jueves, 27 de noviembre de 2014

Sangre cansada



La sangre se ha cansado ya
de tanto derramarse,
cuando su motivo es fluir 
por los caudales de vida.

La sangre se ha hastiado ya
de tanto brotar en vano...
de errar de un corazón a otro, de un charco a otro,
de un sueño a otro.

La sangre se ha enfermado
de la náusea de perder sentido,
del dolor de su insignificancia,
de saber que en este cruento mercado negro

no vale nada.

Algunas leyendas de mi familia, recuperadas por mi tía Mariavic




Historia de la familia, (por María Victoria Sordo Arrioja)
Lunes, 18 de diciembre, 2000.

La historia de la familia. Para acabar pronto: esta era una familia de puros mitómanos, lo que contaban era cuento, así termina esta historia, tan tan.
   Esa es la primera versión. Pero considerando que todos los pueblos han sido mitómanos, y tal vez todas las familias, veamos la mitología de la rama femenina de la familia (curiosamente la rama femenina no tiene nombre, es anónima, porque cada generación cambia por el nombre del padre)

La versión revisada habla de lo siguiente:

Hacía la segunda mitad del siglo XIX  (por ahí de los años 1860, pa delante, cuando en México estaba por llegar Maximiliano y en EU se estaba gestando la Guerra Civil), 
   Este era un señor ingles de apellido Blagborne, trabajando, de todos los lugares posibles, en una embajada inglesa en Colombia.  Quienes quieren impulsar a la familia dicen que era el mismísimo embajador de Inglaterra, otras versiones más moderadas piensan que tal vez fue un funcionario de segundo o tercer nivel. Los pesimistas piensan que era el mozo.  Este hombre, ya de cierta edad, queda viudo y por tal razón dirige sus intereses hacia una bella joven de la sociedad colombiana, a la cual desposa. Las versiones moderadas y pesimistas dudan que tal unión se formalizara.
   El resultado de esta pareja es que nacen tres bellas hijas. La mayor de nombre Esther, las otras dos se llamaban Carola y Sara. No se sabe quien era la menor.
   Dice la leyenda que el señor Blagborne fallece y su mujer decide abandonar Colombia. Este hecho apoya la idea de que el hombre fuera influyente en Colombia (tal vez el propio embajador de Inglaterra) y de que no hubiera formalizado su unión con la colombiana, pues muriendo él, ella perdió su apoyo y no quedo con el estatus de viuda, que le hubiera permitido una vida holgada en su propia tierra. Hay que tener en cuenta que en esos tiempos la idea de irse a un país extranjero sin más ni más, era bastante riesgosa.
   La personalidad de ella debió ser por lo tanto, atrevida, osada, inteligente y dispuesta a enfrentar obstáculos. Es decir, la misma que se derivaría de una situación irregular en una sociedad conservadora.
   Además, al parecer, ella contaba con dinero. (La teoría de la concubina gana puntos).
  Viajó en barco con sus tres hijas, en edades juveniles y llego a México al puerto de Veracruz. (Existe una foto de una de las hijas, Sara, con pie de foto que dice Bogotá, Colombia, que la muestra a una edad de entre 15 y 20 años).
  Llego con un gran equipaje y causo asombro en la ciudad de Veracruz, pero por no ser el clima totalmente de su agrado, decidieron proseguir rumbo a la ciudad de México. En el camino conocieron la ciudad de Orizaba, que es una ciudad alta, vecina al pico de ese nombre, con clima templado y húmedo, que les agradó.
   Dice la leyenda que la madre decidió instalarse en Orizaba, y casar a sus hijas con los mejores partidos que había en ese momento en la ciudad.  Uno de ellos era un joven de apellido De la Llave, que era hijo de un señor de gran importancia en la ciudad y que seria gobernador de Veracruz durante el Porfiriato. La mayor, Esther, había casado ya con un inglés, aunque luego enviudo, ella pasó su luna de miel en Cuba cuando todavía era colonia española, antes de la guerra con EU que fue en 1879. (Se conservan algunos papeles sobre la tía Esther, porque ella falleció a una edad avanzada, 102 años creo). A Sara, que tal vez era la menor, la caso con el dueño de tres importantes haciendas de la región, Manuel Carrillo de Albornoz. Hay que recordar que antes de la revolución las haciendas mexicanas eran el principal núcleo de producción y de vida en las distintas regiones del país (además de las minas), y los conventos o  congregaciones manejadas por la iglesia, con grandes propiedades.
   La leyenda no cuenta que paso con la colombiana entonces, tal vez murió o se fue de Orizaba. Las dos hijas casadas con orizabeños tuvieron una triste historia.
   Carola de la Llave tuvo un hijo con problemas de salud desde pequeño.
   Cuenta la leyenda que se cayó de una cama alta y padeció las secuelas de la caída. De modo que la madre tenía que viajar para buscar médicos y atender a su pequeño, en el entretiempo el esposo se consiguió otra mujer y la dejó plantada. El hijo luego murió y Carola termino su vida en la ciudad de México, viviendo en Mixcoac una vida bastante miserable.
   Sara tuvo dos hijas, Sara y Elena, aunque las hijas gozaban de buena salud, el marido también se buscó otra mujer y en la práctica repudió a su esposa. Sara huyo con sus dos hijas a la ciudad de Puebla, buscando alternativas para su vida. Cuenta la leyenda que las disfrazó de inditas para que no las distinguieran en el tren, y llegó a vivir a Puebla con sus pequeñas. El padre no se quiso dejar tomar el pelo por su mujer, de modo que envío a unas personas a averiguar su paradero y a robar a las niñas para regresarlas a Orizaba. La leyenda cuenta que uno de los parientes del padre era un bizco que fue el que cumplió la orden con éxito, y se metió por una ventana a la casa de las niñas y las robó.
   Hasta la fecha, las hijas de mi Tía Maria Elena hablan del bizco, se quedó en la familia la leyenda de miedo de “ahí viene el bizco, que horrible”. (Dice Ma. Eugenia Sordo que la historia es diferente).
No se sabe qué hizo Sara Blagborne de Carrillo entonces. Se sabe que las niñas fueron llevadas a Orizaba y quedaron al cuidado de la abuela. El padre se unió a otra mujer y tuvo muchos hijos, al morir la abuela las niñas quedaron viviendo en una hacienda con poca vigilancia. El padre andaba en otra onda pues. La mayor de ellas Sara, quedó embarazada a los 14 años, tal vez de un trabajador de la hacienda.
   Tuvo un hijo y luego de eso la casaron con un señor Barrañon no muy distinguido, de la localidad, quien la aceptó con su hijo. Con este señor tuvo más hijos y luego se fue a vivir a Puebla, ahí todavía vive una prima lejana que se llama Gloria Barrañon. Más tarde algunos de sus hijos se fueron a vivir a California EU, de jardineros y al parecer el negocio de la jardinería les dejó fortuna. Yo encontré varios Baranon en Internet, en California.
  Dado lo que había pasado con Sara, con Elena tuvieron que tomar muchas precauciones, la mandaron a vivir a Puebla con unas parientes que la vigilaban mucho y la hacían llevar vida de monja. Es decir, de la iglesia al encierro y del encierro a la iglesia. A los 17 años, en uno de tantos viajes del encierro, etc., fue vista por un abogado de 29 años llamado Eduardo Arrioja Izunza, oriundo de Puebla que, según la leyenda, se enamoró de ella. La verdad es que Elena se salía del común de las jóvenes de su edad. Era muy alta, blanca, pecosa de ojos verdes y teñía una llamativa cabellera roja, que contra la luz parecía llamarada (la flor que abunda en Cuernavaca).
Su modo de conocerse y llevar un noviazgo, fue a través de cartas enrolladas a piedrecitas que arrojaba el galán para que llegaran al balcón de Elena. Algunas se habrán perdido. Ella le contestaba en la misma forma, con lo que dio paso a su espíritu soñador y le llamaba palabras en extremo cariñosas y hacía lindos planes con él, al parecer también le escribía románticos versos.
   Al año siguiente se casaron Elena Carrillo Blagborne y Eduardo Arrioja Izunza y se mudaron a la ciudad de México, donde él comenzó a trabajar en la política.
Lejos de realizar los sueños que ella había descrito en sus cartas, la vida con Eduardo fue muy decepcionante para Elena. Tuvieron cuatro hijos, la mayor Paz nacida en 1916, Eduardo en 1918, Elena en 1919 y Matilde en 1921.
   Su vida intima terminó en cuanto nació el último hijo, Elena tenía entonces 24 años (había nacido en 1897) y mantenía una enorme necesidad de afecto. Por otra parte, poseía gran belleza y vitalidad.
   Según la leyenda, es decir lo que cuenta Pacecita Arrioja, en esos años el padre se desaparecía en ocasiones por varios días, y tenían en la familia carencias e inestabilidad. El regreso del padre ocasionaba grandes peleas.
   Pacecita atestiguaba las peleas escondida, con el temor de que las cosas llegaran a mayores y se agredieran físicamente.
   Al mismo tiempo, cuando Pacecita era pequeña pero lo suficientemente madura para acompañar a su madre, Elena la llevaba a distintas visitas que realizaba, a costureras o a lugares en los que se tomaba simplemente un refresco. En esos lugares Elena se encontraba con otros hombres, los cuales le daban dinero.
   Cuando luego de ello Pacecita atestiguaba una nueva pelea, estaba segura de que su padre iba a matar a su mamá. Tal vez en su cabeza de niña había llegado a la conclusión de que su mamá merecía que la mataran.  Por esa época, de manera totalmente sorpresiva Elena encontró en la calle a una mujer que no conocía, pero que se acercó a ella con actitud dulce, le preguntó que si era Elena Carrillo Blagborne y ella le dijo que sí, entonces la mujer le dijo: Elena, yo soy tu mamá.
   A partir de entonces Elena incorporó a su vida un elemento que nunca había tenido, la relación con su madre. No se sabe si esta relación fue amorosa, o tal vez era una en que su madre solamente le pedía ayuda, pues se encontraba en situación bastante pobre.
   Con el tiempo las cosas siguieron mal, y Elena se armó de valor para dejar a Eduardo e irse a vivir con su madre.
   A ese punto su hijo estaba estudiando en la universidad en México y las hijas decidieron quedarse con el padre, con quien se fueron a vivir a la ciudad de Tehuacan, Puebla, en donde Eduardo Arrioja Izunza había sido nombrado juez y notario público.
Para ese entonces Paz Arrioja Carrillo era la novia de Fausto Sordo Castañares, quien venia de una familia española acomodada y muy conservadora. Con el tiempo fue el propio Fausto quien convenció a Elena para que regresara al lado de su familia. La razón que tuvo fue egoísta, por su calidad de hija de padres separados la familia Sordo Castañares no daba el permiso para la boda de Fausto con Paz.
   Elena seguía siendo muy guapa a sus cuarenta y tantos, Fausto comentaba que cuando paseaba por la calle con su novia, Paz, y su futura suegra le desconcertaba mucho que los piropos y las atenciones se las hicieran a su suegra.
   Entonces Eduardo Arrioja Izunza había sido nombrado magistrado de la Suprema Corte de Justicia, en la ciudad de México, un puesto de prestigio y con un sueldo bueno. Ello les permitió instalarse en el Paseo de la Reforma, en un edificio decente, de donde salieron todos sus hijos para casarse.
   Paz se casó en 1941, Eduardo en 1943, Matilde y Elena en 1948. Al año siguiente, en diciembre de 1949 falleció Elena, por una embolia a consecuencia de una intervención, padecía cáncer en el colon. Tenía 52 años.
   Cuentan de ella que le gustaban los perros, que era de carácter dulce, que cocinaba muy bien, que escribía versos. Según una libreta de notas, asistía a clase de gimnasia y compraba kotex, es decir, que no había pasado la menopausia.
   En una carta que encontré de ella, dirigida a Paz Arrioja, le cuenta sobre mi persona, Victoria Sordo Arrioja. En ese tiempo era pequeña y vivía con ella. Le cuenta que era una niña muy despierta, que conocía por su nombre los personajes de los monitos del periódico (las caricaturas que aparecían en el Excèlsior los domingos), que me gustaba cantar y que era graciosa para cantar y bailar agarrando el borde de mi vestido. Que a ella le decía mamá y que en la calle la gente pensaba que yo era su hija.     Que mi único  problema era el estreñimiento, pero que me hacían un puré de manzana con ciruela según una receta de la Nona. Que le iba a entregar buenas cuentas al regreso de Paz Arrioja, con una niña sana y feliz, el único problema era que se le iba a partir el corazón y que se iba a morir.
   Así lo hizo, el 16 de diciembre de 1949. Ésta Victoria Sordo tenía entonces 6 años.
Eduardo Arrioja Izunza murió tres años después, por un atropellamiento en la avenida Chapultepec, sobre eso escribí un cuento que se llama: La muerte del abuelo.
Esto es lo que me cuenta la leyenda y lo que yo analizo.


