martes, 12 de diciembre de 2017

Despertó con un espantoso nudo en la garganta, con una carcajada atorada en el pecho,  con un movimiento en el estómago que pone la piel de gallina (la gente dice que es bonito, osan llamarlo mariposas... pero son termitas las hijas de su re*€¥%#& madre!!!, sí duele y duele feo!) con unas ganas de llorar porque pasó la mosca, que no se quitan con nada, aunque llore y  llore (alguien le dijo que "sus ojos son el mar"... pues chingada madre, se le ponchó el ojo derecho!). A la mitad del sollozo más desesperado, aparece una risa psicótica para hacerle sentir más bipolar de lo que es en realidad, y cómo loca, siente inmaterial el mundo que le rodea (flota, sí, ¿o es el mundo el que se mueve?) el universo es poco a poco más chicloso, tanto que siente ahogarse entre arenas movedizas de dulce de leche. No es rico, pero sí. La vida es gris y nada le importa... y luego todo brilla, pero le hace llorar, porque no puede alcanzar su resplandor. Siente ansiedad y miedo y se pone rara como niña insegura, con miedo de ser regañada, miedo al rechazo sí, pero no al rechazo en sí mismo por el dolor del ego, sino a estar sola con toda la culpa... que el sentimiento pase al plano racional y no puedan perdonarla por sentirlo, a ser mala por comparación y estar sola con las consecuencias... es impotente. Puede, es bien capaz de cortarle una pierna al sentimiento, tirarlo en el mar (que le queda en el ojo izquierdo) y amarrarlo de una piedra. Guardarlo en una cajita y no mostrárselo a nadie, dejarlo empolvarse en un rincón secreto y si lo hace... se esfumará del todo en unos 3 años, volverá a sentir algo como en 5... y aunque el tiempo ahora pasa más rápido es muy mala callando cosas, se le escapa por el gesto y grita por las noches a modo de insomnio. La emoción es un pájaro rebelde, voluntarioso, hace lo que se le da la gana y nunca  se posa donde se espera, donde "debe". Y es rebelde ella también, porque se niega a ser un cordero abandonado a su suerte. Quisiera dar voz a lo que siente, manipular la balanza de su destino. Le espanta amordazarlo hasta la asfixia, exiliarlo como a un bandido porque el maldito viene siempre fuera de tiempo... porque aunque duela (en el cuerpo, no sólo en la cabeza), aunque se confunde y obsesiona,  la centra y le da foco. La llena de una energía maniática que la vence, la desmadra y le da valor para lanzarse al abismo nuevamente.

lunes, 11 de diciembre de 2017

1 SANGRE SOBRE LA NIEVE


Los ruidos de la fiesta rebotaban por los rincones de la casa, aturdiendo la paz del invierno. Afuera, los caminos, los huertos y las copas de los árboles se vestían de blanco, pero adentro hacía un calor insoportable, entre el fuego de la chimenea y la transpiración amarga de la gente que comía y bebía amontonada en las mesas. 
Nadia luchaba por no estar ahí, intentaba navegar en las tormentas del pensamiento, pero el chasquido insoportable de dientes y cubiertos que generaban los comensales, unido a las carcajadas tan casuales como espeluznantes, la obligaban a salir del oleaje de sus cavilaciones y la hacían encallar, inevitablemente, en el  fango de su tortuosa realidad.
Nunca había coqueteado con el barranco y ahora llevaba dentro su semilla. Una mezcla de espanto y desesperación la recorrió de los pies a los dientes. Sabía que bastaba un golpe más entre copas, una sola sonrisa condescendiente, para perder el control de su garganta y verterse en un rugido.
Fantaseaba con aquella celebración desde que tenía trece años y sus amigas del colegio la llevaron tras los arbustos para espiar a Paolo bañándose en el río. Nunca había visto nada tan bello: su piel bronceada resplandecía bajo la luz del sol y su cabello castaño serpenteaba con el céfiro. Un clavado de aquél cuerpo perfecto bastó para cautivarla y, cuatro años más tarde, parecían cumplirse sus sueños. Se suponía que debía vivir feliz por siempre, con los labios vibrantes destilando dulzura; sin embargo, el dejo agrio de la pesadilla saturaba su gusto.
-        Te quiero para mí, serás mi esposa – le dijo aquel otoño, conmoviendo su ingenuidad antes de hacer el amor bajo un árbol calvo.
Cuando Paolo pidió su mano, el corazón niño parecía salir de su pecho.  Nadia creyó que se debía a la emoción, pero si hubiera descifrado la advertencia que dictaban sus latidos, en código Morse, no se habría apresurado a arrastrar la pluma sobre el papel, no se hubiera deshilado su alma al encontrarlo en la cocina, a escasas horas de su enlace, con la lengua atragantada en otra boca y las manos penetrando un escote ajeno.
Tomó a su madre del brazo, al momento que pasaba junto a la mesa.
-        Me siento indispuesta, quiero subir a descansar un minuto – le susurró, intentando ocultar su ansiedad.
-        ¡Pero si es el día más feliz de tu vida, no se te olvide que ésta es tu boda!
Al escuchar estas palabras, un velo cristalino enturbió sus ojos.
-        Sí, pero me duele la cabeza, quizás ha sido el champagne… Quisiera recostarme un momento. Bajaré antes del pastel.
-        Está bien, preciosa, no te demores – besó su frente y se marchó para atender a los invitados.
“El día más feliz de mi vida…”, repetía su cabeza enloquecida. “Si esto es lo más feliz que puedo ser, no quiero conocer el resto”.
Tomó discretamente el cuchillo que reposaba junto a la tarta y lo escondió entre los tules del vestido. Se dirigió hacia las escaleras y, cuando subía el primer escalón, la invadió tal repulsión por la casa y por todos los que festejaban en ella, que corrió a la salida, con la esperanza de refugiarse entre los vientos y escapar de su suerte.
Cuando atravesó la puerta, florecieron lirios de colores en la laguna que formaron sus ojos.
Marchó hacia lo alto del cerro y cuando se vio lejos de lo que conocía, dejó caer el cuerpo lánguido sobre la nieve.
El frío la rodeó con sus brazos paternales y por primera vez se sintió confortada. Su piel se erizó y comenzó a temblar entre sollozos. Fue un abrazo tan ceñido que la tentó a entregarse por completo.
Quería quedarse acurrucada para reposar sus penas, pero el canto lejano de unos lobos  inquietó su alma. Se llenó de miedo, como si aquella música sombría fuera un auspicio de muerte, pero nada podía aterrarla más que volver a la fiesta y ahogarse en el brillo embustero de aquellos ojos malditos.
Se puso en pie y comenzó a deambular sin rumbo, dejando a su paso una estela de llagas blancas sobre el hielo.
