jueves, 27 de noviembre de 2014

Algunas leyendas de mi familia, recuperadas por mi tía Mariavic




Historia de la familia, (por María Victoria Sordo Arrioja)
Lunes, 18 de diciembre, 2000.

La historia de la familia. Para acabar pronto: esta era una familia de puros mitómanos, lo que contaban era cuento, así termina esta historia, tan tan.
   Esa es la primera versión. Pero considerando que todos los pueblos han sido mitómanos, y tal vez todas las familias, veamos la mitología de la rama femenina de la familia (curiosamente la rama femenina no tiene nombre, es anónima, porque cada generación cambia por el nombre del padre)

La versión revisada habla de lo siguiente:

Hacía la segunda mitad del siglo XIX  (por ahí de los años 1860, pa delante, cuando en México estaba por llegar Maximiliano y en EU se estaba gestando la Guerra Civil), 
   Este era un señor ingles de apellido Blagborne, trabajando, de todos los lugares posibles, en una embajada inglesa en Colombia.  Quienes quieren impulsar a la familia dicen que era el mismísimo embajador de Inglaterra, otras versiones más moderadas piensan que tal vez fue un funcionario de segundo o tercer nivel. Los pesimistas piensan que era el mozo.  Este hombre, ya de cierta edad, queda viudo y por tal razón dirige sus intereses hacia una bella joven de la sociedad colombiana, a la cual desposa. Las versiones moderadas y pesimistas dudan que tal unión se formalizara.
   El resultado de esta pareja es que nacen tres bellas hijas. La mayor de nombre Esther, las otras dos se llamaban Carola y Sara. No se sabe quien era la menor.
   Dice la leyenda que el señor Blagborne fallece y su mujer decide abandonar Colombia. Este hecho apoya la idea de que el hombre fuera influyente en Colombia (tal vez el propio embajador de Inglaterra) y de que no hubiera formalizado su unión con la colombiana, pues muriendo él, ella perdió su apoyo y no quedo con el estatus de viuda, que le hubiera permitido una vida holgada en su propia tierra. Hay que tener en cuenta que en esos tiempos la idea de irse a un país extranjero sin más ni más, era bastante riesgosa.
   La personalidad de ella debió ser por lo tanto, atrevida, osada, inteligente y dispuesta a enfrentar obstáculos. Es decir, la misma que se derivaría de una situación irregular en una sociedad conservadora.
   Además, al parecer, ella contaba con dinero. (La teoría de la concubina gana puntos).
  Viajó en barco con sus tres hijas, en edades juveniles y llego a México al puerto de Veracruz. (Existe una foto de una de las hijas, Sara, con pie de foto que dice Bogotá, Colombia, que la muestra a una edad de entre 15 y 20 años).
  Llego con un gran equipaje y causo asombro en la ciudad de Veracruz, pero por no ser el clima totalmente de su agrado, decidieron proseguir rumbo a la ciudad de México. En el camino conocieron la ciudad de Orizaba, que es una ciudad alta, vecina al pico de ese nombre, con clima templado y húmedo, que les agradó.
   Dice la leyenda que la madre decidió instalarse en Orizaba, y casar a sus hijas con los mejores partidos que había en ese momento en la ciudad.  Uno de ellos era un joven de apellido De la Llave, que era hijo de un señor de gran importancia en la ciudad y que seria gobernador de Veracruz durante el Porfiriato. La mayor, Esther, había casado ya con un inglés, aunque luego enviudo, ella pasó su luna de miel en Cuba cuando todavía era colonia española, antes de la guerra con EU que fue en 1879. (Se conservan algunos papeles sobre la tía Esther, porque ella falleció a una edad avanzada, 102 años creo). A Sara, que tal vez era la menor, la caso con el dueño de tres importantes haciendas de la región, Manuel Carrillo de Albornoz. Hay que recordar que antes de la revolución las haciendas mexicanas eran el principal núcleo de producción y de vida en las distintas regiones del país (además de las minas), y los conventos o  congregaciones manejadas por la iglesia, con grandes propiedades.
   La leyenda no cuenta que paso con la colombiana entonces, tal vez murió o se fue de Orizaba. Las dos hijas casadas con orizabeños tuvieron una triste historia.