Anexo.
Manuscrito encontrado en una libreta.
Autobiografía Paz Arrioja (1916-2002)

Nació en la Ciudad de México en una época en la que el cielo era de un azul purísimo y el aire limpio, sin un tráfico demasiado denso, en el seno de una familia burguesa de la clase media, formada por tres hermanos, dos mujeres y un hombre, Ma. de la Paz (tachado) Carolina era una niña despierta y alegre, de grandes ojos castaños poblados de largas y rizadas pestañas, nariz pequeña y fina boca de labios regordetes, pronta a la risa, enseñando unos dientes blancos y parejos; alta y esbelta con largas y finas manos, el pelo negrísimo destacando sobre la blancura de la piel. Su mayor encanto residía en sus ojos luminosos que hablaban de lo que tenía dentro en ese momento, sin que pudiera evitarlo.
Su padre era un político de altos vuelos, esbelto y bien parecido, también de grandes ojos y pelo negro. Padre consentidor para los hijos pero pésimo marido por su debilidad por las mujeres de mala nota y bares elegantes que frecuentaba en compañía de sus muchos amigos de la política.
La madre era una hermosa mujer trece años menor que su marido, alta, blanca y rubia con bellos ojos verdes, con un carácter suave y dulce; enamorada de su marido sufría cuando éste no llegaba sino a altas horas de la noche, o no se aparecía por la casa en varios días, llegando después cargado de golosinas y diciendo que había tenido que ir a una comisión a Toluca o a algún otro sitio más alejado de la capital.
Esta situación familiar inestable no apagó la alegría de vivir de Carolina, la que a los ocho años su madre, que era veinte años mayor, tuvo que enterarse que ésta tenía un amante, porque su madre la llevaba a cenar y al cine (algo tachado aquí) con él, tratando así de cubrir la situación, con la niña junto, por si alguna persona conocida las veía en los diferentes lugares que frecuentaban.
Carolina, con su espontaneidad, y un deseo innato y profundo de amar y ser amada, sin conocerlo aún, pronto sintió cariño por ese hombre bien vestido y que olía bien y era afectuoso con ella. Además de que se divertía con la sensación de que su madre la prefería a ella como compañía en lugar de a sus hermanos.
Pasaron dos o tres años en esa situación, hasta que ésta empezó a ponerse tensa y a que el padre a pesar del poco tiempo que pasaba en el hogar, empezó a tener sospechas.
Las recriminaciones y disgustos menudearon y a Carolina la afectaban porque quería mucho a sus padres. Empezó a sentirse triste y retraída, a veces buscando un lugar solitario sentía encogérsele el corazón y grandes lagrimones apagaban la luminosidad de sus ojos. Sentía temor, miedo de algo intangible que pudiera destruir su seguridad. Siempre fue hondamente imaginativa, cuando se acercaba el día de su Primera Comunión solía subirse a la azotea de la casa y veía palpablemente a Cristo que se le acercaba y le hablaba, se quedaba arrobada y tardaba mucho tiempo en bajar hasta que la volvían a la realidad las voces de su madre o de las sirvientas llamándola a cenar o a hacer sus deberes escolares.
Los momentos de temor pasaban pronto y sus angustias y penas se borraban inventando múltiples juegos entre sus muchos amiguitos que formaban una pandilla en la que siempre sobresalía por su entusiasmo de vivir.
Estando su hogar tambaleante tuvo la encontrar uno estable en la casa de su madrina, tía suya (paterna), que la quiso mucho y a la que Carolina adoraba. Todos los viernes, a la salida de la escuela, llena de entusiasmo arreglaba una maletita con muy pocas cosas para pasar el fin de semana en casa de su tía. La llevaba una costurera buena y amable que cosía dos días a la semana en su casa y tenía un cuarto permanente en casa de su tía “Esther”, esta maravillosa mujer, serena, amable y caritativa, hizo honda huella en Carolina para el resto de su vida; en su casa se respiraba amor, paz y tranquilidad. Tenía tres hijos que crecían con una gran estabilidad emocional y un marido que, a diferencia de su padre, todas las noches a las siete en punto metía el auto de regreso de su trabajo. La tía se ponía a tejer y el marido a leer el periódico  mientras los chicos hacían su tarea de la escuela y las sirvientas preparaban la cena.
En esa casa no había jamás disgustos porque la tía siempre estaba pendiente de complacer a los suyos, de los que formaba parte Carolina esos fines de semana.
La enseñó con gran paciencia a tejer, a coser y bordar, siempre serena y bondadosa. Carolina como una esponja absorbía ese ambiente y se sentía saturada de felicidad, para que la vida tenga una elevada y honda calidad. No obstante, añorar los fines de semana, tenía el don maravilloso de acoplarse a diferentes ambientes, dándose toda ella (si fuéramos a creer en la astrología diríamos que podía integrarse completamente, por haber nacido bajo el signo de Piscis, los Peces) y también regresaba con gusto a su familia, sus amigos y su escuela.
La situación de su casa no cambió: el padre pasaba temporadas fuera y todo se tranquilizaba, poniéndose tenso nuevamente a su regreso, lo que inquietaba grandemente a la niña, sin que ello abatiera su pujente juventud.
En la casa no se hablaba de divorcio, ya que hubiera sido muy mal visto en su medio social, las mujeres divorciadas eran estigmatizadas por la sociedad, lo mismo que los hijos, por lo que muchas parejas, a pesar de no existir ya el amor, seguían atrapadas en un matrimonio sin ilusión y sin satisfacciones. Pasaron los años y Carolina se fue convirtiendo en una atractiva mujer en la que chispeaba en sus ojos la alegría de vivir. Cosa natural, tuvo muchos enamorados que le enviaban flores y regalos y le llevaban serenatas bajo los balcones de una grande y hermosa casa que su padre había comprado en una elegante colonia.
Así conoció a varios hombres que más adelante tendrían gran significación en su vida, entre ellos el que sería su marido y padre de sus hijos.
Como era inquieta y alegre le gustaban las fiestas y éstas se menudeaban (sic) con el apoyo de su padre, que contrataba los músicos y contribuía económicamente a los gastos. Muchos matrimonios de hombres que después tendrían fama y fortuna se iniciaron e esas  reuniones.
Sus hermanos y ella proseguían sus estudios en buenas escuelas adonde aprendieron primordialmente a hablar el inglés.
Carolina tenía grandes deseos de entrar, con el tiempo, a la Facultad de Filosofía y Letras ya que desde niña le gustó mucho la lectura y sobre todo le interesaba el conocimiento de hombre en sí. Leía cuanto libro caía en sus mano, desde cuentos infantiles, de aventuras, hasta libros prohibidos por sus padres y que ella sacaba a escondidas de la biblioteca y se los llevaba a un rincón de la azotea.
Así leyó desde casi niña a Máximo Gorki, Dostoievsky, Tolstoi, Archivachev del que le fascinó Zanim (la historia de un joven sentimental e idealista que era un anarquista furibundo); pasando por los clásicos españoles y filósofos griegos. Esta fascinación por la lectura no había de abandonarla nunca.
No llegó a entrar a la Facultad de Filosofía y Letras ya que antes de cumplir los 17 años conoció a (tachado) Armando, con el que habría de casarse.
Este era apuesto y varonil, fuerte físicamente pero sobre todo tenía una gran cualidad humana, tierno y amable con Carolina, apasionadamente enamorado, era asimismo bueno para los demás.
(Aquí termina el manuscrito)

