domingo, 29 de abril de 2012
A la deriva
cuando me abandonan las palabras
y se pierde en la neblina el curso de mi vida.
Sin inspiración no soy nada,
tan sólo un par de leños donde crucificar a la poesía.
Si no escribo no me encuentro,
como el montañés que no mira las estrellas,
y me siento a oscuras, dentro de las fauces de la muerte
que ni me escupen ni se cierran.
La agonía de la mente sedada basta para dejarme sedienta
y bebo el blues que destila el insomnio. Lo trago, me tragan.
Toco fondo luego escribo
y en el vendaval de letras que ahuyenta la niebla
vuelvo a nacer.
martes, 3 de agosto de 2010
El Beso
http://zonaliteratura.com.ar/?page_id=895
“Y la muerte no tendrá dominio.
Aunque las gaviotas no griten más en su oído
Ni las olas estallen ruidosas en las costas;
Aunque no broten flores donde antes brotaron ni levanten
Ya más la cabeza al golpe de la lluvia;
Aunque estén locos y muertos como clavos,
Las cabezas de los cadáveres martillearan margaritas;
Se romperán al sol hasta que el sol se rompa,
Y la muerte no tendrá dominio.”
Dylan Thomas
Cuando el halo de fuego se ahogó entre las aguas dejando una estela de sangre en el horizonte, el pueblo de Tal salió de cacería. Cada hombre con su antorcha, machete, pala o tridente se amontonaba en la fila, dispuesto a vengar el ultraje que se tendió como niebla sobre las casas que duermen arrulladas por olas. El párroco iba al frente, marchando como a pulso de tambores sin más arma que una Biblia; murmuraba el pasaje sobre la destrucción de Sodoma y Gomorra, mientras la plebe bufaba entre sudores fríos.
Apenas la moneda plateada se abrió paso entre las nubes con su rostro de virgen y máscara de loca, los furores se acrecentaron al impacto de una puerta. La madera hecha astillas cedió paso al crucifijo y el machete que arrancaron de su lecho a un hombre desnudo.
¿Quién sería el incauto que intentara enseñar algo a la gente de Tal?, ¿Quién tan soberbio de evidenciar su ignorancia?, ¿Quién pudiera robar besos a la sombra y dormir con el espíritu en calma? Para la comunidad estaba claro: sólo el mismísimo demonio.
Los hombres lo tocaron (pero no del modo en que lo haría su amante), todos lo tocaron sin los dedos sensibles. Lo tocaron con los puños, con la uñas y los hierros. Le extirparon los miembros y las entrañas, le desgarraron el corazón, pero no pudieron desgarrar sus devociones; le arrancaron la cabeza, pero no pudieron arrancar sus pensamientos. Alguno se ocupó de poner los restos en un cesto y la tierra se bebió la sangre por cubrir el rastro.
Reanudaron la marcha con los zapatos lodosos y las manos mojadas. Reconocieron su destino cuando el gusto se les llenó de azúcar y envolvió su olfato el aroma de pan recién horneado.
Él estaba de espaldas al mostrador cuando la turba se abalanzó dentro de la tienda, como lo hiciera cada domingo por la noche con el fin de alcanzar los últimos panquecillos para la merienda.
- Ya estoy cerrando – Dijo mientras apagaba el fogón, y le tomó unos segundos notar que no era miel, sino un dejo amargo lo que buscaban esa noche.
Todo hombre lo penetró sin hombría, lo tomaron con espátulas y cuchillos hasta saciar sus ansias, le cortaron la cabeza y la pusieron con la de su amante para izarlas sobre una pica al centro de la plaza.
Cuando el primer gallo entonó su Réquiem, aún brillaban las estrellas lacrimosas, sin embargo, todo el pueblo se reunió en la plaza para atestiguar el final de los depravados.
Un joven se dispuso a clavar la primera cabeza, pero cuando la sacó del cesto sintió asco: estaba asida a la otra por los labios. La gente miró desconcertada. Otro hombre se ofreció a separarlas, pero por más que jalaba no lograba desunirlas… Eran Salomé y Jokanaan uno y otro, presos del beso necrófilo, exquisito.
Varios intentos fracasaron y al dies irae del segundo gallo, un aura cálida invadió el ambiente oprimiendo los pechos, evidenciando el crimen. De entre la multitud surgió una voz quebradiza:
- Paren el forcejeo, por piedad, ¡deténganse! – Y la muchedumbre confundida pareció estar de acuerdo.