Se detuvo frente a un acantilado y miró el fondo por unos instantes. Todo abajo del monte se veía diminuto, a excepción del gélido mar, que pintaba de negro la costa. Los árboles simulaban ramitas de coliflor rodeando preciosas casitas de muñecas y desde ahí podía distinguir la suya, con la pequeña chimenea humeante que daba calor a la concurrencia.
Una melancolía inusual tocó su frente, mientras rememoraba las tardes compartidas con su madre junto al fuego. La señora zurcía, mientras Nadia ayudaba a terminar los bordados, y se comunicaban sin palabras, con un lenguaje encantador de sonrisas y miradas. “Ella es lo único que voy a extrañar: sus cantilenas desafinadas y sus caricias tiernas…”
Se quitó las zapatillas y las arrojó al vacío para ver cómo se encogían a la distancia. Nunca imaginó que se esfumarían por completo y se alejó por miedo a desaparecer también, aspirada por el poderoso aliento del vértigo.
Reanudó su caminata hasta encontrar lo que parecía una iglesia derruida. Casi no sentía las piernas y decidió parar un momento. Se sentó sobre una de las rocas caídas que se extendían por varios metros, formando un patrón que sólo podría distinguirse desde un terreno más alto, y su mirada se perdió persiguiendo el vaho que dibujaba cuervos y mariposas al deslizarse sobre la corriente de aire.
Tuvo la extraña sensación de haber estado ahí alguna vez, en un tiempo que superaba su memoria, o de pertenecer a ese espacio.
 “¡Qué bello lugar para descansar! Seguro en el verano se puede escuchar el romper de las olas sobre la playa y los gritos de las gaviotas fundidos con la brisa. Aquí me gustaría dormir por siempre.” Pensó.
 Sacó el cuchillo que había enredado en el vestido y lo recorrió con un dedo, sin apoyarse en el filo. Lo acercó a su muñeca izquierda y observó el reflejo de sus venas en el metal, luego lo llevó a su garganta y, sin poner fuerza, la acarició con el borde, de la parte baja del cuello hasta el mentón, como si intentara rasurar una barba imaginaria; por último, colocó la punta sobre su seno izquierdo, cuando sintió el lugar preciso, estiró los brazos frente a ella y  con un gran impulso los acercó a su pecho, pero al primer roce del fierro lo dejó caer, creando sólo un rasguño sobre su piel.
Puso saliva en su índice y lo pasó por la herida, intentando limpiarla, luego volvió a llevarse el dedo a la boca y al saborear su sangre salada pensó: “Necesito un momento. Lo haré con calma, encontraré el valor.”
Comenzó a cortar delicadamente las aplicaciones de perla que adornaban su vestido, intentando familiarizarse con el objeto. Permitió al dolor suspirar dentro de sus poros, rindiéndose a la experiencia placentera de su propia desdicha. Con cada centelleo que quitaba, parecía desplomarse un fragmento de su alma. 
Cuando terminó con los ornamentos, rasgó la cola. “Novia de la nieve, ésa seré”.
Recordó el esmero con que su madre confeccionaba su ajuar, sin permitir que nadie lo viera, y de la noche que entró a la recámara, cuidándose de no despertarla, para robar el velo unos minutos y lucirlo frente al espejo.
En un furor arrebatado se fue contra la gasa que aún colgaba de su cabeza, cortando accidentalmente uno de sus rizos.
Una ráfaga helada lo arrastró hasta el otro lado de las ruinas y, al verlo elevarse, recordó la voz de su abuela advirtiéndole por enésima vez sobre la terrible condena que podía acarrear el cabello perdido. Ella misma, desde que era una niñita, recogía la pelusa que quedaba en su almohada por la mañana o cualquiera que permaneciera en el cepillo y las peinetas, para incinerarla con la vela de noche; pues afirmaba que cualquiera que perdiera un cabello, estaría destinado a errar por toda la eternidad, buscando y recogiendo cada hebra de su desperdigada melena.
“Me quiero ir para nunca jamás regresar a esta tierra perversa.” Y se apresuró a buscarlo, cubierta de escalofríos.
Al levantarlo, removió un poco de la nieve que cubría el suelo y notó que había una inscripción.
Tomó uno de los harapos de la cola para sacudir la losa y, sólo entonces, comprendió que el lugar donde había estado sentada era una tumba y las ruinas pertenecían a un antiguo cementerio.
Intentó leer el epitafio, pero los bordes de las letras habían sido borrados con el tiempo y sólo pudo distinguir la palabra “olvidado”.
Se dirigió a otra de las lápidas y, al sacudirla, encontró lo que pareciera un nombre ilegible, seguido por la palabra “olvidado”. Así lo hizo con otras tres y fue lo mismo.
“¿Qué es este lugar?” se preguntaba, cuando en una de las paredes de lo que pudo haber sido una capilla, descubrió una inscripción parecida.
Se tardó un poco más en despejarla y parecía que faltaba un pedazo, pues se cortaban algunas palabras; sin embargo, la escritura era mucho más grande y clara:

“Bienvenido al cementerio de los olvid...
Nadie viene a limpiar nuestra tumb…
ni nos trae flores. Nuestros epitafios han…
cubiertos por la nieve durante tantos invier…
que las piedras mismas han olvidado nuestro nom…
Aquí yacen los muertos olvid…
y sólo aquél destinado al olvid…
puede pisar nuestro terreno”.

Empezó a nevar y las piedras ocultaron sus leyendas nuevamente. Nadia se quedó tan rígida, repasando mentalmente lo que acababa de leer, que daba la impresión de estar muerta. Los labios color índigo resaltaban de su rostro pálido y la piel de sus brazos había tomado un tono grisáceo. El ruido que generaban sus dientes al chocar entre ellos era el único signo vital manifiesto.
“Olvido, olvidados, olvidar, olvida, olvidada… olvidada… olvidada... olvid… ¡No quiero perderme!, quisiera morir, pero no sin alguien que me llore.” Desvariaba. “¿Cómo puede alguien perecer, sabiendo que la tierra misma ignorará que ha vivido? ¡No!, si muero aquí, nadie me guardará en su memoria. Cuando mamá se vaya, ninguno se acordará de mí. ¡Debo volver! Debo regresar y concebir. Un hijo genera permanencia y jamás olvida… Si me apresuro, llegaré antes de que oscurezca.”
Recogió los harapos de su ajuar. “Mi madre jamás me perdonará por lo que he hecho con el vestido”. Pensó iluminando su rostro con una risilla.
A pocos pasos del cementerio, escuchó un gruñido aterrador que resonó y creó eco en sus oídos. Dio una vuelta completa para adivinar su origen, cuando de pronto vio salir de entre los pinos a un lobo hermosísimo. Tenía el pelaje más negro que el carbón y los ojos del color del jade.
Se quedó estática, esperando que siguiera su camino, pero el animal no tenía intención de ir a ningún lado. Permanecieron mirándose sin romper el silencio o la distancia, hasta que el lobo comenzó a aproximarse, con un porte soberbio y andar pausado.