Notas de la tía metiche:
El abuelo materno tenía muchas cualidades, pero nunca fue político de altos vuelos ni nunca tuvo una casa grande y hermosa en una de las mejores colonias.
Vivieron siempre en casas o departamentos rentados. Eran de mediana calidad. Hay una foto de la abuelita con un perro en una casa que está al fondo de un patio, que compartía con otras casas. El patio se ve sencillo y sin pretensiones.
De niña vivió en la calle de Turín en la colonia Juárez, cerca de un mercado (hoy estación Chapultepec del Metro). Luego en la calle de Yucatán en la colonia Roma. Después se fueron a vivir  a una casa rentada en la ciudad de Tehuacán, Puebla. De regreso vivieron en un departamento (interior) sobre paseo de la Reforma.

Era un edificio de clase media. 

Banalités Apollinaire/Poulenc


Algunas  veces la oscuridad más tenebrosa da a luz la claridad, de la sangre derramada surge la rosa más exquisita  y en el abismo de la destrucción se alza el árbol renovado del  universo.
    Es así como el horror de dos grande guerras enlazó a un par de hombres magnos en inspiración y los volcó en la confección de un arte capaz de capturar la belleza sollozante que suspiraba la cotidianeidad, dando vida a la poesía y la música que conforman “Banalités”, o  banalidades.
    El corazón roto es semillero de poesía y la hortaliza más fina fue cultivada por Apollinaire, quien cambiaría el rumbo de ésta a principios del siglo XX.  Amante de París, la ciudad natal de Poulenc, fue defensor del cubismo y el primero en utilizar la palabra surrealismo  para definir la corriente artística que apenas nacía en aquél momento. Podemos leer una de las primeras aplicaciones del término en el prefacio de su nombrado drama surrealista de 1917 “Las tetas de Tiresias”:

Cuando el hombre quiso imitar la acción de andar, creó la rueda, que no se parece a una pierna. Del mismo modo ha creado, inconscientemente, el surrealismo... Después de todo, el escenario no se parece a la vida que representa más que una rueda a una pierna.

Apollinaire falleció debido a heridas sufridas durante la primera guerra mundial, sin embargo, Francis Poulenc llegó a conocerle en un par de ocasiones y recordó hasta el fin de sus días, la cadencia del  discurso de aquel formidable poeta.
    El primer ciclo de canciones compuesto por Poulenc tomó poesía de Apollinaire, pero Banalités fue creado hasta 1940, en uno de los momentos más crudos de la Segunda Guerra Mundial:  El 14 de junio de ese año, las tropas alemanas entraron triunfalmente a París sin encontrar resistencia. A lo largo de toda Francia los prisioneros franceses sumaban cientos de miles. Fué en la devastación de su ciudad natal que regresaron a su mente los poemas Viaje a París, Sollozos, Hotel, Canción de Orkenise y Pantanos de Valonia, que con versos como:

La vida se tuerce

En árboles fuertes,
Nudosos.
La vida muerde
A la muerte
Con fuertes dientes
Cuando gime el viento.”


 Le inspiraron a componer la música de Banalités.
    No hay nada que parezca más banal que hacer arte durante una crisis y sin embargo, no existe ninguna otra cosa que pueda marcarla, sobrevivirla y crear permanencia.
    Algunas veces del dolor nace la belleza y este ciclo cobró vida describiendo de forma delicada el corazón agrietado de un País, de una humanidad malherida y resquebrajada por la guerra,  tal como el que late hoy dolorido en nuestro precioso México.


   

Espirales



Mis brazos largos, como alas fracturadas, abrazan el viento inhabitado, las caras de nadie que son sólo tuyas, los giros del tiempo, de laberintos y calles-caracolas en que te busco y te encuentro inexistente.
Danzo hélice hasta marearme en tu repulsa, ruedo cuesta abajo persiguiendo tu fantasma, atrapo su estela en curvas y senderos que nunca has transitado. Me filtro en los resquicios de las sombras, anido en remolinos y rizos, en la sal de un poema  graffiteado sobre el iris de tus ojos, donde todo es círculo quebradizo, jeroglífico jamás codificado.

Desvanecida sobre el hielo, sedienta, me hundo por ahogar las ganas de haber sido tuya: el ruiseñor que cantaría eternamente, penetrando la noche que desagua en la espiral de tu oreja. No este pájaro torcido, muerto en la quietud del invierno.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Nunca Jamás



Voy a tejerme un manto con tu barba,
con los hilos sueltos de pesares naufragados,
con la algas de tu cripta muy adentro
de mis ojos pálidos por el embrujo.
Nunca más diré tu nombre.
Te perderé entre las olas, revolcado por la arena
y guardaré tu haber sin más hubiera
en el templo de arrecife que sepulta los recuerdos.
Eres lo que has sido…
Fantasma, no eres más bello que el calvario ni más mío que el canto de las aves.
Serás siempre mi sombra errante,
el primero de mis vuelos.

Mi nunca jamás.

Espejo



Génesis

I
Antes que todo fue el espejo
y la nada, al verse reflejada fue todo,
y se hizo la luz al otro lado del espejo.
Luego se creó la muerte y su reflejo fue vida.
La muerte robaría el todo para convertirlo en nada,
la vida eyacularía en la nada para transformarla en todo.
El espejo es dador de vida y la muerte no puede tocarlo.

II
El mundo se crea al otro lado del espejo,
En el espacio que no conmueve la mirada,
Donde el sol no atraviesa
Y los dedos se tocan sin sentirse entre ellos.

III
El reflejo no descansa al séptimo día,
nunca duerme.
Nunca lo verás con los ojos cerrados.


