a su padre, un armero de gran prestigio que murió asesinado durante la guerra.
La chusma provinciana y supersticiosa comenzó a llamarle “la pistola”, amparando la idea de que Virginia estaba maldita. Según esta gentuza, la niña había heredado la culpa de su padre y pagaría con sangre de sus allegados cada asesinato de tan mortíferas creaciones.
Sus parientes la abandonaron por completo, sólo una tía menos agorera le iba a ver, y muy poco, pues la pensaba tonta. A veces le llevaba algo de comer, la dejaba en lo suyo y desaparecía por meses.
Cuando acabó la primera gran guerra hubieron más y más transeúntes.
Un día un joven quedó hechizado desde la lejanía. No podía ver su rostro, pero bastaba el movimiento hipnótico de su cabello para capturarlo y se acercó de a poco, un tanto amedrentado. Virginia había advertido su andar desde muy lejos, pero sólo volteó cuando le sintió realmente cerca “Sabes tú el nombre de esa estrella, esa gigante que fulgura en el halo de la luna?”
El soldado absorto en la belleza de Virginia dio un mal paso y cayó rodando camino abajo, golpeó su cabeza contra una roca y quedó inconsciente.
Virginia no prestó mucha atención y continuó mirando las estrellas hasta que otro soldado se acercó e inmerso en la profundidad de su mirada dio un mal paso y rodó camino abajo y se partió una pierna. Así, en la llanura se apilaron los soldados que intentaron llegar a Virginia, hasta que llegó un joven oficial llamado Paul. Éste se detuvo a auxiliar a los hombres de la llanura y una vez completada su labor continuó camino arriba, muy cuidadoso de cada paso. A diferencia de los otros soldados, Paul era un hombre de mundo. Había viajado por provincias y ciudades de todos los tipos, ahí había conocido mujeres morenas, rubias, castañas, pelirrojas, de cabellos lacios y rizados, acuáticos, aéreos y terrenos; de ojos simples y solemnes, de rostros toscos o inmaculados y en nada podría sorprenderle la mujer que miraba las estrellas.
Pasó a su lado y ella disparó su pregunta como bala “¿Sabes tú como se llama esa línea radiante que se asemeja a la cola de un cometa?”
“Sí, es el cinturón de Orión y es parte de una constelación enorme que forman estas, esas y aquellas estrellas.”
Virginia lo miró como nunca había mirado en su vida, desbordante en dicha y en dulzura mientras soltaba una carcajada tal que Paul, este serio oficial, hombre de mundo, no pudo más que derretirse. Virginia lo besó en los labios y él la hizo su esposa.
Vivieron varios años de felicidad inconmensurable, sin embargo, añoraban la bendición de un hijo, de un pequeño corriendo por los bosques y las llanuras, ayudándoles en las labores, estudiando cada noche las estrellas pero no habían logrado concebir.
Una mañana después de mucho tiempo, Virginia supo que estaba en cinta. Ella y Paul llenos de emoción convocaron al pueblo para una fiesta, pero esa misma tarde Paul fue llamado a la nueva guerra como oficial rango.
Virginia le ofreció una pequeña pistola que le había hecho su padre poco antes de morir, pero el oficial la despreció por su tamaño diminuto “En el regimiento nos dan bayonetas mi amada, guarda esta para tu protección” y se fue sin besarle la frente en el ardor de la batalla.
Virginia se quedó sola y la solemnidad de sus ojos se tornó tristeza.
A un mes de partido no llegó ni una carta y Virginia comenzó a llorar y llorar, y no paraba... lloró tanto que se le empapó el cabello con sus lágrimas y dejó de volar con el viento, se le escurrió sobre la espalda húmedo y pesado.
Al cuarto mes no recibió ni una carta y comenzó a llorar y llorar y no paraba... lloró tanto que se ahogaron las margaritas de sus zapatos, el cabello pesado le curvaba la cabeza y decidió cortarlo. Al mirarse en el estanque no pudo reconocerse y comenzó a llorar y llorar y no paraba... lloró tanto que la niebla en sus ojos no le dejó ver las estrellas.