Nadia sintió hervir sus entrañas, pero no pudo evitar asombrarse de la majestuosidad de la bestia.  Cuando lo tuvo suficientemente cerca, extendió una mano para acariciarlo y al lobo no pareció molestarle. Su pelo era tan suave como el visón y después de un rato de sobar su cabeza, se agachó para abrazarlo, como lo hiciera con sus perros.
Sin aviso, el animal saltó a su pecho, provocando su caída, y un coro de aullidos penetró el ambiente. 
El sonido de aquel llanto tenebroso resucitó sus premoniciones. En cuanto Nadia intentó levantarse, la  fiera se lanzó contra su cuello, robándole un pedazo.  
Ella tomó el cuchillo, le dio una puñalada en el vientre y blandió el metal para ahuyentar al resto. El lobo negro se extravió chillando entre la bruma.
El dolor de Nadia era insoportable. Su sangre fluía como catarata y con su esfuerzo final se arrastró hacia el camposanto.
Rápidamente fue cercada por la jauría.
Arrojó el cuchillo lejos de su cuerpo. Ya no importaba la muerte o el olvido, sólo deseaba que terminara pronto su agonía.
Miró por última vez a su alrededor: La escarcha cubría las tumbas, muy parecida al velo de una novia, y se reconoció en aquel lugar, arropada por el frío.
Doce lobos se arrojaron sobre ella. Hicieron jirones los restos de su vestido y,  arrancando sus miembros, en poco tiempo la consumieron.
Donde yació Nadia, no quedó carne o trozos de hueso; sólo una mancha enrojecida desplegada sobre la nieve. El invierno consecuente, donde hubo sangre, creció una flor de Noche Buena.



2 EL ESPEJO


Todo olía a flores: Era el perfume de la ofrenda, fundido con la dulce esencia de juventud que enamoraba a la brisa. Nueve arreglos de lilas, rosas y violetas llenaban la sala, uno por cada día que el amante abandonó su lecho.  
            Faltaba una hora para que Vladimir acudiera a su encuentro. Berenice contaba los minutos que faltaban para mirarlo llegar desde la ventana, como la última vez. Ya lo imaginaba arrojándose a su cuerpo, tan voraz como un leopardo, mientras ella suavizaba el tacto, aleteando sobre su piel con la fragilidad de una libélula. Podía sentir dos cuerpos perfectos bordándose a la cama, sus pieles desnudas desprendiendo una fragancia perfumada y el ritmo agitado de su respiración, confundiéndose con los jadeos que producen las arboledas al ser acariciadas por el viento.
Su amante era tan hermoso que se le endulzaba la boca sólo de pensar en él. Tenía el cabello y los ojos negros, con una profundidad arrobadora; la piel blanca, la voz grave  y el cuerpo espléndido, con cada músculo perfectamente delineado. Las flores, en cambio, por más agradable que fuera su aroma, le resultaban enfadosas, porque él parecía enviarlas para suplir su presencia y eran incapaces de disolver la escarcha que crecía cada noche entre sus sábanas.
Se recogió el cabello y se metió a la tina hirviente, donde burbujeaban sales y hierbas excéntricas de exquisitas esencias. El vapor sobre su rostro le daba una sensación  más tersa y delicada a su tez. Frotó la esponja con un jabón de cacao y limpió cada parte de su cuerpo fantaseando con los dedos o la boca de su amante. Quería sentirse en un sueño cuando él mismo la tocara, y que él se sintiera provocado al encontrar tibios los espacios que llegara a explorar.
Mientras se secaba, puso sobre la cama la lencería más fina que guardaba en el cajón, las medias con liguero, los zapatos rojos de tacón alto y  el vestido negro con un escote discreto, pues aunque nunca salían de la recámara, a él le gustaba desvestirla de las mejores galas.
Eligió un delicioso perfume, el carmín para los labios y se sentó frente a la ventana a peinar su larguísima cabellera roja. Siempre había sentido una conexión erótica con su cabello… la excitaba el ligero roce sobre su cuello, sobre sus pechos y amaba ver a Vladimir perderse en su espesura, besar cada uno de sus hilos bronceados hasta desfallecer.
Miró el reloj una vez más. Un pájaro descendió del cielo y se remojó en el agua de la fuente que adornaba la entrada. El canto del ave armonizado por el golpeteo del surtidor le causó cierto encanto. Se asomó para dar una ojeada al espectáculo y la luz de la tarde que se colaba por el cristal, iluminó su faz, llenándola de una ilusión imprevista.
Nunca se sintió más hermosa. Tomó un pequeño espejo de mango que yacía sobre la mesa, para constatar la exquisitez de su cara, pero al verse, algo la obligó a bajarlo y esconder su reflejo.
La invadió el terror y se quedó inspeccionando el reverso del espejo, sin atreverse a levantarlo.
Se pasó las manos por el semblante, asustadiza, hasta ganar la calma. Estaba segura de haber visto el rostro ajado de una anciana, pero no una anciana cualquiera, sino ella misma en el invierno, decrépita y agrietada.
Tomó valor para levantarlo y ahí seguía ella, mirándola fijamente, con enorme melancolía.
-        ¡¿Quién eres?! – preguntó Berenice aterrada.
-        ¿Quién eres tú? – respondió el reflejo con los ojos llorosos.
-        Soy Berenice.
-        Soy Berenice yo también.
-        ¡Ah! ¡Pero eso es imposible! Eres vieja y espantosa como un ave de rapiña. Yo soy joven y bella como un cisne.
-        Sí, así me veía yo cuando era joven. Qué precioso era mi cabello... Lo que ves en mí es sólo el paso del tiempo. Mi plumaje ha cambiado: me he llenado de arrugas, mis manos se han vuelto ásperas como el cartón, mis ojos claros se han tornado sombríos y mi cabello rojo ha perdido su color. La vida me ha endurecido y llenado mi espíritu de aflicción. No fue nada que yo buscara, simplemente sucedió.
-        Pero la vida es dulce, llena de belleza y aromas sutiles. No hay más que colorido y deliciosos sabores. ¿Cómo puede la vida endurecerme?
-        Hasta el fruto más suculento pierde su dejo y colorido. Con el paso del tiempo, la manzana se pudre y su jugo azucarado se vuelca en amargura.
-        ¡Me niego a creerlo! Me espeluzna verte. Tardé un momento prolongado en atreverme a mirar de nuevo el reflejo, del horror que me provocas.
-        Yo misma no lo creo. Cuando miré el espejo me llené de alegría, creyendo que mágicamente había rejuvenecido… pero después de palpar mi piel y observar mis manos, supe que no era cierto y mi esperanza se hundió en el infierno.
-        Pensé que moriría joven y mi amado me recordaría bella por siempre. ¿Cómo se ve mi amado ahora?
-        ¿Amado? He estado sola tanto tiempo que no recuerdo cómo se siente el amor.