Apocalipsis

IV
No sólo los gatos pueden atravesar el espejo,
También lo hizo Narciso mientras se ahogaba.

V
El espejo se enamora del ciego
Y el ciego del eco: Reflejo de su voz.

VI
En el final de los tiempos,
Todos seremos ciegos.
El todo y la nada serán uno mismo.
Se romperá el espejo y sólo
quedará el eco de su desplome.


Al poeta que no escribe




La centésima fuga de un alma desesperada
Sortea en un suspiro el hilo de humo ensortijado.
Vuela que vuela al látigo indomable de un fulgor profundo
Incrustado en la laguna donde el cielo se hunde.
Ensimismado el poeta, pierde el lápiz
Y se pierde en la poesía de su propia vida…
Donde grises los otoños envuelven sus soledades

Y en los veranos calurosos se sudan los amores.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Tiempo





País de las maravillas,
Llegué a ti en la juventud con ansias de crecer y me perdí, persiguiendo al tiempo mismo encarnado en un conejo.
Nunca jamás,
Pude perderme entre tus olas queriendo ser joven para siempre y envejecí devorada por el mismo tiempo encarnado en cocodrilo.
País de las maravillas,
De la sonrisa del gato al sombrerero loco, nunca había soñado vivir entre sueños…
Pero soñarte fue vivir, aunque al despertar ya nada fue lo mismo.
Nunca jamás,
De las sirenas a los niños perdidos,  había soñado vivir sin sueños…
Pero despertar fue morir al sueño y al dormir ya nada fue lo mismo.
País de las maravillas, mi nunca jamás…
Desperté soñando y soñé despierta sin saber que entre uno y otro no existen fronteras, quien ama sueña, quien sueña vive, quien vive muere…
Fuiste todo y nada, promesa y arrebato, país de las maravillas y nunca jamás.

  

Sugestión




Regreso a casa a las 10:30 PM.
Desde que entré tuve una mala espina viendo la calle más oscura que nunca. Entro y no hay luz.
Justo el fin de semana pasado se metieron a casa de los vecinos y tuve una charla con mi esposo sobre cerrar con doble llave las puertas.
Es una estupidez, pero no veo nada y cuando busco el teléfono para hacerle una llamada, cero batería.
"Puta madre" pensé.  Hoy que está en el DF y me acaba de decir que se viene en el último camión. ¿Por qué no otro día?
Camino unos pasos  intentando cerciorarme de que no haya nadie adentro. En el primer cajón busqué un arma, o una vela, pero no hay cerillas, ni objetos punzo-cortantes que utilizar.
Afuera se oyen ruidos y lo que otro día me pudiera sonar como la caída de hojas secas, hoy me suena a un tipo encerrado en mi patio trasero, sin poder entrar a la casa y sin poder salir.
Todo tiene doble llave. Este lugar, más que casa, parece una fortaleza. La señora que vivió aquí antes de mí debió ser igual de paranóica de lo que soy en este momento. Tres cerrojos en cada puerta, ventanas enrejadas… difícil entrar, pero creo que peor salir.
No se ve nada. Me acerco a la cocina con un poco de sospecha y notándola vacía, entro por el encendedor  que está junto a la estufa. Lo prendo tres veces y apenas da chispa. Me acerco al imán donde pego los cuchillos y sólo hay uno, seguramente estará el resto en la tarja, esperando por ser lavado. Tengo la esperanza de portar el cebollero con buena punta, pero al encender la primera vela aromática de la sala (son las más grandes y que están más a la mano) me doy cuenta de que traigo el de pan, bueno para rebanar, pero no para clavar.
Tomo una vela y me aventuro al pasillo. Reviso el baño, la regadera y todo como lo había dejado. Avanzo y cierro con llave el estudio, la recámara. El único cuarto sin llave es el estudio de  mi esposo y abro con la vela por delante y el cuchillo de pan en la otra mano. Ese cuarto es un museo de armas. Mi esposo colecciona cuchillos, hachas y espadas de todos los lugares a los que ha viajado y yo tomo mi hacha, la única que es verdaderamente mía y con la que he jugado a imaginar que corto cabezas. Quizás no tenga tanto filo de todos modos, pero está a mi alcance, no como el machete que reconozco más filoso, pero me queda muy alto. 
Checo que no falte ninguna otra de las armas y me agacho a buscar la linterna. Enorme objeto amarillo con gran alcance luminoso y la pinche cosa no tiene carga, la checo una vez más y nada. Intento ver entre las cajas y bolsas de herramientas, pero la vela no descubre mucho. No encuentro ni pinzas, ni fusibles, ni linternas. ¿Algo podría salir peor? Claro que con pinzas y linterna me aventuraría a salir al patio trasero. Me puse el hacha en la espalda, como en las películas y salí con mi vela nuevamente. Más ruido.  Las sombras de mis gatas proyectadas en el techo con la luz de velas se ve escalofriante. 
Me siento en el sillón y me prendo un cigarro. Fumo y enciendo la laptop en busca de Wi-fi quizá si hay una red abierta a la redonda, podría enviar un mensaje vía Facebook a mi esposo y él llamaría a mi suegra para que pase por mí. Atrás está más oscuro ahora que he encendido las velas. 
Temo que alguien me mire por la ventana sin que yo pueda verlo. Pinches slashers, lo que le hacen a uno. Maldigo a Wes Craven y las odiosas películas de Scream que no te dejan leer un pinche libro y disfrutar las sombras como se hacía un siglo atrás.

Tiembla la ventana y yo escribo esto en lugar de huir
a llamar a mi esposo desde un teléfono público. Temo voltear.

Halloween



Hoy  Halloween, amanecí sin miedo a la muerte, pues ya estaba muerta.
Mi cuerpo zombie caminó por las calles de Cuernavaca. Al mirar el espesor del tránsito, los  niños  y sus padres hacinándose  en las puertas de una escuela, los sesos restantes comprendieron que eran las nueve en punto y el cuerpo inanimado corrió Cuauhtemóc de bajada hasta la Vecindad, pues iba tarde para el ensayo de Coro. Subió desbocado las escaleras, robó un sorbo de café a Omar, saludó a Vero, ocupó su lugar, abrió las partituras del Requiem de Fauré, cantó, mientras mi fantasma se deslizaba tranquilo, reuniéndose con el cuerpo unos minutos más tarde. Incapaz de  ascender a los cielos o refundirse en los infiernos del todo, decidió vagar por los alrededores del salón, jugando bromas pesadas a quien pudiera. Algo  harta de este mundo,  me recosté sobre el clavi (quizás causando un malévolo cluster de órgano eléctrico) en espera del auténtico sueño eterno, pero no habían señales de divinidad. Sentí algo extraño al concluir “In paradisum” y no tenía que ver con los desfases de ritmo. Fue un encuentro: Mi cuerpo y mi alma se miraron de lejos con el trágico dulzor de la despedida. El ánima turbia comenzó a disolverse y justo antes de abandonar por siempre este espacio y enfrentar su juicio, le fue negado el descanso eterno:  

Hay  que volver a la Tierra, ya falta poco para el día de muertos.

Amar da alas ingrávidas que te permiten tocar el sol, pero como el vuelo de Ícaro, también suponen la caída. Amar es un parto continuo, doloroso y alegre, una llaga placentera.

Predador


I

El caimán no es responsable de su naturaleza predadora, como el ciervo de sus cuernos o la mariposa de su liviandad; cada cual cumple el papel que le corresponde y ninguno se queja de su suerte.

II

El amor es una desmesura, un río desbordado que arrasa con lo que toca a su paso. No una llama estable y constante que apenas alumbra. El amor es predador  y ¿quién pudiera juzgar al caimán por su naturaleza? El amor lo devora todo  hasta los huesos, roba el habla, el aliento, es una pequeña muerte que tiene en sí misma la semilla de todo renacimiento. Arrasa con todo y sin embargo, deja el campo abonado con sus cenizas, porque el amor se acaba, pero vuelve a nacer de sí mismo, como la brasa que parece apagada se enciende al tacto de la ráfaga.