   Carola de la Llave tuvo un hijo con problemas de salud desde pequeño.
   Cuenta la leyenda que se cayó de una cama alta y padeció las secuelas de la caída. De modo que la madre tenía que viajar para buscar médicos y atender a su pequeño, en el entretiempo el esposo se consiguió otra mujer y la dejó plantada. El hijo luego murió y Carola termino su vida en la ciudad de México, viviendo en Mixcoac una vida bastante miserable.
   Sara tuvo dos hijas, Sara y Elena, aunque las hijas gozaban de buena salud, el marido también se buscó otra mujer y en la práctica repudió a su esposa. Sara huyo con sus dos hijas a la ciudad de Puebla, buscando alternativas para su vida. Cuenta la leyenda que las disfrazó de inditas para que no las distinguieran en el tren, y llegó a vivir a Puebla con sus pequeñas. El padre no se quiso dejar tomar el pelo por su mujer, de modo que envío a unas personas a averiguar su paradero y a robar a las niñas para regresarlas a Orizaba. La leyenda cuenta que uno de los parientes del padre era un bizco que fue el que cumplió la orden con éxito, y se metió por una ventana a la casa de las niñas y las robó.
   Hasta la fecha, las hijas de mi Tía Maria Elena hablan del bizco, se quedó en la familia la leyenda de miedo de “ahí viene el bizco, que horrible”. (Dice Ma. Eugenia Sordo que la historia es diferente).
No se sabe qué hizo Sara Blagborne de Carrillo entonces. Se sabe que las niñas fueron llevadas a Orizaba y quedaron al cuidado de la abuela. El padre se unió a otra mujer y tuvo muchos hijos, al morir la abuela las niñas quedaron viviendo en una hacienda con poca vigilancia. El padre andaba en otra onda pues. La mayor de ellas Sara, quedó embarazada a los 14 años, tal vez de un trabajador de la hacienda.
   Tuvo un hijo y luego de eso la casaron con un señor Barrañon no muy distinguido, de la localidad, quien la aceptó con su hijo. Con este señor tuvo más hijos y luego se fue a vivir a Puebla, ahí todavía vive una prima lejana que se llama Gloria Barrañon. Más tarde algunos de sus hijos se fueron a vivir a California EU, de jardineros y al parecer el negocio de la jardinería les dejó fortuna. Yo encontré varios Baranon en Internet, en California.
  Dado lo que había pasado con Sara, con Elena tuvieron que tomar muchas precauciones, la mandaron a vivir a Puebla con unas parientes que la vigilaban mucho y la hacían llevar vida de monja. Es decir, de la iglesia al encierro y del encierro a la iglesia. A los 17 años, en uno de tantos viajes del encierro, etc., fue vista por un abogado de 29 años llamado Eduardo Arrioja Izunza, oriundo de Puebla que, según la leyenda, se enamoró de ella. La verdad es que Elena se salía del común de las jóvenes de su edad. Era muy alta, blanca, pecosa de ojos verdes y teñía una llamativa cabellera roja, que contra la luz parecía llamarada (la flor que abunda en Cuernavaca).
Su modo de conocerse y llevar un noviazgo, fue a través de cartas enrolladas a piedrecitas que arrojaba el galán para que llegaran al balcón de Elena. Algunas se habrán perdido. Ella le contestaba en la misma forma, con lo que dio paso a su espíritu soñador y le llamaba palabras en extremo cariñosas y hacía lindos planes con él, al parecer también le escribía románticos versos.
   Al año siguiente se casaron Elena Carrillo Blagborne y Eduardo Arrioja Izunza y se mudaron a la ciudad de México, donde él comenzó a trabajar en la política.
Lejos de realizar los sueños que ella había descrito en sus cartas, la vida con Eduardo fue muy decepcionante para Elena. Tuvieron cuatro hijos, la mayor Paz nacida en 1916, Eduardo en 1918, Elena en 1919 y Matilde en 1921.
   Su vida intima terminó en cuanto nació el último hijo, Elena tenía entonces 24 años (había nacido en 1897) y mantenía una enorme necesidad de afecto. Por otra parte, poseía gran belleza y vitalidad.
   Según la leyenda, es decir lo que cuenta Pacecita Arrioja, en esos años el padre se desaparecía en ocasiones por varios días, y tenían en la familia carencias e inestabilidad. El regreso del padre ocasionaba grandes peleas.