-        ¿Sola? ¿No está Vladimir ahí contigo?
-        ¿Vladimir? – sus ojos se perdieron en la nada y su voz se llenó de emoción –Era hermoso, lo recuerdo. No está aquí. Un día se fue y no volví a saber de él. Aquella vez no mandó flores y supe que no regresaría.
-        ¡Pero nos amamos con pasión! – se quedó pensando un momento y la ira invadió sus sentidos - ¡eres un fraude!, no puedes ser yo. Vladimir me ama, me ve como si fuera una diosa y sería incapaz de abandonarme. ¡Eres el demonio, que quiere trastornarme con la duda!, ¡eres Satanás mismo!
-        ¡Quizás el diablo seas tú!, quieres hacerme sentir miserable, anhelante… mantenerme añorando la belleza de mi juventud y obligarme a quitarme la vida – las lágrimas corrían de sus ojos como si fueran un par de grifos.
-        ¡No es verdad! ¿Eres yo misma?, ¿no me engañas?
-        Me asombra mi propia inocencia… el modo con que miraba las cosas, tan superficial e ingenuo. En verdad crees que tendrás un final feliz, lo seguirás creyendo a pesar de lo que ves. Me queda claro que seguirás ciega y olvidarás este encuentro. Quizás Luzbel es este espejo que nos conecta en momentos tan distantes. Me muestra a mí para perturbar tu lindo universo diminuto y trastocar por un momento el aroma de tus flores. Te muestra a ti para consumirme.
-        No, tú te muestras sólo para asustarme. Antes temía únicamente a la muerte, ahora sé que hay algo peor.
-        Sí, peor, mucho peor.
-        Nunca había imaginado mi propia vejez.
-        Ni yo, tan sólo me ha caído encima y no he podido defenderme.
-        Se me eriza la piel, ¡eres tan despreciable!
-        Soy… - cerró los ojos con una tristeza infinita.
-        Sí, ¡la visión más horrenda que he tenido jamás! ¡Vete! ¡Ya no quiero verte! – gritó con desesperación.
-        No te preocupes, no volverás a verme, hasta que un día más cerca de mi tiempo te mires al espejo con el mismo desdén que demuestras ahora.
Le pareció ver acercándose la imagen del ángulo de su escritorio y el reflejo se ennegreció un instante.  El espejo que tenía en las manos pareció romperse y la vieja al otro lado recogió una de las piezas. Berenice permaneció atenta a lo que hacía, hasta que se llenó de pavor al presenciar tan terrible escena; la vieja se hizo un corte profundo en el cuello y comenzó a sangrar a chorros. El sonido le pareció conocido, muy semejante al brote de su fuente.
Ella escondió el espejo entre sus piernas y una angustia incontenible asaltó su pecho.
“No he contemplado nada parecido, eso no puede ser real”, repetía para sus adentros.
Armada de valentía lo volteó de nuevo y sólo pudo verse a si misma, tal como entonces, joven y bella. Tenía razón, su hermosura en aquél instante era más radiante que nunca.
Miró el reloj y se dio cuenta de que había pasado menos de un minuto. La visión fue sólo un chispazo, un momento robado al tiempo mismo y se quedó confundida observando el reflejo, con la esperanza de volver a mirar  lo que vio y poder retirar sus palabras.
Suspiró profundo, levantó los ojos del espejo y notó a través de la ventana al pajarillo, bañándose aún en el chorro de la fuente. El portazo de un auto atrajo su atención y fue entonces que lo vio llegar.
Abrió la puerta, intentando cubrir la confusión de unos minutos atrás con una sonrisa.
Él se arrojó sobre ella como una fiera y ella lo tocó con sus yemas de satín, olvidándose por completo de la visión. Su lecho era ardiente de nuevo y se quedaron recostados, plenamente satisfechos, mirándose uno al otro con reverencia ante la belleza inconmensurable de sus cuerpos,  hasta que Vladimir se acercó a su rostro y lo miró con desagrado.
-        -Vas a tener que dejar de sonreír tanto, pues ahí, junto a la boca, empieza a delinearse una arruga – acarició con un pulgar la zona de su descontento.
Berenice, por vez primera, comprendió que empezaría a marchitarse, como el amor de su amante y las flores del salón.

3 LA MADRASTRA


           

Me puse el vestido blanco de finísimo calado y una larga cola de ilusiones. Mi madre me ayudó a ajustar los cordones del corsé y a arreglar el tocado. Cuando estuve lista, me asomé al espejo y me vi tan bella que no pude reconocerme; noté un rubor jovial en mis mejillas que no conocía, efecto de la expectativa de una vida fascinante, al lado de aquel ser enigmático que prometía todo con una mirada.
            Mi hermano me tomó del brazo, apesadumbrado por tener que entregarme a otro hombre. Miré pasar a mis amigas de la infancia entusiasmadas, enamoradas también de mi prometido y la vida de ensueño que me esperaba. La música de órgano, los tulipanes en mis manos y el penetrante aroma a nardos acompañaron mis pies por un pasillo infinito de suspiros. Miré hacia el altar con una mezcla de nostalgia y anhelo, al comprender que me dirigía a la tumba de mi pasado y al alumbramiento de un futuro inadvertido.
            Me confortaron los pliegues en el rostro de Federico, que descubrieron lentamente una sonrisa límpida, y me aventuré a dar el último paso hasta alcanzarlo. Cuando me detuve junto a él se desvanecieron los nervios y me dejé gobernar por mi fe. Tomé su mano firmemente y encontré una seguridad extraordinaria.
            Miré por última vez hacia la banca donde se encontraba mi familia y noté las posturas más opuestas. Mi madre se veía iluminada; sin duda creía que Federico era el mejor de los partidos, pues veía en cada una de sus canas la madurez y respetabilidad que yo merecía; asumía que un hombre mayor me guiaría por una ruta sosegada, que su amor sería una flama constante, no una chispa. Pero lo que ella ignoraba era que ninguna sensatez me arrojaba a ese hombre, sino un ardor incontenible, que se avivaba ante el misterio labrado en sus dedos. Mi hermano, en cambio, lo miraba con recelo; sentía horror de ver a su hermanita pequeña partir con un completo extraño.
            Era verdad que no lo conocía fuera de los pocos momentos que pasamos juntos durante el verano y la lluvia de cartas que recibí los siguientes meses, pero tañía en mi pecho la certeza de que era el indicado.  El día que me habló sobre su hija y la muerte de su esposa, supe que no debía tomarlo a la ligera; entendí su actitud errante y sentí una profunda compasión, hilvanada a un manto de escalofríos. Quería unirme a él, pero me daba miedo obtener un esposo y una hija instantáneamente. Antes de aceptar su propuesta, imaginé los posibles devenires de mi destino sin menguar la intensidad de mi deseo. Sólo entonces dije “sí”.