La noche estrecha




Al principio, la noche era amplia y todo cabía en ella. Brillaban las constelaciones como pecas sobre el lomo celeste y la luna (cual mandarina en gajos), algunas veces se mostraba sonriente, y otras, alumbrando como faro el horizonte dispersaba su reflejo sobre las aguas quietas de las fuentes y los lagos.  El viento silbaba entre los juncos, enredaba el cabello de los enamorados y endulzaba sus oídos con susurros. Las miradas ávidas se interceptaban en las veredas, iluminándose recíprocamente, pintando las mejillas de rubores.
 Millones de amantes se enlazaban en la penumbra, entre los matorrales, bajo los sauces y las estrellas, cayendo rendidos ante el poderoso influjo nocturno; pero Julián y Julieta parecían inmunes a la trama de constelaciones. Caminaban tan disgregados, ensimismados en universos tan disímiles, que ni mil casualidades habían podido reunirlos. Su concepción estética de la belleza empañaba sus ojos, y jamás les hubiera permitido mirarse.
El viento había soplado en sus oídos tantas veces sin que lo notaran, que el céfiro mismo se había dado por vencido, y los grillos ya no entonaban sus arrullos al andar de los ignorados. Bastó tal afrenta para que la noche se planteara un reto y conspirara a favor de su encuentro.
Resolvió entonces hacerse estrecha: no encerró en su vientre los susurros del aire, las pecas del cielo, los gajos de la luna o su reflejo. Fue tan inmenso el silencio en su entorno, que sólo pudieron escuchar sus latidos. La noche se volvió tan oscura, que no cupo entre ellos la apariencia y sólo se miraron con las manos. Fue así como se encontraron entre ellos y a sí mismos, rendidos ante el profundo encanto nocturno.

Por ellos, la noche se hizo estrecha, y se volvió tan enjuta, que en su útero no cupo nada más que uno y otro, a oscuras y en silencio.  Nueve días después, volvió a ensancharse, pariendo un nuevo tipo de amor, forzando al infinito a  encontrar líneas paralelas en el infinito.

La noche de San Juan



Era la noche de San Juan y corría un viento fresco que erizaba mi piel. Aún no eran las doce y el pueblo estaba callado, se guardaba bajo la penumbra, pero entre los ruidos del silencio cobraban vida  las bendiciones y maldiciones de una noche como esa.
Ariadna, mi mejor amiga,  iba conmigo y, al ver mi piel estremecida, me prestó su suéter. Hacía años que no me paraba por ahí, todo era distinto a lo que vieron mis ojos de niña. La luna llena resplandecía sobre mi cabeza como una aureola y me seguía camino al pozo de la antigua hacienda.
            Ya nos habíamos sentado bajo la higuera para aprender a tocar la guitarra, habíamos recorrido la pradera con esperanza de encontrarnos un gato o ver florecer una yerbabuena, pero faltaba lo más importante: justo a la media noche debíamos lavarnos las manos y el pelo para permanecer jóvenes y bellas por siempre.  
Mi bisabuelo había abierto el pozo para el uso comunitario, apoyando al pueblo en un periodo de sequía, pero según contaban mis tías, el agua de ahí había ocasionado muchas desgracias y mientras caminábamos hacia el pozo aproveché para contarle a Ariadna la leyenda completa:
-Una noche de San Juan, hace muchos años, una muchacha del pueblo llamada Casandra se tiró dentro del pozo al descubrir que su marido la engañaba con la costurera de la región. Al parecer, Casandra  era una especie de vidente que podía adivinar muchas cosas con los ojos de la intuición, pero el amor la cegó, impidiéndole ver lo único que era evidente para el ojo común.  No murió de inmediato, sino quedó flotando dolorida, por lo que dio peso de piedra a sus dolores y con sus lágrimas elevó el nivel del agua hasta lograr ahogarse.
-¡Qué horror!
-Espera, falta lo bueno. El pozo  es tan oscuro que es imposible percibir el fondo, así que su cuerpo quedó sin descubrirse  por varios meses, en que la gente usó el agua para la siembra, para dar de beber a los animales y beber ella misma. El agua envenenada mató la siembra, a los animales y sumergió en una extraña tristeza a todo aquel que la bebía.  Se dice que una vez, la costurera fue al pozo acompañada por un niño. La mujer bajó el cubo y al jalarlo se resbaló hacia adentro. El niño se asomó y escuchó una pequeña voz susurrando “Casandra” antes de apagarse bajo el agua. El pueblo completo fue a sacar el cuerpo de la recién caída, y fue así como descubrieron el otro.
Vi temor en los ojos de Ariadna, creí que la historia causaba su efecto y me reí un poco de ella. Cuando mi abuela me la contó, yo no pude dormir por varias noches, pero ver ese temor de niña en mi buena amiga me causaba gracia. 
-       Esto es sólo una historia o ¿estás tratando de decirme algo? – Dijo Ariadna perturbada.
Yo no entendí su pregunta y haciendo un gesto de extrañeza continué mi narrativa.
- Luego un antiguo pretendiente de la adivina, bien enterado de la tragedia,  fue a sacar agua del pozo. Era una de esas raras noches de luna menguante, en que, justo sobre el agua se reflejaba una sonrisa.  Al asomarse a jalar la cubeta vio una sombra moverse y preguntó asustado “¿Casandra?” y Casandra respondió: “Voy a decirte cosas que no quieres oír pero bien deberías saber. Aquellos socios en quienes tanto confías se aprovechan de ti, están escondiendo las verdaderas ganancias en un costal de papas. Vete, y haz lo que debes hacer”. ¡Mira, ya estamos aquí, es ese de ahí arriba!  Desde entonces, mucha gente viene al pozo a pedir su consejo, creo que mi abuela lo hacía constantemente. Sólo hay que susurrar “Casandra” mirando hacia abajo y se supone que si estás abierto a la magia, te contesta.
- Oye, y ¿no hay otro lugar en que podamos lavarnos?, la verdad no me gusta la idea de este pozo, ¿qué tal si en vez de bonitas nos ponemos tristes?
- No, no hay otro lugar cerca, además ya sólo faltan un par de minutos para la media noche y el hechizo no resultaría.
Saqué un cubo de agua sin mucha dificultad, como vi a mi madre hacerlo tantas veces, y las dos nos lavamos las manos y el cabello. Nos reímos en complicidad.
- ¡Ahora seremos jóvenes y bonitas por mucho tiempo! Vámonos hacia la higuera, que si volteamos hacia la luna y luego la miramos, la veremos florecer.
- No, ¿no te da curiosidad lo de Casandra? Si esta noche se abren las puertas al otro lado del espejo, seguro ahí estará esta mujer.
- No, la verdad es que me da miedo.
- No seas miedosa, inventé eso de que se había tirado en la noche de San Juan para asustarte, pero en realidad se pudo haber tirado cualquier día.
- Pues lo lograste.
- Ah, no pasa nada.
- Bueno, lo hacemos, pero vas tú primero.
Me acerqué y de pronto una ansiedad se apoderó de mi mente. Me vi al borde del  pozo y no quería mirarlo, trataba de resistirme al vértigo malsano. Cuando por fin me atreví a mirar, sentí mi alma caer una y otra vez, aún cae eternamente sin tocar jamás el agua, sólo la oscuridad.
Con la voz temblorosa susurré, esperanzada en que nadie contestara:
- Casandra… - pero una voz dulce, envuelta en un eco misterioso me dijo:
- Voy a decirte cosas que no quieres oír, pero bien deberías saber: Aquella amiga en quien tanto confías se aprovecha de ti. Tiene amoríos con tu prometido.  Tú le has contado todo acerca de él y sabiendo esto, ella lo ha buscado y usado tus confidencias contra ti. Ve y has lo que tienes que hacer.
Me incorporé temblando, sin poder creer lo que había escuchado.
-          ¿Qué pasó?, ¿La escuchaste?
Me tomo un momento responder.
-          No, no pasó nada. ¿Por qué no lo intentas tú?
Pobre Ariadna, seguramente, las últimas palabras que llegó  a escuchar fueron: “Voy a decirte cosas que no quieres oír, pero bien deberías saber. Aquella amiga a quien crees tener engañada, está a punto de empujarte a la muerte.”