El pueblo de Tal concedió esta última complicidad a dos cabezas, este breve deleite póstumo, y las arrojaron a la primera luz donde la marea es alta, para que la sal limpiara su conciencia.
“Y la muerte no tendrá dominio.
Aunque las gaviotas no griten más en su oído
Ni las olas estallen ruidosas en las costas;
Aunque no broten flores donde antes brotaron ni levanten
Ya más la cabeza al golpe de la lluvia;
Aunque estén locos y muertos como clavos,
Las cabezas de los cadáveres martillearan margaritas;
Se romperán al sol hasta que el sol se rompa,
Y la muerte no tendrá dominio.”
Dylan Thomas
Cuando el halo de fuego se ahogó entre las aguas dejando una estela de sangre en el horizonte, el pueblo de Tal salió de cacería. Cada hombre con su antorcha, machete, pala o tridente se amontonaba en la fila, dispuesto a vengar el ultraje que se tendió como niebla sobre las casas que duermen arrulladas por olas. El párroco iba al frente, marchando como a pulso de tambores sin más arma que una Biblia; murmuraba el pasaje sobre la destrucción de Sodoma y Gomorra, mientras la plebe bufaba entre sudores fríos.
Apenas la moneda plateada se abrió paso entre las nubes con su rostro de virgen y máscara de loca, los furores se acrecentaron al impacto de una puerta. La madera hecha astillas cedió paso al crucifijo y el machete que arrancaron de su lecho a un hombre desnudo.
¿Quién sería el incauto que intentara enseñar algo a la gente de Tal?, ¿Quién tan soberbio de evidenciar su ignorancia?, ¿Quién pudiera robar besos a la sombra y dormir con el espíritu en calma? Para la comunidad estaba claro: sólo el mismísimo demonio.
Los hombres lo tocaron (pero no del modo en que lo haría su amante), todos lo tocaron sin los dedos sensibles. Lo tocaron con los puños, con la uñas y los hierros. Le extirparon los miembros y las entrañas, le desgarraron el corazón, pero no pudieron desgarrar sus devociones; le arrancaron la cabeza, pero no pudieron arrancar sus pensamientos. Alguno se ocupó de poner los restos en un cesto y la tierra se bebió la sangre por cubrir el rastro.
Reanudaron la marcha con los zapatos lodosos y las manos mojadas. Reconocieron su destino cuando el gusto se les llenó de azúcar y envolvió su olfato el aroma de pan recién horneado.
Él estaba de espaldas al mostrador cuando la turba se abalanzó dentro de la tienda, como lo hiciera cada domingo por la noche con el fin de alcanzar los últimos panquecillos para la merienda.
- Ya estoy cerrando – Dijo mientras apagaba el fogón, y le tomó unos segundos notar que no era miel, sino un dejo amargo lo que buscaban esa noche.
Todo hombre lo penetró sin hombría, lo tomaron con espátulas y cuchillos hasta saciar sus ansias, le cortaron la cabeza y la pusieron con la de su amante para izarlas sobre una pica al centro de la plaza.
Cuando el primer gallo entonó su Réquiem, aún brillaban las estrellas lacrimosas, sin embargo, todo el pueblo se reunió en la plaza para atestiguar el final de los depravados.
Un joven se dispuso a clavar la primera cabeza, pero cuando la sacó del cesto sintió asco: estaba asida a la otra por los labios. La gente miró desconcertada. Otro hombre se ofreció a separarlas, pero por más que jalaba no lograba desunirlas… Eran Salomé y Jokanaan uno y otro, presos del beso necrófilo, exquisito.
Varios intentos fracasaron y al dies irae del segundo gallo, un aura cálida invadió el ambiente oprimiendo los pechos, evidenciando el crimen. De entre la multitud surgió una voz quebradiza:
- Paren el forcejeo, por piedad, ¡deténganse! – Y la muchedumbre confundida pareció estar de acuerdo.
El pueblo de Tal concedió esta última complicidad a dos cabezas, este breve deleite póstumo, y las arrojaron a la primera luz donde la marea es alta, para que la sal limpiara su conciencia.
lunes, 1 de diciembre de 2008
La Espera
Estela miraba el reloj una o dos veces cada tres minutos, mientras se fundían en el brillo de sus ojos la esperanza y la desesperación.