            Tuve una ceremonia soñada. Mis damas lloraron y a mí se me partió la voz en una o dos palabras. Ahora era mío: mi esposo, mi amante, mi amado y no podía esperar por fugarme con él a los espacios que había dibujado mi fantasía.
            Apenas se desvaneció la luz, me despedí de mis amigos y parientes. Era probable que no volviera a verlos en mucho tiempo, pero no me causaba la menor tristeza; me parecía que los había convidado con la más linda de las despedidas y estaba dispuesta a comenzar de cero, limpia de todo y todos por ser sólo suya.
            Pasamos nuestra noche de bodas en un hotel del que sólo conocimos la recámara. Había esperado tanto tiempo para volver a tenerlo entre mis brazos, que me arranqué a pedazos el vestido de novia. ¡Cuánta pasión habitaba en las manos temblorosas que amaban la geografía de mi cuerpo! Mi piel respondía con el mismo deseo, se desplomaba ante sus caricias, se hacía maleable como el metal ante las brasas.
            La mañana siguiente tomamos el vuelo a casa y a cada kilómetro que me alejaba de lo viejo y me acercaba a lo desconocido, aumentaba una pequeña molestia que me punzaba en el centro del pecho. Muy pronto conocería a Camille y nada me causaba mayor incertidumbre.
            Al llegar, me sentí maravillada frente a la hermosura de la casa. Pese a las numerosas veces que escribió sobre la belleza del lugar, sus descripciones habían sido bastante pobres, o abundaban en modestia. Era una hacienda de enormes dimensiones, guardada como tesoro a la mitad del bosque, donde reinaban el murmullo del viento, los cantos de los pájaros y el rumor lejano de un riachuelo. No existía en la tierra un mejor lugar para ser feliz.
            Un mozo recogió nuestro equipaje y yo quise conocer los jardines antes de atreverme a entrar. Él me acompañó a recorrer los exteriores, consciente de mi nerviosismo. Cuando ya bajaba la luz, susurró a mi oído: “es tiempo” y me lancé dentro, como quien se zambulle de un clavado en el agua helada. Escuché unos pasos apresurados bajar las escaleras y mis piernas flaquearon a su proximidad.  Una joven blanquísima de cabellera larga y negra se arrojó a los brazos de Federico, sin tomar un momento para mirarme.
-        ¿Cómo ha estado mi princesa?
-        Rogando a los dioses que volvieras a casa. Todo aquí es muy aburrido cuando no estás.
-        ¿Pero no te divierten tus clases de dibujo?
-        Ah, sí, son de lo más entretenidas, pero nunca son suficiente. He hecho algunos bosquejos para ti, quizás pueda mostrártelos antes de la cena.
-        Me encantaría…  Camille, ella es Marina, mi esposa, a quien puedes considerar una nueva madre. Se llevarán muy bien ahora que tengan la oportunidad de conocerse.
            Apenas entonces me dirigió la mirada y me sentí examinada de un modo tan severo que sin duda sería reprobada. Volvió a ver a su padre y le habló como si yo no estuviera presente. 
-        Madrastra, dirás. Dudo que pueda considerarla mi madre, más bien es como una hermana. ¿Cuántos años puede tener, veintiséis?
-        Tengo veinticuatro.
-        ¡¿Ves?!, yo tengo diecisiete; no hay manera de que parezca mi madre. Pero, ¿qué vamos a hacer con la cena? Tendremos que reacomodar los lugares.
-        No te preocupes, yo hablo con Anita para que arregle la mesa. ¿Por qué no le muestras la casa a Marina y traes tus dibujos? Nos vemos en el comedor dentro de quince minutos.
-        Por supuesto. Ven.
            Me aterró separarme de Federico, pero imaginé que él sabía lo que hacía y era una buena oportunidad para ganar la confianza de Camille, o al menos su curiosidad.
-        Éste será tu cuarto. Tiene una vista muy bella del jardín. La habitación de mi padre está al otro lado del pasillo.
-        Pensé que compartiríamos habitación.
-        No es conveniente habiendo tantas recámaras en la casa. Es mejor así, tendrás un lugar más amplio para colgar tu ropa y te hará bien un poco de intimidad.
-        De acuerdo.
-        ¿Qué tal estuvo la boda? Es una pena que no haya podido asistir.
-        Sí, fue una ceremonia preciosa. Tenemos algunas fotos, si quieres te las mostramos más tarde.
-        Hoy no. Seguro tienen muchas cosas que arreglar, mejor otro día.
-        No hay problema, será mañana.
-        Éste es mi cuarto.
            Era una habitación de lo más pulcra y elegante. Una de sus paredes estaba completamente tapizada por dibujos a lápiz de una calidad asombrosa, que plasmaban ruinas antiguas, o paisajes mágicos que sólo existen en la imaginación más lúcida.
-        ¡Vaya! ¿Estos son tus dibujos?
-        Sí. No son nada del otro mundo, pero estoy aprendiendo.
             Tomó unos rollos  que yacían sobre su restirador y me dijo:
-        Mañana te muestro el resto de la casa, pues podríamos llevarnos horas en recorrerla toda y se hace tarde.
-        Espero que podamos compartir un momento y conocernos más a fondo.
-        Quizás esta semana podamos ir a cabalgar.
-        Me encantaría. Y ¿no vas a la escuela en la semana?
-        No. Hace un año estuve en un internado, pero lo aborrecía. Gracias al cielo Federico recapacitó. Él dice que no le convencía la institución, que no confiaba en las monjas, pero en realidad se la pasa muy mal sin mí; desde entonces estudio en casa. Pero dejemos estas trivialidades para otra ocasión, la cena ya debe estar servida.
-        ¿Es por allá?
-        No, por ahí son los cuartos de la servidumbre. Sígueme.
            Era fácil perderse en una casa como aquélla. El comedor estaba compuesto por una enorme mesa rectangular. Él esperaba sentado en la cabecera como si fuese un trono. Al otro lado de la mesa había un lugar finamente arreglado y uno más modesto en el centro.  Camille se acercó a su padre y estiró los rollos sobre la mesa.
-        Aquí están los bosquejos.
-        ¡Sorprendente! Sí que has estado trabajando. Esto es increíble.
-        No los he terminado, pero cuando los acabe serán tuyos.
            No pude verlos bien, cuando él me pidió que tomara asiento. Me senté frente a él, como se esperaba, aunque hubiera preferido el lugar central, por sentirlo más cercano.
            La cena fue suculenta, pero invadida por un silencio prolongado, que me fue terriblemente incómodo. Miré a Federico y Camille hablarse con los ojos, como si tuvieran un lenguaje privado al que yo no estuviera invitada. Se sonreían sin provocación, como cómplices de algo incógnito y por primera vez conocí la envidia.
            Desde que me tocó esa sensación angustiosa y repugnante, anhelé el momento en que Camille nos diera las buenas noches.
            Terminada la cena, nos fuimos a sentar en una enorme sala, que parecía un templo dedicado a la música. Había un violonchelo descansado en un rincón, junto a un enorme piano de cola.