Como recuerdo de esa noche, sólo me queda un suéter.

martes, 18 de noviembre de 2014

Brújula


Sentados al lado uno de otro, me dijo que era una despedida. Había perdido la brújula persiguiendo el andar de una mujer nómada, infinita, cuyas extremidades se movían livianas sobre el viento.
Sentí un remolino en el pecho, pero lo entendí mejor que nadie. Mi norte estaba atrofiado, por varios meses sólo apuntaba hacia él.
Tras un cálido abrazo, se levantó de mi lado y se fue, ávido de tesoros.
¿La había perdido en verdad? Vi caer algo reluciente de su bolsillo y lo recogí. Sostuve su brújula preciosa entre mis manos y me quedé contemplándola un instante.
Fui tras él, intentando devolverla, pero se alejó demasiado pronto sin volver el rostro.
Entonces la guardé junto a la mía, como recuerdo de aquel marino que transitó, marcando su estela de espuma, sobre los mares de mi deseo.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Vamp


Llevaba meses buscando. Necesitaba toparme con él o cualquier otro habitante de la noche que interrumpiera mi letargo. No importaba lo que pasara, con tal que pasara algo, pues era el tedio endemoniado lo que me arrojaba bajo las estrellas o los puentes, entre las vías, al fondo de las callejas más obscuras esperando recuperar mi capacidad de asombro.
Hacía tiempo que no me acosaban dioses o demonios, destinos preconcebidos o la maldita suerte. Ya no creía en nada, ni siquiera en el vicio y la perversión humana, que al paso de tantas lunas no había podido rozarme. Nada parecía real, sino sólo el dolor, el placer y la muerte.
Recuerdo cuando era niña y vivía en completo asombro. Todo me sorprendía y en mis entrañas crecía un campo de flores, lleno de abejas y mariposas que revoloteaban sin cesar. No pude reconocer el momento en que se apagó aquel sol que brillaba nítido sobre mi rostro, el instante en que se desvaneció de mi alma el placer inocente de vivir.
Comenzaba a llover. Siempre me ha gustado la lluvia cuando se desliza como una jauría de dedos sobre mi cuerpo, pero era demasiado el frío y preferí regresar. Justo cuando iba a dar vuelta miré su figura hipnótica, delgada y larga bajo el umbral de una hostería abandonada.
Contuve el aliento un instante y me dispuse a observar con mayor detenimiento. Vestía de negro. El cabello enmarañado como la noche, le llegaba a los hombros y sus dedos pálidos acariciaban el rostro de un muchacho rubio de rasgos feminoides. Sus respiraciones se notaban agitadas.
Él sostuvo al joven por el cuello y comenzó a besarlo con una pasión extraordinaria. El muchacho rubio empezó a gemir y mecerse fuertemente contra él.
Una chispa se encendió en mis ojos mientras me ocultaba en la penumbra y él pareció cacharla en sus pupilas. Soltó el cuello del muchacho, que se desplomó como si no hubiera mas vida en el cuerpo que se estremecía hace unos segundos y se pasó un dedo por los labios. Caminé hacia él. Sus ojos me gritaban “huye” pero mi cuerpo se movía por inercia. Me abrazó y susurró sobre mi oído “voy a hacerte daño, lo odio, pero no puedo evitarlo.”
Acarició suavemente mi cuello, colaba sus dedos entre mis cabellos. Era obvio que se tentaba al dolor, pero siempre al final, cedía ante el impulso voraz.
Yo estaba dispuesta. Bastó un instante para saber que ese encuentro era todo lo que necesitaba, tanto el fin como el inicio de mi vida. Me enamoré de su danza sombría, de su rostro apagado por la muerte y la repulsión que sentía por sí mismo. En sus ojos se me revelaron dos eclipses y en sus labios la sangre de la presa.
Me sostuvo de la nuca y me levantó del piso como si no le costara ningún trabajo, todo mi cuerpo trepidaba, yo no tenía voluntad sobre él, mordió mi cuello y succionó el jugo de vida hasta la última gota, luego arrojó mi cuerpo al piso sobre un charco y continuó su camino entre tinieblas.
La muerte es el camino hacia el asombro.

Luna Vieja


- ¿Las sirenas sueñan?
- Claro.
- ¿Qué sueñas?
- Sueño con pasillos de alga transitados por peces dorados, sueño con los ojos que se encienden en la noche, con perlas, con barcos hundidos, con otras sirenas y marineros ahogados.

El hombre barbado yacía en la cama con una joven desnuda de cadera amplia y senos generosos, de cabellos largos y ondulados del color del bronce que parecían brillar alumbrados por la tenue luz de una vela. El barco se mecía cadencioso, del mismo modo que la hermosa mujer lo hiciera sobre su pene un momento atrás.

- ¿Has soñado conmigo?
- Muchas veces
- ¿Cómo me ves en tus sueños? – dijo con un tono insinuante, en espera del más erótico de los relatos.
- Te veo un poco más viejo, descendiendo hacia el arrecife rodeado de astillas y burbujas… Vas palideciendo de a poco hasta que tu piel se ve nacarada, brillante y saltan tus venas como bellos corales. Es un sueño recurrente, pero maravilloso.
Él tragó saliva de golpe.
- Te doy miedo.
- ¿Miedo? Los piratas damos pavor porque no conocemos tal cosa.
- ¿No temes morir como todos los hombres? Podría hundir tu barco si quisiera.
- Pero no quieres.
- No sé. Está en mi naturaleza.
- Y si encallo ¿me salvarías?
- No. – Dijo, con una sonrisa, posando sobre los suyos, esos ojos ingenuos, enormes y brillantes que sólo poseen las ensoñaciones.
- Y ¿yo no te doy miedo?
- Ningún hombre me da miedo.
- Si me dijeran que hay un diamante en tu garganta, podría cortarla sólo por averiguarlo
- No hay diamantes en mi garganta, quien te lo diga es un ingenuo.
- Quédate.
- No puedo.
- Quiero que seas mía… Quiero ser tuyo también.

Volvieron a enredarse entre las sábanas y por un momento no pudo distinguirse algún espacio entre sus cuerpos.
- No me olvides. No desaparezcas, que te estaré extrañando de aquí al final de los mares.
- Tú me olvidarás en un par de noches de alcohol y taberneras, pero las sirenas nunca olvidan, no te preocupes... Tengo que irme, es hora.
Él la cubrió con una sábana oscura y la cargó para que no la vieran los otros marinos. Se acercaron a estribor. De pronto sintió su transformación con asombro. La cola larga y plateada rasgó la sábana, resplandeciendo con las primeras luces del alba.
- Quiero secuestrarte, guardarte en mi camarote por siempre.
- No puedes, no te dejaría, y si lo hiciera, en unas horas estaría muerta.
- Vuelve, por favor.
- Volveré la próxima luna vieja.
La vio desvanecerse entre sus brazos y sintió una extrañeza sorprendente.
De pronto ella estaba en el agua mirando hacia arriba.
- Quizás esta noche sea luna vieja, no te olvides de cantar en la taberna.
- ¿Esta noche? – se sintió aún más desconcertado. - ¿Estoy soñando?
- Sí, pero es un sueño premonitorio.
- Entonces quédate siempre. No quiero despertar – la encontró de nuevo en la cama, enlazada entre sus brazos.
- Los sueños también terminan y está a punto de amanecer – cerró los ojos con pesar, derramando una lágrima verde.
- Mírame a los ojos. Me amas. No tienes que irte. Sólo bésame.
Y en la humedad de ese beso profundo, despertó el capitán sobresaltado, para encontrarse a solas en su camarote.
Desde entonces se le vería perderse entre cantos y copas cada noche de luna vieja, en busca de sirenas.