   Pacecita atestiguaba las peleas escondida, con el temor de que las cosas llegaran a mayores y se agredieran físicamente.
   Al mismo tiempo, cuando Pacecita era pequeña pero lo suficientemente madura para acompañar a su madre, Elena la llevaba a distintas visitas que realizaba, a costureras o a lugares en los que se tomaba simplemente un refresco. En esos lugares Elena se encontraba con otros hombres, los cuales le daban dinero.
   Cuando luego de ello Pacecita atestiguaba una nueva pelea, estaba segura de que su padre iba a matar a su mamá. Tal vez en su cabeza de niña había llegado a la conclusión de que su mamá merecía que la mataran.  Por esa época, de manera totalmente sorpresiva Elena encontró en la calle a una mujer que no conocía, pero que se acercó a ella con actitud dulce, le preguntó que si era Elena Carrillo Blagborne y ella le dijo que sí, entonces la mujer le dijo: Elena, yo soy tu mamá.
   A partir de entonces Elena incorporó a su vida un elemento que nunca había tenido, la relación con su madre. No se sabe si esta relación fue amorosa, o tal vez era una en que su madre solamente le pedía ayuda, pues se encontraba en situación bastante pobre.
   Con el tiempo las cosas siguieron mal, y Elena se armó de valor para dejar a Eduardo e irse a vivir con su madre.
   A ese punto su hijo estaba estudiando en la universidad en México y las hijas decidieron quedarse con el padre, con quien se fueron a vivir a la ciudad de Tehuacan, Puebla, en donde Eduardo Arrioja Izunza había sido nombrado juez y notario público.
Para ese entonces Paz Arrioja Carrillo era la novia de Fausto Sordo Castañares, quien venia de una familia española acomodada y muy conservadora. Con el tiempo fue el propio Fausto quien convenció a Elena para que regresara al lado de su familia. La razón que tuvo fue egoísta, por su calidad de hija de padres separados la familia Sordo Castañares no daba el permiso para la boda de Fausto con Paz.
   Elena seguía siendo muy guapa a sus cuarenta y tantos, Fausto comentaba que cuando paseaba por la calle con su novia, Paz, y su futura suegra le desconcertaba mucho que los piropos y las atenciones se las hicieran a su suegra.
   Entonces Eduardo Arrioja Izunza había sido nombrado magistrado de la Suprema Corte de Justicia, en la ciudad de México, un puesto de prestigio y con un sueldo bueno. Ello les permitió instalarse en el Paseo de la Reforma, en un edificio decente, de donde salieron todos sus hijos para casarse.
   Paz se casó en 1941, Eduardo en 1943, Matilde y Elena en 1948. Al año siguiente, en diciembre de 1949 falleció Elena, por una embolia a consecuencia de una intervención, padecía cáncer en el colon. Tenía 52 años.
   Cuentan de ella que le gustaban los perros, que era de carácter dulce, que cocinaba muy bien, que escribía versos. Según una libreta de notas, asistía a clase de gimnasia y compraba kotex, es decir, que no había pasado la menopausia.
   En una carta que encontré de ella, dirigida a Paz Arrioja, le cuenta sobre mi persona, Victoria Sordo Arrioja. En ese tiempo era pequeña y vivía con ella. Le cuenta que era una niña muy despierta, que conocía por su nombre los personajes de los monitos del periódico (las caricaturas que aparecían en el Excèlsior los domingos), que me gustaba cantar y que era graciosa para cantar y bailar agarrando el borde de mi vestido. Que a ella le decía mamá y que en la calle la gente pensaba que yo era su hija.     Que mi único  problema era el estreñimiento, pero que me hacían un puré de manzana con ciruela según una receta de la Nona. Que le iba a entregar buenas cuentas al regreso de Paz Arrioja, con una niña sana y feliz, el único problema era que se le iba a partir el corazón y que se iba a morir.
   Así lo hizo, el 16 de diciembre de 1949. Ésta Victoria Sordo tenía entonces 6 años.
Eduardo Arrioja Izunza murió tres años después, por un atropellamiento en la avenida Chapultepec, sobre eso escribí un cuento que se llama: La muerte del abuelo.
Esto es lo que me cuenta la leyenda y lo que yo analizo.