-1-
A los seis meses no llegó ni una carta y el enemigo invadió el pueblo y el país, mientras Virginia sola, sin cabello aéreo, sin margaritas, sin reconocerse, sin poder ver las estrellas comenzó a llorar y llorar, y lloró tanto que su hijo le rasgó el vientre y decidió no nacer bajo un cielo nebuloso.
Cuando Virginia supo lo que las lágrimas hacen secó el llanto, tomó su pequeña pistola y se la llevó al seno, la abrazó y la arrulló maternalmente, como el último vínculo familiar que le quedaba.
Se sentó en su paca de paja a mirar las estrellas. Displicente ya ante lo eterno, escupió su alma sobre el cañón de la pistola y se dio la muerte.
La pistolita fue encontrada por un soldado y quedó prendado de su belleza. Lidiaron juntos grandes batallas hasta que una noche nublada cayo en combate. El espíritu de Virginia era siempre efectivo a excepción de las noches sin estrellas. Cambió de manos muchas veces, hombres embelesados en su hermosura y uno de ellos fue mi padre, quien me la obsequió cuando cumplí los 18 años. Así he de cuidar de ella, de esta mujer que sólo pide un cielo estrellado de vez en cuando. ¿Ves Raúl? ¡No eres un hombre y ya te ha conquistado la sinvergüenza!
Pero mira bajo el árbol, ahí encontrarás un regalo para tí.









-2-
A los seis meses no recibió ni una carta y el enemigo invadió su pueblo y el país.
A los ocho meses llegó un telegrama: “Coronel Paul la Fontaine muerto en combate” y Virginia sola, sin cabello aéreo, sin margaritas, sin reconocerse, sin poder ver las estrellas comenzó a llorar y llorar y no paraba... lloró tanto que su hijo le rasgó el vientre y nació antes de tiempo por miedo a ahogarse en sus angustias.
Virginia secó el llanto y le llevó a su seno, lo abrazó y lo arrulló maternalmente, como el único vínculo familiar que le quedaba.
Tomó su pequeña pistolita, la cargó y se paró detrás de la puerta mientras calmaba a su bebé.
Entró un soldado Alemán con la bayoneta por delante y Virginia de un solo tiro le voló el casco y lo dejó inerte.
Se extendió el mito alrededor de ella, se la conocía en todos lados como “la pistola” y no sólo por ser hija de un armero, o por arrastrar una maldición desde hacía tiempo, sino por su tiro preciso y su habilidad congénita.
Un par de jóvenes de una provincia cercana la convocaron para que organizara y dirigiera la milicia, pues todos confiaban en su nombre. Ella aceptó, después de todo, tenía gran experiencia en escuchar a la gente venir desde lejos y práctica de tiro desde pequeña.
Ella y su pistolita hicieron leyenda en la comarca, juntas derrotaron legiones enteras y echaron fuera de la villa a los invasores; aún así, nunca le faltó tiempo para compartir con su hijo. Todas las noches lo acompañaba en sus carreras por la llanura y le enseñaba todo sobre las estrellas.
Una de esas noches fue traicionada y herida de muerte por un aldeano con su precio. Virginia temió entonces por la vida de su hijo, tan pequeño, inerme al descampado que escupió su alma sobre el cañón de la pistola y se la puso entre las manos “Te protegeré de quien pretenda dañarte y te evitaré errar el tiro disparando a un amigo. Guárdame y siempre te guardaré del mal.”
Es así que su hijo jamás fue lastimado. Mi padre llegó a ser ese hijo y Virginia es tu tatarabuela.
Verás, no puedo regalarte esta pistola, pero hay otra bajo el árbol que te va a gustar mucho más: lanza agua hasta a tres metros de distancia y nadie se va a enojar de que apuntes a tu tía con ella.