-        Camille, ¿por qué no nos tocas algo?
-        ¿Qué humor tienes esta noche? ¿Algo de Liszt, de Schubert, quizás Chopin?
-        No, me encantaría escuchar algo de Debussy. A Marina le gustan mucho los compositores franceses.
-        Perfecto.
            Estiró un poco sus dedos y se sentó al piano con el porte de una profesional. Comenzó a tocar el Arabesco en Mi mayor y pese a lo mucho que intenté guardar la compostura, me conmovió hasta las lágrimas. Cuando terminó, Federico me dio una palmadita en la espalda y se levantó con dirección a Camille, le dijo algo al oído y en un momento recogió el chelo del rincón y se sentó junto al piano. Tocaron el primer movimiento de la sonata para chelo y piano de Debussy. ¡Cuántas cosas maravillosas compartían! Al principio me invadió la melancolía, el deseo de haber compartido algo así con el padre que nunca tuve, pero de inmediato concebí la posibilidad de participar con ellos en esa interacción extraordinaria y me alegré.
Les brindé un gran aplauso mientras imaginaba todo lo que podríamos hacer juntos.
Camille se despidió y Federico me sujetó de la cintura.
-        Mujer, mis dientes braman por morder la carne bajo estos encajes. No perdamos más tiempo.
            Me levantó del suelo con sus enormes brazos y me llevó hasta su recámara. Me tiró sobre la cama y me desvistió ayudándose con los labios. Dejamos las luces encendidas. A él le gustaba mirarme desnuda, sin recato y yo me sentía liviana, como si levitara sobre su cuerpo.
            Tanto era mi disfrute, que comencé a gemir sin control. Él me ponía la mano sobre la boca, como si quisiera evitar que hiciera algún ruido. De pronto lo noté mirando fijamente hacia la puerta. Me di la vuelta y vi también un movimiento de sombras en la cerradura. En el frenesí de la pasión no le di  importancia y me ocupé del placer, hasta que mi cuerpo se estremeció y estalló en plena satisfacción. Escuché entonces un sollozo penetrante que en breves segundos se convirtió en llanto y luego en gritos desgarradores, trastornados.
            Se me estrujó el vientre, sin comprender la razón de tan aterradora manifestación.
            Federico me hizo una señal pidiendo que esperara ahí, se puso una bata y salió cerrando la puerta tras él. Escuché un ruido contra la alfombra, como si algo se arrastrara, y los gritos se fueron alejando, hasta extinguirse tras un portazo.
            Me quedé temblando desconcertada y después de un rato, en que no se escuchaban más que el canto del riachuelo y de los búhos, me puse una bata y me asomé al pasillo.
Todo era oscuro y húmedo, sentí frío hasta los huesos y una presión tremenda sobre el esternón, como si tuviera un toro recargado contra mi pecho. Se colaba un poco de luz bajo la puerta de Camille y me acerqué sigilosa. Pegué mi oído a la puerta y escuché balbuceos que no paraban, que no delineaban claramente ninguna palabra y me llené de confusión.
Despegué mi oído y caminé en torno a la puerta de ida y vuelta.  Ya llevaban media hora y yo no sabía que hacer. Me acerqué una vez más.
-        ¡Las cosas no pueden ser como antes! Te dije que todo iba a cambiar – fue lo único que pude comprender y  me sentí miserable, fuera de lugar, como un intruso en mi propia casa.
Me costaba trabajo respirar y comencé a caminar sin saber a dónde. Entré en un pasillo pequeño, tenuemente iluminado, saturado de portillas. Tras cada una de esas puertecitas escuché voces que se combinaban y confundían, que alternaban entre el susurro y la exclamación. Me recargué en la pared y me puse a llorar en silencio, intentando convencerme de que todo iría bien, que todo había sido muy rápido y nos tomaría tiempo acostumbrarnos a la nueva situación.
-        La niña está mala y era de esperarse, pero no se da cuenta que el señor lo hizo por su bien.
-        Es tan parecida a su mamá la pobrecita.
-        ¡Pero la mujer ni se imagina!
            Pude oír tres voces femeninas cuchicheando entre ellas. Decidí volver al cuarto, a ver si habían terminado, pero al darme la vuelta crujió la madera del piso.
-        ¡Shh!
-        ¿Qué fue eso?
-        Ay, una rata.
-        No. ¡Cállense!
            Me quedé inmóvil un momento, esperando que volvieran a lo suyo antes de marcharme, cuando se abrió la puerta y salió Anita.
-        Buenas noches, señora, ¿hay algo que pueda hacer por usted?
-        Nada, gracias. Buscaba la cocina para hacerme un café, pero todavía no conozco la casa y el sentido de ubicación me ha fallado.
-        No se preocupe. Por acá también hay forma de llegar a la cocina, pero quizás no sea la más adecuada.
-        Sólo quiero un café, realmente no tiene mucha importancia, mejor me regreso a dormir.
-        Ya vino hasta acá. Deje que me ponga una bata y le preparo su café. Al fondo del pasillo hay una escalera de caracol y bajando a la izquierda está la cocina.
-        No era mi intención molestarla.
-        Descuide, en un momento la alcanzo.
            Bajé la escalera de caracol, que rechinó con cada uno de mis pasos, mientras me preguntaba lo que estarían diciendo de mí aquellas mujeres. Entré a mano izquierda y hasta entonces noté que no conocía la cocina. Era un espacio espléndido, donde todo parecía tener un perfecto orden. Todo era de lo más moderno a excepción de un horno de piedra en el que hacían el pan de cada día.
            Llegó Anita y se puso a preparar mi café.
-        Perdón que la hiciera levantarse, Anita. No conozco todavía la casa.
-        No se preocupe, es muy grande y toma mucho tiempo conocerla toda.
-        ¿Cuánto tiempo lleva usted trabajando aquí?
-        ¡Uy, señora! Desde que tengo memoria. Desde mi bisabuela hemos trabajado en esta casa. Yo vi nacer a la señora Claudine, la mamá de Camille; mi madre fue su nodriza y de niña me tocó arrullarla y lavar sus pañales… Luego me tocó también arreglar su mortaja. 
-        Qué pena. Y ¿Camille tiene parecido a su madre?
-        Muchísimo. Físicamente son iguales, tienen el mismo tono oscuro de cabello, el mismo porte, hasta los mismos gestos. Desde la muerte de su madre parece Claudine misma. Su interpretación al piano y la pasión por el dibujo, que antes practicaba, pero nunca habían sido sus aficiones, ahora las ha adoptado con la misma devoción que Claudine las tomaba. Ha dejado de bailar como tanto le gustaba cuando era más chica… en mucho ha dejado de ser como era. A veces  juraríamos que el espíritu de su madre la poseyó.
-         Ha estado en esta casa mucho tiempo, seguro debe saber muchas historias.