Anexo.
Manuscrito encontrado en una libreta.
Autobiografía Paz Arrioja (1916-2002)

Nació en la Ciudad de México en una época en la que el cielo era de un azul purísimo y el aire limpio, sin un tráfico demasiado denso, en el seno de una familia burguesa de la clase media, formada por tres hermanos, dos mujeres y un hombre, Ma. de la Paz (tachado) Carolina era una niña despierta y alegre, de grandes ojos castaños poblados de largas y rizadas pestañas, nariz pequeña y fina boca de labios regordetes, pronta a la risa, enseñando unos dientes blancos y parejos; alta y esbelta con largas y finas manos, el pelo negrísimo destacando sobre la blancura de la piel. Su mayor encanto residía en sus ojos luminosos que hablaban de lo que tenía dentro en ese momento, sin que pudiera evitarlo.
Su padre era un político de altos vuelos, esbelto y bien parecido, también de grandes ojos y pelo negro. Padre consentidor para los hijos pero pésimo marido por su debilidad por las mujeres de mala nota y bares elegantes que frecuentaba en compañía de sus muchos amigos de la política.
La madre era una hermosa mujer trece años menor que su marido, alta, blanca y rubia con bellos ojos verdes, con un carácter suave y dulce; enamorada de su marido sufría cuando éste no llegaba sino a altas horas de la noche, o no se aparecía por la casa en varios días, llegando después cargado de golosinas y diciendo que había tenido que ir a una comisión a Toluca o a algún otro sitio más alejado de la capital.
Esta situación familiar inestable no apagó la alegría de vivir de Carolina, la que a los ocho años su madre, que era veinte años mayor, tuvo que enterarse que ésta tenía un amante, porque su madre la llevaba a cenar y al cine (algo tachado aquí) con él, tratando así de cubrir la situación, con la niña junto, por si alguna persona conocida las veía en los diferentes lugares que frecuentaban.
Carolina, con su espontaneidad, y un deseo innato y profundo de amar y ser amada, sin conocerlo aún, pronto sintió cariño por ese hombre bien vestido y que olía bien y era afectuoso con ella. Además de que se divertía con la sensación de que su madre la prefería a ella como compañía en lugar de a sus hermanos.
Pasaron dos o tres años en esa situación, hasta que ésta empezó a ponerse tensa y a que el padre a pesar del poco tiempo que pasaba en el hogar, empezó a tener sospechas.
Las recriminaciones y disgustos menudearon y a Carolina la afectaban porque quería mucho a sus padres. Empezó a sentirse triste y retraída, a veces buscando un lugar solitario sentía encogérsele el corazón y grandes lagrimones apagaban la luminosidad de sus ojos. Sentía temor, miedo de algo intangible que pudiera destruir su seguridad. Siempre fue hondamente imaginativa, cuando se acercaba el día de su Primera Comunión solía subirse a la azotea de la casa y veía palpablemente a Cristo que se le acercaba y le hablaba, se quedaba arrobada y tardaba mucho tiempo en bajar hasta que la volvían a la realidad las voces de su madre o de las sirvientas llamándola a cenar o a hacer sus deberes escolares.
Los momentos de temor pasaban pronto y sus angustias y penas se borraban inventando múltiples juegos entre sus muchos amiguitos que formaban una pandilla en la que siempre sobresalía por su entusiasmo de vivir.
Estando su hogar tambaleante tuvo la encontrar uno estable en la casa de su madrina, tía suya (paterna), que la quiso mucho y a la que Carolina adoraba. Todos los viernes, a la salida de la escuela, llena de entusiasmo arreglaba una maletita con muy pocas cosas para pasar el fin de semana en casa de su tía. La llevaba una costurera buena y amable que cosía dos días a la semana en su casa y tenía un cuarto permanente en casa de su tía “Esther”, esta maravillosa mujer, serena, amable y caritativa, hizo honda huella en Carolina para el resto de su vida; en su casa se respiraba amor, paz y tranquilidad. Tenía tres hijos que crecían con una gran estabilidad emocional y un marido que, a diferencia de su padre, todas las noches a las siete en punto metía el auto de regreso de su trabajo. La tía se ponía a tejer y el marido a leer el periódico  mientras los chicos hacían su tarea de la escuela y las sirvientas preparaban la cena.
En esa casa no había jamás disgustos porque la tía siempre estaba pendiente de complacer a los suyos, de los que formaba parte Carolina esos fines de semana.
La enseñó con gran paciencia a tejer, a coser y bordar, siempre serena y bondadosa. Carolina como una esponja absorbía ese ambiente y se sentía saturada de felicidad, para que la vida tenga una elevada y honda calidad. No obstante, añorar los fines de semana, tenía el don maravilloso de acoplarse a diferentes ambientes, dándose toda ella (si fuéramos a creer en la astrología diríamos que podía integrarse completamente, por haber nacido bajo el signo de Piscis, los Peces) y también regresaba con gusto a su familia, sus amigos y su escuela.
La situación de su casa no cambió: el padre pasaba temporadas fuera y todo se tranquilizaba, poniéndose tenso nuevamente a su regreso, lo que inquietaba grandemente a la niña, sin que ello abatiera su pujente juventud.
En la casa no se hablaba de divorcio, ya que hubiera sido muy mal visto en su medio social, las mujeres divorciadas eran estigmatizadas por la sociedad, lo mismo que los hijos, por lo que muchas parejas, a pesar de no existir ya el amor, seguían atrapadas en un matrimonio sin ilusión y sin satisfacciones. Pasaron los años y Carolina se fue convirtiendo en una atractiva mujer en la que chispeaba en sus ojos la alegría de vivir. Cosa natural, tuvo muchos enamorados que le enviaban flores y regalos y le llevaban serenatas bajo los balcones de una grande y hermosa casa que su padre había comprado en una elegante colonia.
Así conoció a varios hombres que más adelante tendrían gran significación en su vida, entre ellos el que sería su marido y padre de sus hijos.
Como era inquieta y alegre le gustaban las fiestas y éstas se menudeaban (sic) con el apoyo de su padre, que contrataba los músicos y contribuía económicamente a los gastos. Muchos matrimonios de hombres que después tendrían fama y fortuna se iniciaron e esas  reuniones.
Sus hermanos y ella proseguían sus estudios en buenas escuelas adonde aprendieron primordialmente a hablar el inglés.
Carolina tenía grandes deseos de entrar, con el tiempo, a la Facultad de Filosofía y Letras ya que desde niña le gustó mucho la lectura y sobre todo le interesaba el conocimiento de hombre en sí. Leía cuanto libro caía en sus mano, desde cuentos infantiles, de aventuras, hasta libros prohibidos por sus padres y que ella sacaba a escondidas de la biblioteca y se los llevaba a un rincón de la azotea.
Así leyó desde casi niña a Máximo Gorki, Dostoievsky, Tolstoi, Archivachev del que le fascinó Zanim (la historia de un joven sentimental e idealista que era un anarquista furibundo); pasando por los clásicos españoles y filósofos griegos. Esta fascinación por la lectura no había de abandonarla nunca.
No llegó a entrar a la Facultad de Filosofía y Letras ya que antes de cumplir los 17 años conoció a (tachado) Armando, con el que habría de casarse.
Este era apuesto y varonil, fuerte físicamente pero sobre todo tenía una gran cualidad humana, tierno y amable con Carolina, apasionadamente enamorado, era asimismo bueno para los demás.
(Aquí termina el manuscrito)