Tanto había esperado, que ya no sabía como actuar en esos momentos, justo antes de apagar su sed y sentir la dicha de beber esos labios. Estaba sentada en la cafetería mirando un mundo ajeno pasar en cámara rápida tras la vidriera, mientras la taza de expreso se vaciaba y rellenaba de manera cadenciosa.
La espera parecía el más infértil de los actos, pero el más necesario. Sólo un poco más y descubriría el interior de ese hombre oscuro que la sedujo con poemas de luciérnagas y pájaros en el pecho, se escurriría sobre sus cabellos y develaría el misterio de sus manos, llevaría a cabo uno a uno, los actos de magia que había moldeado su fantasía y aún ahora degustaba en la mente para pasar el rato: Se colaría bajo su ropa y lo devoraría como la planta carnívora devora a una mosca, lo haría suyo en el furor de su entrepierna, lo sentiría sobre, debajo, detrás, delante de su sombra, se revolcaría inundada de sus olores por la cama, la tina, las paredes, las alfombras y cocinaría sus ganas a fuego lento, por no acabarse las brasas demasiado pronto. Sería suyo, suyo por fin, sólo un instante… pero acallaría para siempre su pesar, curaría el abismo que se abrió en su alma desde aquella noche, cuando miraba esos ojos de hiedra al hacerle el amor a su marido. Una vez y se forzaría a no mirar atrás.
Por otra parte, pudiera desencantarse definitivamente y sanar la tortuosa obsesión que pudo desatar un desvelo en internet. Se decía “Puedo encontrarlo vacío, uno más de esos perdedores que no buscan una auténtica conexión humana, sino la simpleza de carne tras carne en un mundo definido por lo imaginario, lo virtual. De ser así, descansaré”.
Le había tomado tiempo decidirse a romper sus preceptos, indagar lo prohibido y convencerse de que podría mirar a su esposo sin revelar el delito; y ahora estaba lista para pecar con toda el alma.
Veinte minutos y entre toda la gente que pasaba, que entraba, salía no distinguía su rostro. ¿Debería esperar más? Tenía el tiempo calculado para salir del hotel y llegar a hacer la cena, pero veinte minutos tarde robarían arte al acto de prestidigitación. ”¿Qué más dan unos minutos, si he podido arder durante semanas?”
Miró una vez más a su alrededor. Vio a los mismos meseros bromeando en el mostrador, el señor de camisa blanca que por fin parecía dispuesto a pagar la cuenta, una joven pareja que llegaba de la mano. ¡Ah! ¡Cuánta dulzura de la que el tiempo la privaba! Y nadie la miraba fijo, nadie la tocaba.
“¿Me habrá enviado una foto falsa?, ¿Habrá chocado?, ¿habrá muerto en un trágico accidente?, ¿se habrá encontrado a su esposa en el camino?, ¿Se arrepintió de verme?...” Las ideas flotaban por su cabeza mientras la esperanza dejaba el fulgor de sus ojos y se apoderaba de ellos un brillo cristalino muy similar al que dejan las lágrimas.
Alzó la mano y pidió la cuenta. Miró a su alrededor una vez más y descubrió a lo lejos al hombre de camisa blanca con una enorme sonrisa.
“¿Será él?, ¿ese viejo espantoso será él? No, imposible”. Dejó la propina y regresó a su agonía justo a tiempo para preparar la cena.
jueves, 23 de octubre de 2008
La mariposa dorada

-El señor es mi pastor, nada me falta; en verdes prados él me hace reposar y a donde brota agua fresca me conduce… -Decía entre dientes mientras miraba caer sus cabellos como fragmentos del alma. Un río de lágrimas tas otro, surcaba la palidez de su rostro, como si la humedad supiera el destino de aquellos lacrimales y huyese despavorida.
La silla que sostenía su cuerpo dolorido se mecía gimiente con cada tirón, así Sofía ahogaba el quejido y continuaba sus rezos. No había gentileza en las navajas que desproveían de su follaje al árbol más bello, pero era sólo el paso anterior a la tala. A donde se dirigía, no tenía valor la cabellera.
