sábado, 21 de febrero de 2015

Del polvo de mi inocencia mancillada, te presento a la niña que se columpia incansable bajo el ocaso de mi infancia. 
Esta niña, que vive eterna en el jardín de llagas florecidas, meciéndose sobre la aurora boreal, coleccionando estrellas en una cajita; es quien cerró los ojos antes del hurto, aprisionando bajo los párpados el último resplandor del sol ensangrentado, la parvada de pájaros que huyera de la penumbra. Ella, que no conoce el horror o el hastío, a la que todo puede sorprenderle, se enamora de cicatrices;  encuentra dulzura en el predador aunque a ratos la devore y  sabe llorar sólo de alegría.
Voy a posarla sobre tu pecho,  dejarla bañarte en sus sollozos, limpiar a besos tus heridas y esconder entre cabellos el dibujo de soga que tatuaste alrededor de tu cuello… por un instante.

Resurrección



De la aridez del calvario al polvo de la tumba, Magdalena humedeció con sus lágrimas. Amado mío, Cristo crucificado, te espero al tercer día en un jardín lleno de flores.