Notas de la tía metiche:
El abuelo materno tenía muchas cualidades, pero nunca fue político de altos vuelos ni nunca tuvo una casa grande y hermosa en una de las mejores colonias.
Vivieron siempre en casas o departamentos rentados. Eran de mediana calidad. Hay una foto de la abuelita con un perro en una casa que está al fondo de un patio, que compartía con otras casas. El patio se ve sencillo y sin pretensiones.
De niña vivió en la calle de Turín en la colonia Juárez, cerca de un mercado (hoy estación Chapultepec del Metro). Luego en la calle de Yucatán en la colonia Roma. Después se fueron a vivir  a una casa rentada en la ciudad de Tehuacán, Puebla. De regreso vivieron en un departamento (interior) sobre paseo de la Reforma.

Era un edificio de clase media. 

1 comentario:

Victor Arenas dijo...

Soy decendiente de Manuel Carrillo Iturriaga (también escrito Yturriaga). Mi biz abuela fue Guadalupe Limón (la segunda esposa de Manuel Carrillo Iturriaga). Mi madre me dijo que mi abuelita Guadalupe Carrillo Ortega tenia dos medio hermanas mayor (Sara y Graciela Elena Carrillo Blagborne) y que mi biz abuelo envuido antes de casarse con mi biz abuela. Me hablo de la casa donde vivieron en la cual se quedo el Presidente Francisco Madero cuando visito a Orizaba. Llevo a cabo los records de la familia. Mi mama me dijo que una de las media hermanas de mi abuela se caso con el dueño de el Hotel Ritz en Mexico DF. Busco información de la familia ya que Sara y Graciela Elena fueron familia.

varenasortega@gmail.com