-3-
A los seis meses no recibió ni una carta y Virginia sola, sin cabello aéreo, sin margaritas, sin reconocerse, sin poder ver las estrellas comenzó a llorar y llorar, y lloró tanto que no notó bajo sus pies un sobre que parecía arrastrado hacía tiempo. En su camino vuelta a casa notó algo más que lodo pegado a su zapatos y de inmediato intuyó de lo que se trataba. Virginia lo levantó, secó el llanto y le llevó a su seno, la presionó contra su vientre como un arrullo maternal para su hijo aún no nacido. Reconocía esa letra, el único vínculo que tendría con su amado:

Hemos estado en combate , cada segundo, cada minuto, sin embargo me ingenio para robarme un pedacito de noche y escribirte todos los días. Es posible que no te hayan llegado todas mis cartas, pues el correo es atacado constantemente y sólo sale una vez por semana; pero en todas te digo lo mismo, que me siguen las estrellas a todas partes y con ellas tu mirada solemne, aquella carcajada inédita que me puso de cabeza. Sé que si estoy aquí tan lejos, luchando, es por volver a tu lado en un espacio de paz y libertad para nuestro hijo.

Mi corazón está contigo.
Paul

Volvió la luz a sus ojos. Pasó el tiempo y ella quedó tranquila, releyendo cada noche aquella carta. Pronto le creció el cabello aéreo y florecieron margaritas en sus zapatos y cuando miraba las estrellas sólo veía delineados los ojos de su amado.

Dos meses más tarde llegó otra carta:

Mi bien, nuevas:
Me han herido en batalla y han tenido que amputarme una pierna, pero me llena de alegría que voy de vuelta a casa y se me han brindado las mayores condecoraciones. No puedo esperar por verte. Un auto me dejará al borde del arroyo, pero tú aguarda por mí mientras contemplas las estrellas, que en tu paca de paja habré de reconocerte.

Hasta pronto
Paul

Tras leer sobre su regreso Virginia comenzó a reír y reír y no paraba. Rió tanto que el hijo se escurrió de su vientre y nació antes de tiempo por reunirse a la dicha.
Virginia lo tomó en brazos y le llevó fuera para ver las estrellas pero esa noche no hubo rastros de Paul y les devoró el sueño tras la vigilia.
Al alba el enemigo invadió su pueblo y el país, y se impuso la queda por lo que no pudo esperar en su paca.
Ya entrada la noche escuchó el caminar torpe y distante de un transeúnte. Tomó su pequeña pistolita, la cargó y se encaminó a hacia la paca intentando no hacer ruido, cuando de pronto, escuchó un grito en alemán seguido por un tiro. Al asomarse, se le rasgó el corazón; Paul yacía al borde del camino.
Virginia se sentó en su paca y miró un cielo vacío. Displicente ya ante lo eterno, escupió el alma sobre el cañón de la pistola mientras era balaceada por los alemanes.
Murió Virginia sin saber que su amado estaba vivo, pues la bala sólo rozó la pierna amputada. Paul se arrastró por la tierra hasta llegar a la paca y ver el pecho de su amada tapizado de estrellas. Se quedó echado abrazándola por largo tiempo hasta que el cielo en luto vertió sus lágrimas. Tomó la pistolita para su protección y se encaminó pecho tierra a su casa. A casi un metro del umbral fue descubierto por un soldado que le quitó la pistola de una patada y haciendo burla le disparó con ella... Pero Virginia no podía matar al hombre que amaba, así que soltó el tiro por la culata y de un solo golpe cobró su vida.
Paul tomó de vuelta la pistolita y llegó a rastras hasta su casa. Ahí encontró a su hijo y le nombró, le educó, lo vió correr por las llanuras y le enseñó todo sobre las constelaciones.
En poco tiempo el enemigo fue expulsado y pudieron vivir en paz.
Muchos años después se inventaron nuevas prótesis y no tuvo que usar muletas, se casó con otra bella mujer y tuvo dos hijas; pero en secreto (o eso creía), guardó siempre a su salvadora, al amor de su vida en un baúl cubierta de seda y listones.
Verás Raúl, encontraste a mi mujer y a la mujer de uno no se la regala.
Para ti Raulito, tengo algo más interesante. Ve atrás del granero, que en la última de las caballerizas te espera “Paca”. Una buena yegua es el primer requisito de todo vaquero.