Desde la infancia sintió terror de las flamas infernales, su corazón se estremecía ante la idea del suplicio eterno y mantuvo su corazón cerca de la iglesia por no cederlo a las tentaciones.
A los catorce años fue casada con el Duque de Mendoza, un hombre religioso de gran fortuna, que murió al poco tiempo. Convencida de consagrar a Dios el resto de sus días, la viuda buscó asilo en un convento, sin embargo, su estancia en el claustro se vio interrumpida por la vanidad, que al momento de tomar el hábito no le permitió cortar su hermosa cabellera castaña, forzándola a entregarse a Dios de manera distinta.
-… Fortalece mi alma, por el camino del bueno me dirige por amor de su Nombre. Aunque pase por oscuras quebradas, no temo ningún mal, porque tú estás conmigo, tu bastón y tu vara me protegen…
Un par de brazos robustos la levantaron y la empujaron a la calle. Su mirada, perdida en el cielo, no se posaba en los rostros de esos demonios, de aquellos que ensuciaban la blancura de su vestido con verduras putrefactas, con lodo y guijarros, con el morbo que escupían sus ojos y el veneno de sus lenguas.
A partir del incidente en convento, convidaba generosos donativos a la parroquia de la región y se propuso catequizar a sus propios esclavos. La conciencia reposaba tranquila en su labor, pero todo cambió una noche veraniega en que el calor arrebataba el sueño y la luna resplandecía sobre los plantíos. Sofía salió descalza a mirarla de cerca. Se internó en el sembradío como presa de un hechizo, cuando un sonido presuroso la despertó del encanto: Una víbora surgió de entre la maleza. La duquesa quedó helada, hasta que un hombre de piel cobriza apareció tras ella y diciendo un par de palabras extrañas, convirtió al reptil en ratón.
“Lo dejaremos ir y otra culebra se encargará de él.”
Sofía no sabía qué le causaba más espanto, si el hombre, la magia o la serpiente, pero montada en su papel de catequista comenzó a hablarle de un Dios que lo ve todo, del verbo encarnado. Una brisa ligera estremeció su piel, notó sus pezones erguidos como puntas de lanza y sintió vergüenza. El indio la sujetó entre sus manos, respondiendo con el discurso de un hombre tocado por los Dioses, que deseaba, más allá de la vida y la muerte, devorar la flor de sus pechos, encender un averno bajo sus faldas y encarnarse en su piel. La joven no pudo apelar a sus reservas y se dejó tirar sobre la maleza, enredándolo entre besos, brazos y cabellos, para no hablar más de Dios con él, sino sentirlo en la saciedad y el consuelo infinito.
- Me sirves la mesa frente a mis adversarios, con aceite perfumas mi cabeza y rellenas mi copa. Me acompaña tu bondad y tu favor mientras dura mi vida…
Al ver la leña verde dispuesta a la pira, su cuerpo no pudo mantenerse en pie. Algunas personas en derredor aprovecharon para patearla, pero los mismos brazos robustos la arrastraron hasta el centro de los leños y la amarraron a una viga.
- Confiesa tus pecados o te quemarás por siempre en el infierno. – Exigió por última vez el sacerdote. - Confiesa, o morirás en cuerpo y alma.
Sofía cerró los ojos aceptando la voluntad de Dios, ya no necesitaba comprender la razón de su martirio.
Aquella noche de verano, el calor robó el sueño a alguien más. Un indio que fungía como sacristán en la parroquia, atestiguó la escena y la contó al sacerdote. El padre le hizo muchas preguntas:
“¿Dónde ha sido?... ¿Una serpiente?... ¿Cómo saber cual de los dos realizó el hechizo?...”
Así que se dispuso la Inquisición Española para juzgar a la duquesa de Mendoza, confiscar todos sus bienes al encontrarla culpable de brujería y quemarla en leña verde.
Sofía pensaba: “Temí tanto a las llamas que mi destino es arder, arder.”
Aún no encendían la pira cuando encontró los ojos de su amante entre la multitud, los vio tan claros y serenos que pudo adivinar sus intenciones. Llevó una mano al pecho en señal de agradecimiento, sus lacrimales se secaron y toda ella se volvió ofrenda.
- Mi mansión será la casa del Señor por largo, largo tiempo.