Lola yel pirata 1/2/3



“Era una hermosa mañana soleada pero de viento frío, tan frío que calaba hasta los huesos. No sólo era el viento, era una sensación de incertidumbre que permeaba la piel aún cuando todo a su alrededor parecía radiante.”
¡Pinche Lola! Hasta lo más jodido se vuelve poesía en su cabeza flotante y lo más tedioso es causa de exquisita reflexión. Te sigo leyendo: “así es el sol del invierno, picante, delicioso sobre el cuerpo exaltado y tembloroso de desvelo que no encuentra consuelo erizado en la ráfaga gélida que le acompaña...” O sea, ¡no mames!
La noche anterior (aunque sabía, sabía y no puede hacerse la inocente) Dolores tomó camino “al encuentro con un hombre tan enigmático como una esfinge envanecida en su acertijo...” Sí, estás en lo correcto, se refiere a un tipo fanfarrón, creído, narcisista… como los que le gustan. Pirata lo llamó (oiga usté esa mama…) por el piercing en la oreja y la pinta de ratero… que bien pudo robarle un par de sueños diría ella, blandiendo su espada de sonrisa frágil y empuñadura de versos, ja-ja,ja-ja, ja, ja. “De él no conocía nada más que su poder magnético”. O sea, le gustaba un chingo pero nunca hablaron más de dos palabras y aunque eran tan distintos, en la cabeza flotante de Lolita parecía “sinergia”… ¿No, no te suena?... Ok, replanteo: creía que se parecían. “Era ante todo un intrigante desconocido, atrevido…”, eso sí, ¿crees que la primera vez que tomaron un café la invitó a vivir con él, sin conocerla ni un poco? Atrevido y pendejo, ¿qué tal que Lola le hubiera dicho que sí? Y yo creo que de inicio le gustó porque Lola es mensa, pero buena, digo, está buena. “Un atractivo teatro de sombras” como esos en que tu papá hacía un ¿perrito?, que sólo distinguías con muy buena imaginación... ¿entiendes la metáfora? ¿no?... ok, algún día quizás.
“A su lado me sentía más revuelta que en el vértice del Maelström y él no daba pista para bien o para mal”. Esa Dolores, no podía decir nada más que estaba insegura… tenía que poner a prueba tu cultura y la mía esgrimiendo a Poe. Bueno, si no has leído ese cuento, es sobre un remolino, te va a gustar. “Podía ser profundamente enigmático…” o simplemente poco comunicativo y ya sabes, por algo dicen que la curiosidad… y déjame decirte que a Lola le encantan. Sin embargo, “una fuerza incontrolable”, como todas las que te llevan a caer en las peores pendejadas, “se apropió de mi cabeza y me arrastraba hacia él.” Y fue a verlo, aunque ya sabía, sabía y no puede hacerse la inocente; fue aunque recordaba las palabras de su madrina Hada, que al enterarse de la mala suerte que había tenido en los últimos años, le sugirió una limpia y la invitó a llamar en cualquier momento del día o noche si empezaba a pensar en “tonterías”. Y pobre Hada si la bruta de Lola le hubiera tomado la palabra, pues con una de diez que flotara en su cabecita, la madrina seguiría ocupada.
“¿Tonterías?” Obviamente Hada, la madrina, pensaba que la loca de Lola estaba al borde del suicidio… y hubiera sido natural pensar en eso después de tan mala racha, pero las nubes que adornaban su cabecita decían “amoour” porque “all you need is faith… all you need is faith, faith. Faith is all you need”. (Sé que me saqué a 30 seconds to Mars de la manga, pero no escuches mucho a los Beatles o te llenarán la cabeza de pendejadas: I am he, and you are me, and blahdada and we are all togeather… ¿eso qué?) La tonta idea de amor nuevo, fresco, puro, bello que empezaba a surgir con el tal “pirata” (no hay nada como el original) aunque lo sabía, sabía y no puede hacerse la inocente. Por algo el amor y la muerte aparecen siempre relacionados… ¿Teos y Tanatos? bueno algo por el estilo... aunque creo que eso más bien tiene que ver con el sexo… pero ese es otro tema: sexo vs. amor, sexo = amor… mucho, mucho rollo. Volviendo al amor y la muerte, hasta hay una película de Woody Allen con ese nombre “Amor y Muerte” (no de mis favoritas, por cierto, sale Hugh Jackman, no que Hugh Jackman esté nada mal). Y la pinche Lola con su cabeza flotante se preguntaba fingiendo ingenuidad para sí misma “¿será esto una de esas tonterías?” e incluso “Hay muchas formas de suicidio, ¿será esta una de ellas?”, ni quien se lo crea. Te juro wey, que ni ella se lo creyó. “¿Le hablaré, le hablaré a mi madrina ahora mismo?” Lo hubiera hecho, sólo por esa vez. Todo hubiera sido mejor… estar parada al borde de un puente hubiera sido más romántico y menos estúpido de lo que acabaría por hacer. Todo porque aquella necia fuerza le dictaba, y no cualquier tipo de necedad, terca la muy pendeja “¡No! Cualquier experiencia, ya sea bella o mordaz es una prueba de vida.” Prueba de vida mis huevos. Las pendejadas sólo prueban la pendejez.
Luego, aunque fuera por los signos debió dejar de flotar un poquito antes. Llegando al restorán argentino les tomaron la orden:

- Un vacío en su punto para compartir con la señorita.

Y bueno, estaban pasando las peores escenas de “El asesino dentro de mí” durante la cena. Alguna campanita debía sonar en su cabecita nebulosa.
Sentaditos uno al lado del otro sin por eso estar juntos, ciegos los dos, cada cual con su propia historia, cada cual con su objetivo oculto pero presupuesto… no podían ser más cliché. Cada uno en su discurso atropellado, interrumpido por la transmisión de la T.V. (escenas horribles, ¡tienes que creerme!, ver a Jessica Alba ser desfigurada a golpes… es algo traumático), ininteligible el uno para el otro.
Luego a la cama seca, de tacto temeroso, ¿profundo?, raro… ¿incomunicación?, ¿películas porno en la cabeza? ¿alguna de Alfred Hugecock? Esas son algo vintage… a mí me encantan tipo Harry Puter y el prisonero ¿Sacabán, Teatascabán?, ya no me acuerdo bien. ¿Películas religiosas, quizás? “La pasión de Cristo” ¡pinche Mel Gibson Gore!… ¿porno-religiosas? “El beso negro de Judas” con la participación especial de Jesus Fucking Christ… ¿falta de práctica?, ¿demasiadas expectativas?, ¿simples inseguridades? Yeah. We’ll – never – knooow... pero era cierto que encontrarían "ese frío-calor tan confuso, esa incertidumbre tan odiosa como soberana de lo que puede y no puede poseerse…" Luego vieron la última de Hannibal, ésa en la que no sale Anthony Hopkins (digo que todo iba mal) y pasaron “un sueño tortuoso”, sin contacto, sin abrazos… “raro para quien no acostumbra dormir solo, común para quien despacha a sus conquistas sin pasar la noche”. ¿Quién era quién?, ve tú a saber. Un baño de trámite a la mañana siguiente. Desayuno fuera: Vips. Todo, todo, todo mal.
Entre los hot cakes y el café, se le ocurrió a la tiernísima Dolores Del Aire, disparar como tema de sobremesa:

“Quiero verterme en ti. Puedo verterme entera, si puedo encontrar en ti un recipiente.”
Y al delinear esas palabras… que nadie dice en un ambiente tan trivial, vaya, que nadie dice nunca, ¿qué es esa mamada de verterse? ¿Por qué no ir con el más común y comprensible “enamorarse”? En fin, podía obviarse que estaba estúpidamente “vertida”, sin incentivo alguno, sin recipiente de sus pasiones... o sus pendejadas. ¡¿A quién se le ocurre pensar que hay algo de espíritu en la carne, man?! Es taaan mainstream. ¿Hipster yo? No wey, pinches hipsters ¡los odio!
Y obviamente él no esperaba ese balón, o al menos creyó que podía evadirlo. Parecía baleado por la pregunta, con el huevo a medio atragantar, ya no pirata, sino el zombi de un pirata que pasó en coma los últimos años de su vida, wey. Despertó desconcertado y sólo pudo preguntase:

- Em… Mh, mh, ¿se dice verterse o vertirse? Eje-je…

Ok, voy a decir que es una pregunta pendeja, no por lo que pensó Lola, que obviamente fue “¿escuchó una palabra de lo que le dije?” porque evidentemente la respuesta a esa otra pregunta pendeja es: ¡Sí, wey, escuchó U-NA palabra de lo que dijiste!: “verterme”. Pero eso no es el punto, sino que el doctísimo Sr. Lacónico/pirata/hipster/cabrón sobre todas las cosas “con K mayúscula”, estaba tratando de corregir la ortografía en una declaración amorosa “equivocadamente”. Take it bitch!
Como si lo anterior no hubiera sido suficiente cabronería para una vida y media, (y no te atrevas a corregirme, que si la palabra cabronería no existe, ya la inventó alguien en algún lugar de México… por cierto, otra película mh rara, pero divertida… sale Johnny Depp) aderezó su eminente respuesta con:

- Yo… no sé lo que siento.

¿Más cliché que eso?, ni “no eres tú, soy yo,” wey. Esaa… es la versión metrosexual de “estoy confundida”. Pero el pequeño huequito que dejó su estocada en el corazón de la estúpida de Lolita (estúpida de cariño) no fue suficiente, terminó el “a fondo” con… (ok, sorry, me emocioné con la esgrima):

- No siento nada.

Me acuerdo que para esta última afirmación Lola, un poco paralizada encontró tres posibles explicaciones: 1) es un zombi, 2) es un psicópata, 3) problema severo del sistema nervioso. Dos no sería raro, wey. Dolores ama a los psicópatas casi por defecto. Recuérdame al final de esta historia que te de una lista de características de la psicopatía que me encontré en la página del Discovery Channel y ten cuidado, están entre nosotros y son más de los que crees. Si te llegas a topar con uno, por favor… preséntaselo a Dolores. ¿Número uno? Zombi era algo más nuevo, pero igualmente emocionante, como en “Mi novio es un Zombi” o algo por el estilo. Personalmente prefiero a los vampiros u hombres lobo, pero urge aclarar: no a los de Crepúsculo, porque las paredes oyen, especialmente la cuarta (tú sabes, wey) y alguien podría estarme grabando en este instante… no quiero que se me malinterprete y corra por el twitter que soy fan de los Cullen... aunque la canción de la penúltima peli está súper corny, love it ¿No? “…I have died every day waiting for you. Darling don’t be afraid, I have loved you for a thousand years, love you for a thousand more…” Mh, ¿no te suena? Ash, ¡sal de tu caparazón de vez en cuando!
Ahora, tres: Problema severo del sistema nervioso. Seamos sinceros, eso sí es algo demasiado raro e inaceptable, que de probarse cierto, Lola tendría que excusarse de la siempre original manera: no eres tú, soy yo… reformulada a las circunstancias.
Yo, me voy más por el zombi, aunque bien podía ser un tipo X: lacónico/engreído/hipster/cabrón suena a un tipo X… o un zombi… ¿alien? Uh, ese estaría chido… y nadie en su sano juicio, podría haber esperado más de un zombi, o un tipo X para el caso.