-        Sí, si conociera tantas como yo, saldría corriendo. Hay almas penantes entre estas paredes, pero no crea en los fantasmas. He vivido lo suficiente para saber que las atrocidades son cometidas por los vivos.
-        Gracias por todo. Es hora de que regrese.
-        Que tenga buena noche, señora. Salga por la puerta de enfrente, no vaya a perderse otra vez.
            Salí rumbo al comedor y me fue fácil encontrar el camino de vuelta. Llegué a la habitación y Federico aún no estaba ahí. Me sentía mucho más tranquila y encontré cobijo bajo las sábanas. En pocos minutos entró con el rostro afligido.
-        ¿Qué ha pasado?
-        Nada de preocuparse. Camille extraña mucho a su madre y teme no agradarte.
-        Pero ¿cómo no habría de agradarme? Es una chica excepcional.
-        Lo sé, eso es lo que le he estado diciendo, pero adaptarse toma tiempo. Espero que todo mejore ahora que tendrán tiempo para estar a solas.
-        Sí, claro… ¿a solas?
-        Mañana debo irme. Hay asuntos que debo arreglar en la ciudad y necesito quedarme unos días.
-        ¿No puedo acompañarte?
-        No. Creo que sería mejor que te quedaras con ella y la dejaras conocerte. Eso apresuraría el proceso y todos estaríamos más tranquilos.
-        De acuerdo.
-        Bueno, es hora de dormir.
-        Buenas noches – me cubrí el hombro con la sábana y apoyé mi rostro sobre la almohada.
-        No. Marina, creo que cada cual debe dormir en su habitación. Así lo he preparado. Si empezamos a dormir juntos no te acostumbrarás a dormir sin mí cuando me vaya, y cuando esté lejos, yo me sentiré tan solo que necesitaré dormir con alguien más.
            Salí sin voltear la cara. Me sentí completamente indignada. Me repetía “ahora esto, ahora esto” y llena de rabia azoté la puerta de mi recámara.
            La espuma del champagne abierto no dura burbujeando más de un día, así se esfumó él la siguiente mañana, dejándome sola en un lugar extraño.
            No había pasado mucho en mi nueva vida y ya extrañaba a mi hermano, quería llamarle y contarle lo sucedido, escuchar su voz dulcísima estrechando el sarcasmo, diciendo “te lo dije” mientras reía sin parar; pero no lo hice, porque estaba segura de haber elegido lo correcto y no podía fracasar de un día para otro.
            Debía hacer un intento digno de mi voluntad. Me dije que todo pasaría pronto, que habría muchas cosas por hacer y no podía lamentarme sólo por una mala noche.
            Bajé al comedor, esperando desayunar con Camille, pero se había ido a montar desde temprano, así que le pedí a Anita que me llevara el desayuno a la terraza. Dediqué la mañana a recorrer los jardines, la caballeriza, el establo y al medio día volvió Camille, comimos juntas, hablamos de cosas sin trascendencia  y le pedí que me  mostrara  la casa.
Abrió cada puerta que me causaba curiosidad  revelando lo que había dentro. Entre todos los salones, me fascinó una biblioteca formidable en el tercer piso, llena de primeras ediciones y en el centro colgaba un retrato de Claudine, la madre de Camille. Me sorprendió el parecido, pues eran idénticas en todo, excepto que la mujer de la pintura se notaba varios años mayor. Sin duda era una mujer muy hermosa, de porte señorial y ojos claros, que evidenciaban una vulnerabilidad exquisita. Por un momento sentí pena de no poder equiparar su significado en la vida de Federico y Camille, pero estaba dispuesta a hacer mi mejor esfuerzo.
-        No te enamores de mi padre, no te enamores de esta casa, porque te aseguro que no puede durar; uno u otro te acabará decepcionando – dijo, al verme sobrecogida en su inmensidad.
-        No me digas eso, no tienes razón. Yo estoy dispuesta a ser, si no una madre para ti, sí una amiga. Yo amo a tu padre y por eso me casé con él; él me ama también y ambos te amamos a ti, así que lo peor que podemos hacer es lastimarnos entre nosotros.
-        No es mi intención ofenderte, sino ponerte sobre aviso para que tomes tus precauciones.
            Cuando recorrimos la mayoría de la casa, me mostró una entrada secreta por uno de los jardines, que llevaba a unas mazmorras subterráneas. Prendió una antorcha y entró por delante. El lugar olía a azufre y una vez desnudo ante la luz del fuego era aterrador: había manchas muy viejas de sangre en las paredes y los pisos, y algunos instrumentos de tortura. Ella quería guiarme mucho más adentro, pero no soporté el olor y le rogué que saliéramos. Una vez fuera, me enfrentó:
-        Me pediste conocer toda la casa. Esto es parte del recorrido completo, pero te advertí que no todo te gustaría.
-        Gracias, pero no quiero ver más por aquí.
-        Está bien. Percibir lo bonito y cegarse ante la  oscuridad es cómodo para las mentes simples.
-        ¡Ya basta! No he hecho nada contra ti. Sé que es duro aceptarme, pues sientes que usurpo el lugar de tu madre, pero no es eso lo que pretendo, no me interesa ser tu madre sustituta. Tienes que entender que vengo de buena fe y que estoy dispuesta a dar lo mejor de mí para que esto funcione. No tienes que hacer nada por compromiso, ni si quiera tienes que quererme, pero debes saber que no voy a irme, por más que intentes descartarme con palabras insolentes. Háblame claro, no me des indirectas, no necesito dobles juegos; si quieres decirme algo, dilo honestamente y al menos así sabremos dónde estamos paradas.
-        Bien, no pretendamos. Por mí sería mejor que te fueras. No te voy a querer nunca, pues no eres más que una oportunista, una ladrona que se siente dueña de lo que no le pertenece. No me interesa saber de ti o estar contigo. No necesito tu ayuda, así que ni te molestes. De aquí a que vuelva Federico haz lo que te plazca y yo haré lo mío. Cuando él regrese, podemos parecer las mejores amigas si es lo que te conviene, no me importa, pero mientras tanto ni te me acerques.
            Vi tal odio en sus ojos, que me fui para atrás, con una llama de impotencia crepitándome en el alma.
            Sentí una mirada fija desde lejos y descubrí a un muchacho observándonos tras un árbol. Camille no lo notó, se dio la vuelta y caminó hacia el bosque. El muchacho la siguió con los ojos hasta que desapareció. Yo caí al pasto y me puse a llorar.
-        ¿Me permite acercarme?
-        ¿Quién eres tú?
-        Soy jardinero, señora, me llamo Baltasar.
-        Pues dedícate a tus deberes, Baltasar, y deja de husmear.
-        Me disculpo, señora, pero no debería llorar, es que usted no comprende todo.
-        ¡No!, ¡no entiendo nada!
-        Camille está sufriendo, no porque usted suplante a su madre, ni porque le haya usted robado el afecto de su padre… Ella no soporta el dolor de su presencia, porque ella misma ha suplantado a su madre y usted le ha quitado el afecto de su amante.