Cuando la antorcha inflamó el primer leño, el hechicero mencionó dos palabras en un dialecto extraño y la transformó en una mariposa dorada, tan radiante como el sol, que en un solo aleteo deslumbró a la muchedumbre obligándola a desviar la mirada; pero para su sorpresa, la mariposa no alzó el vuelo, sino se dejó caer sobre la lumbre. Con los ojos doloridos, la gente la miró arder hasta que se apagó su brillo.
La silla que sostenía su cuerpo dolorido se mecía gimiente con cada tirón, así Sofía ahogaba el quejido y continuaba sus rezos. No había gentileza en las navajas que desproveían de su follaje al árbol más bello, pero era sólo el paso anterior a la tala. A donde se dirigía, no tenía valor la cabellera.
Desde la infancia sintió terror de las flamas infernales, su corazón se estremecía ante la idea del suplicio eterno y mantuvo su corazón cerca de la iglesia por no cederlo a las tentaciones.
A los catorce años fue casada con el Duque de Mendoza, un hombre religioso de gran fortuna, que murió al poco tiempo. Convencida de consagrar a Dios el resto de sus días, la viuda buscó asilo en un convento, sin embargo, su estancia en el claustro se vio interrumpida por la vanidad, que al momento de tomar el hábito no le permitió cortar su hermosa cabellera castaña, forzándola a entregarse a Dios de manera distinta.
-… Fortalece mi alma, por el camino del bueno me dirige por amor de su Nombre. Aunque pase por oscuras quebradas, no temo ningún mal, porque tú estás conmigo, tu bastón y tu vara me protegen…
Un par de brazos robustos la levantaron y la empujaron a la calle. Su mirada, perdida en el cielo, no se posaba en los rostros de esos demonios, de aquellos que ensuciaban la blancura de su vestido con verduras putrefactas, con lodo y guijarros, con el morbo que escupían sus ojos y el veneno de sus lenguas.
A partir del incidente en convento, convidaba generosos donativos a la parroquia de la región y se propuso catequizar a sus propios esclavos. La conciencia reposaba tranquila en su labor, pero todo cambió una noche veraniega en que el calor arrebataba el sueño y la luna resplandecía sobre los plantíos. Sofía salió descalza a mirarla de cerca. Se internó en el sembradío como presa de un hechizo, cuando un sonido presuroso la despertó del encanto: Una víbora surgió de entre la maleza. La duquesa quedó helada, hasta que un hombre de piel cobriza apareció tras ella y diciendo un par de palabras extrañas, convirtió al reptil en ratón.
“Lo dejaremos ir y otra culebra se encargará de él.”
Sofía no sabía qué le causaba más espanto, si el hombre, la magia o la serpiente, pero montada en su papel de catequista comenzó a hablarle de un Dios que lo ve todo, del verbo encarnado. Una brisa ligera estremeció su piel, notó sus pezones erguidos como puntas de lanza y sintió vergüenza. El indio la sujetó entre sus manos, respondiendo con el discurso de un hombre tocado por los Dioses, que deseaba, más allá de la vida y la muerte, devorar la flor de sus pechos, encender un averno bajo sus faldas y encarnarse en su piel. La joven no pudo apelar a sus reservas y se dejó tirar sobre la maleza, enredándolo entre besos, brazos y cabellos, para no hablar más de Dios con él, sino sentirlo en la saciedad y el consuelo infinito.
- Me sirves la mesa frente a mis adversarios, con aceite perfumas mi cabeza y rellenas mi copa. Me acompaña tu bondad y tu favor mientras dura mi vida…
Al ver la leña verde dispuesta a la pira, su cuerpo no pudo mantenerse en pie. Algunas personas en derredor aprovecharon para patearla, pero los mismos brazos robustos la arrastraron hasta el centro de los leños y la amarraron a una viga.
- Confiesa tus pecados o te quemarás por siempre en el infierno. – Exigió por última vez el sacerdote. - Confiesa, o morirás en cuerpo y alma.
Sofía cerró los ojos aceptando la voluntad de Dios, ya no necesitaba comprender la razón de su martirio.
Aquella noche de verano, el calor robó el sueño a alguien más. Un indio que fungía como sacristán en la parroquia, atestiguó la escena y la contó al sacerdote. El padre le hizo muchas preguntas:
“¿Dónde ha sido?... ¿Una serpiente?... ¿Cómo saber cual de los dos realizó el hechizo?...”
