Lucerna es un camino de fresas y escaleras de hierba
Caricia de abejas y sus flores en los tobillos.
Es la risa de una niña y su curiosidad prodigiosa.
La forma en que descubre el pecho del mundo
y lo comparte como un portal al corazón arrítmico del cielo,
que palpita asíncrono
entre La Paz de la montaña y la prisa de la vida.
Charcos de estrellas,
el lago y el río lavan las manos del Pilatus,
desvanecen sus culpas en la estela de cisnes,
bajo el sol penetrante del corpus Christi.
Las promesas se hacen luciérnagas y se dejan caer al estrépito del aullido
con que el lobo en la montaña desgarra la noche.
Lucerna es un paraíso de relojes, de vacas pastando sombra,
de puentes de madera que cantan los arrullos de la muerte
sobre la danza de reflejos en el agua.
la marea de hierba rompe contra la muralla
de un monasterio de árboles
que elevan sus vísperas en el canto de aves y campanas
Y me voy como la golondrina
que hace su nido en el campanario de un templo,
esperando volver
al clamor de las campanas.
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