-        ¡No!, no es cierto. Eso son viles mentiras, ¡¿quién te crees para decir eso?!
-        Sólo le digo lo que todos saben en esta  casa. Yo entiendo el tormento de Camille, pues a mí me han quitado a mi amante también. Le digo esto, porque he visto suficiente miseria en este lugar y todos confiamos en que usted podría ser quien logre cambiarlo.
-        ¡Déjame en paz!, lo que quieren todos es que me vaya… No me voy a ir.
-        Lo que esperamos es que no se vaya, sólo así puede romperse el círculo. Es lo que el señor Federico intentó hacer al tomarla por esposa, librarse de tentación rompiendo el círculo.
-        Vete, no quiero saber más. 
Y sin decir otra palabra, Baltasar se fue a atender sus menesteres. Yo me quedé llorando un rato sobre el pasto, y cuando comenzó a oscurecer, me refugié en la biblioteca, donde pasé recluida los siguientes días, leyendo. Saqué un libro de poesía y cayeron a mis pies unas fotos de Claudine y Federico cargando a una bebé. Mi mente comenzó a rechinar: No es una hija celando a su padre, es una rival bajo mi techo. Imaginé cientos de veces su figura enlazada al cuerpo de Federico y sentí náuseas. La odié, pues ese hombre había jurado ser mío y me resultaba fatal descubrir una dualidad en su afecto. Podría competir con una hija o una amante, pero no con una hija y una amante a la vez.
            Esa noche me fui a acostar temprano y cuando todos dormían, Camille entró en mi cuarto y apoyó un abre cartas sobre mi cuello.
-        Vete. Vete y no mires atrás.
            Le di un codazo en el pecho, que la obligó a soltar el metal. No pensé ni un instante en lo que tuvo que pasar ella a sus catorce años, perdiendo a su madre y teniendo que reemplazarla, sólo llena de ira la tomé del cabello, tomé la foto que encontré anteriormente y la agité frente a su cara.
-        ¡Tú no eres esta mujer!, puedes creer que lo eres, pero no. Esta mujer está muerta y tú no eres más que una ramera que intenta suplirla. Él es mi esposo y no voy a irme a ningún lado, todo esto es mío ahora.
            Camille se desbordó en lágrimas, la encontré fragilísima, sin una pizca de la arrogancia que me hizo estallar en cólera y me vi a mi misma a la distancia, como quien mira una película y no participa más que en el juicio de los hechos. Me sentí cruel.
-        Yo no quise hacerlo, pero él me pidió que me vistiera como ella, que tocara el piano, que tomara clases de dibujo y me amó, sólo así pudo amarme después de perderla y yo lo amé también. Nos teníamos el uno al otro, solos y dolientes, pero juntos. Trató de mandarme lejos y no pudimos estar separados. Ahora te trae a ti para arrancarme definitivamente de su pecho, pero ¿y yo qué? A mí me deja desolada, escuchándolo gozar con otra mujer, y ¡sólo deseo la muerte!
            Salió corriendo y no vi hacia dónde. Me di cuenta del horror que había tenido que pasar y deseé huir por primera vez, regresar a casa de vuelta con mi madre y mi hermano, aceptar que me equivoqué, que salté al vacío sin paracaídas; pero también supe que no podía, que debía quedarme  o todo volvería a ser como antes.
            En la mañana bajé a desayunar. Anita me dijo que Camille había ido a montar desde temprano, así que decidí esperarla para conversar, preguntando cada hora si alguien la había visto volver.
            Federico regresó a la hora de la comida y, al mirarlo, me perdí en sus ojos, se me olvidó por un momento todo lo que sabía. Ya entrada la tarde empezó a llover y Anita se puso nerviosa.
-        A los caballos no les gustan los truenos. Ya es muy tarde, quizás algo le pasó a la niña.
            Yo me asusté también y mandé a un mozo por ella.
            Unos minutos más tarde llegó el muchacho alarmado. La había encontrado en la caballeriza con las muñecas cortadas. Corrió Federico y yo tras él, y la sostuvo entre sus brazos. Le hice torniquetes con un pedazo de mi vestido y Federico la metió en el auto para llevarla al hospital.
            Mientras tomaron camino llamé a mi hermano y le expliqué mi confusión, le hice saber que lo necesitaba junto a mí.
            Federico y Camille tardaron dos días en volver a casa. Cuando por fin regresaron, ella actuaba como si nada hubiera pasado y él estaba más cálido con ella, pero guardaba su distancia. Esa noche me pidió que fuera a su habitación y yo evité las preguntas. Me hizo el amor como la primera vez, sin cuidado de que alguien nos oyera y yo me sentí idolatrada entre sus brazos, como si fuera la mujer de sus sueños y la sombra de Claudine hubiese dejado de acosarnos.
-        Creo que tenías razón, lo mejor será dormir juntos. Mañana le diré a Anita que pase tus cosas para acá.
            Dormí tranquila, recostada sobre su pecho y sentí que todo mejoraría. Desayunamos en la cama y al medio día recibí una llamada de mi hermano. Había llegado a la ciudad y esperaba que pudiéramos vernos para comer, así que Federico me mandó con el chofer, esperando que volviera para la cena.
            Cuando vi a mi hermano, me lancé a sus brazos y me quedé abrazándolo por un par de minutos. Le conté todo lo que había sucedido y, naturalmente, me pidió que regresara a casa con él, que me olvidara de Federico y Camille, pero una corazonada me obligó a despedirme cuando llegó el momento de regresar como había quedado.
            Volví para la cena y, al abrir la puerta, escuché un alarido que arañó mis oídos: Anita había encontrado el cadáver de Federico, apuñalado varias veces en el corazón con un abrecartas. Me quedé helada al mirarlo y no pude reaccionar por un buen rato. Nunca había visto junta a toda la servidumbre. Por un momento todos se reunieron ahí, a contemplar al patrón muerto, con todo tipo de gestos sobre sus rostros.
-        ¡¿Dó-on-nde está Ca-amille?! - dije tartamudeando.
-        ¡No sé, no sé!... ¡No sé! – repetía Anita perturbada.
-        Salió al jardín de atrás – nos dijo Baltasar.
            Inmediatamente supe dónde encontrarla. Prendí una linterna y entré en la mazmorra con el cuerpo tembloroso. Tuve que adentrarme hasta el fondo, con terror de lo que encontraría, hasta que vi en lo profundo de una celda, un sarcófago de plata pulida con el dibujo de una princesa. Abrí el terrible aparato y vi su bello rostro cubierto de sangre, su joven carne atravesada por cientos de picos, tan fastuosa como la rosa roja abrazada a sus espinas.
            No pude llorar frente a la impactante imagen. En lugar de aflicción sentí paz, al comprender que era el único modo en que  Camille podría exorcizar el fantasma de su madre.