De un alien sí se espera mucho más ¿o sea, cero telequinesis? ¡Por dios!, ¿de qué me estás hablando? Ok, dime si no era evidente. La teoría de tipo X tenía lógica, pero sonaba confuso en la mente flotante de Lola.
Mh… regresando a lo de alienígena. Esa nunca se le ocurrió a Dolores, pero hablo sólo por hablar. Seguro los aliens son más chidos... ya sabes, te abducen en Tepoztlán mientras estás fumando mota y esas cosas. Bueno, ¿en qué iba? Ah. Luego, al tiempo que el pirata volvía en sí tras la muerte y el largo periodo de coma, habló de sus ocupaciones (iconoclastas de ideas distintas al trabajo, a su importante trabajo). Habló de distancia-frontera de sus emociones, que tiempo atrás pareciera promesa (Seee, en la forma de hablar mamona se parecían un chingo). Se vio tan propio, que aunque Dolores captó el mensaje, y le escoció el intestino, su mente flotante lo tomó leve: “Sí, es muy difícil, ahora no puede… quizás después”.
… ¿Problema severo del sistema nervioso? A lo mejor, yo qué sé. El tipo X/antes pirata recibió instantáneamente un mensaje de texto, informándole que iba tarde para reponer una clase y tendría que acortar el desayuno. Psicópata no, me queda clarísimo, o hubiera usado la excusa de ir tarde para regresar las pelis como en American Psycho (esa película sí me gusta, la verdad y no, no he leído el libro).
“Por más que me aferraba a la magia del teatro, presencié el cambio entero de la escenografía y llovió entre mis pequeñas nubes. Un sí o un no hubieran sido suficientes, era todo lo que esperaba en realidad, pero hubieran sido igualmente inútiles.”
Drama, drama, drama queen. Aunque el dolor de Dolores dolía en el extremo superior izquierdo del hígado, (problemas gástricos, pobre, la neta) no le acabó de caer que no habían amores puros por nacer, que entre besos estuvo siempre sola, la profunda vacuidad del “vacío para compartir” y el trágico destino de ver junto a él sólo películas horrendas (suficiente para matar cualquier relación por más larga y más buena).
Lola, Lolita, de cabeza flotante aunque no tan hueca, sintió frío y la ráfaga le perteneció por un instante. Ya sé… lees algo y se te pega. “Me elevé, como tantas veces, de la tierra... perdida en mis pensamientos. Tonta, tontita pero no ingenua, sabia, sabía, sabía en el fondo, siempre lo supe y aposté por la experiencia. Quizás derramé una lágrima intramuscular y me dije -pendeja, no hubieras venido… le hubieras llamado al Hada madrina para que te frenara o al menos cerrado la bocota por seguir levitando- “(está bien, esas últimas son mis palabras, excepto…
levitando, esa sí dice aquí... bueno, te da una idea. Recordó entonces una frase de su poeta favorito (un tal Valdés de la Campa que sólo conocen en su casa): “Volar es ir de prisa hacia la muerte.”
A ver, efecto de eco, por favor, voy a repetir sólo una vez:

“Volar es ir de prisa hacia la muerte-erte-erte-erte.”

¿A poco no suena bonito, misterioso?, ¿eh? Y además tiene razón. Te dije que el amor y la muerte…, pero no me haces caso. Bueno… buena, dolida, dolorida Dolores guardó las nubes en su mochila, vació parcialmente de helio la cabeza y rió por reír, no tanto por lo cómico de la situación, que en realidad lo era, jajajaja, a mí me mata de risa, jajaja, tampoco por el golpe de helio que seguro la hizo hablar chistoso, jajaja ¡M-h, mh! (limpiando garganta) si no por lo mismo que te cagas de risa en las malas películas de terror, las que son innecesariamente, asquerosamente sangrientas… ¡Ay! ¿Tú no?, ¿No me digas que te asustan de verdad? ¿Sueñas feo? Jaja. Bueno, conozco a mucha gente que le hacen reír, quizás sí, estamos todos bien pinche enfermos. Yo digo que es normal, es un impulso que elimina la tensión, sólo eso.

Estaban entonces en el auto. No, no es otra versión del Zodiaco, ni un slasher, aunque en este punto que odias tanto a este pobre par de pendejos… quizás al zombi menos… (por identificación) sería agradable ver un machete entrando por la ventana y salpicando su sangre por todo el parabrisas… Esa bien podría ser una peli de viernes 13 o de Robert Rodríguez (y porque puedes tener la osadía de quedarte con cara de “?” al escuchar el nombre Robert Rodríguez te doy una pista: Machete, Sin City). Dah, he estado hablando de Lola en presente, por si no te has dado cuenta, lo que quiere decir que aún está viva y es más, ¡dios nos libre! podría existir una secuela.
El caso es que estaban frente a la estación “delineando ese adiós que si bien, era esperado en algún momento… no se sabía tan último” lo que demostraron inútiles mensajes de texto posteriores… ¡Demet bitches, tengan algo de dignidad, entiendan a la primera! Bueno, fue una corta y última despedida. Él estaba por emigrar a Cabo y ella se iría de puntitas a la chingada. Lugares cálidos los dos.
En la radio, el locutor comentaba:

- … Usted está escuchando lo mejor del jazz. El día de hoy, una hermosa mañana soleada pero de viento frío son las…
- ¿Eso qué…? “Una hermosa mañana soleada pero de viento frío…”
Lola pensaba del 1/2/3 que se sentaba al volante: “es un tipo muy elitista, con un sentido considerablemente crítico en todos los aspectos”
(dígase de pinche mamón, no puede dejar de viborear ni al tipo del radio) y trató de disolver la crítica por un instante:
- Es verdad, así son los días soleados del invierno. El sol es picante y el viento helado.
Pero el 2/3/1… no lo dejaría ir:
- Pero… como que no viene al caso decirlo en la radio.
Y Lola cabeza flotante, terca como ya sabes, tam-poco lo dejaría ir:
- Una hermosa mañana soleada pero de viento frío… me gusta. Podría ser el inicio de un cuento.

Y ya, me hartaron los dos, ¡carajo! Entonces llegó Leatherface con su moto-sierra y………… no los mató, te dije que no era un slasher.
Es una historia de amor. ¿De amor? ¿sexo? ¿Amor vs. Sexo? ¿Sexo = Amor? ¿Amor y muerte? I don’t know, man.
El caso es que Leatherface iba por ahí, matando a los hipsters en la nueva secuela de Masacre en Texas, cuando se decidió a tomar un Winter break y vacacionar en D.F. Justo bajaba del camión con su moto-sierra, cuando el dichoso auto que tocaba lo mejor del jazz, por poco lo atropella. Bastó una mirada entre el conductor y el casi atropellado para que los sentimientos amorosos florecieran como jazmines perfumados. Ahora viven en Baja. Tienen una casita con vista al mar y les gusta perseguir en su barquito a las ballenas. Adoptaron a un par de niñas güeritas y son una pareja… peculiar pero muy amorosa. Lola se enamoró de la moto-sierra y les ha dado mucho por eso de las labores comunitarias. Juntas han construido ya decenas de casas para los damnificados de huracanes e inundaciones. Pero es en invierno cuando se la pasan verdaderamente bomba. Celebran su aniversario cortando los arbolitos de navidad. Yo voy cada año a comprar el mío y me encanta verlas tan contentas. Ya ves, hasta los más mensos pueden reivindicarse.
Todos fueron felices para siempre. Ta-rán.
¿Te gusta? ¿No? Yo amo este final. Es mejor que el verdadero anyways.
Ash, ¿quieres el final tonto, el de verdad tonto?
Bueno… me recuerda a un par de películas de Woody Allen (Annie Hall y Celebrity con Keneth Branagh), hay este chiste que nunca me saco de la cabeza: La comida en este lugar es malísima… y viene en tan pequeñas porciones. Así es en las palabras de Lola: “Una hermosa mañana soleada pero de viento frío podría ser el principio de un cuento o el putísimo final de esta lamentablemente breve y estúpida historia.”