Así que se dispuso la Inquisición Española para juzgar a la duquesa de Mendoza, confiscar todos sus bienes al encontrarla culpable de brujería y quemarla en leña verde.
Sofía pensaba: “Temí tanto a las llamas que mi destino es arder, arder.”
Aún no encendían la pira cuando encontró los ojos de su amante entre la multitud, los vio tan claros y serenos que pudo adivinar sus intenciones. Llevó una mano al pecho en señal de agradecimiento, sus lacrimales se secaron y toda ella se volvió ofrenda.
- Mi mansión será la casa del Señor por largo, largo tiempo.
Cuando la antorcha inflamó el primer leño, el hechicero mencionó dos palabras en un dialecto extraño y la transformó en una mariposa dorada, tan radiante como el sol, que en un solo aleteo deslumbró a la muchedumbre obligándola a desviar la mirada; pero para su sorpresa, la mariposa no alzó el vuelo, sino se dejó caer sobre la lumbre. Con los ojos doloridos, la gente la miró arder hasta que se apagó su brillo.
viernes, 3 de octubre de 2008
Otilia

La neblina descendía como cascada engullendo los picos de los cerros. La mandarina celeste se asomaba sin rozar aún los maizales y Otilia ya bajaba de la negrura para desenterrar la maleza.
Las manos ajadas se le partían con el frío, pero sus dedos-yerba mala anhelaban sembrarse en la tierra que era oscura como el rostro de su madre, que era dulce y sabia, savia en el flujo de sus venas.
Cuando la luz tocaba la siembra, los maizales se estremecían, como lo hacía Otilia cuando el silbido de un céfiro tibio se colaba entre sus ropas y acariciaba sus pezones.
¡Ah!, cómo gozaba los baños de luz. Hacía mucho había dejado el sombrero y vivía cubierta de sol y callosidades.
Su marido, quien pasó a ser abono de la parcela, encontraba el cielo y el infierno entre el agua de lluvia y la gusana ciega. Gracias a él conoció la forma de contrarrestar la mezquindad de los hombres y las dádivas del suelo. Desde su muerte tomó al maíz como amante, humedeciéndose a su contacto en la calidez del medio día.
Una tarde llegaron un par de cuervos hermanos suyos a merodear el paraíso, no del tipo de los alados, sino una especie distinta, que no se asustaba con espantapájaros. Habían perdido sus tierras en el juego y el alcohol y ahora querían tomar la de su hermana. Otilia los recibió con machete en mano y los villanos huyeron en su cobardía, pero cuando el maizal dormía arrullado por los grillos, retornaron con antorchas y lo hicieron arder.
Otilia bajó como cada mañana y su corazón se desgarró al ver sus amores convertidos en ceniza. Se comió el grano achicharrado de una mazorca y se tiró a llorar sobre la tierra.
Lloró y lloró hasta hacer un estanque y ver crecer sus renacuajos. Lloró, hasta notar que con cada jornada su vientre crecía. Lloró hasta morir de llanto y ser abrazada por la tierra.
Nueve meses después, su vientre se abrió en flor, pariendo un maizal entero.
Las manos ajadas se le partían con el frío, pero sus dedos-yerba mala anhelaban sembrarse en la tierra que era oscura como el rostro de su madre, que era dulce y sabia, savia en el flujo de sus venas.
Cuando la luz tocaba la siembra, los maizales se estremecían, como lo hacía Otilia cuando el silbido de un céfiro tibio se colaba entre sus ropas y acariciaba sus pezones.
¡Ah!, cómo gozaba los baños de luz. Hacía mucho había dejado el sombrero y vivía cubierta de sol y callosidades.
Su marido, quien pasó a ser abono de la parcela, encontraba el cielo y el infierno entre el agua de lluvia y la gusana ciega. Gracias a él conoció la forma de contrarrestar la mezquindad de los hombres y las dádivas del suelo. Desde su muerte tomó al maíz como amante, humedeciéndose a su contacto en la calidez del medio día.
Una tarde llegaron un par de cuervos hermanos suyos a merodear el paraíso, no del tipo de los alados, sino una especie distinta, que no se asustaba con espantapájaros. Habían perdido sus tierras en el juego y el alcohol y ahora querían tomar la de su hermana. Otilia los recibió con machete en mano y los villanos huyeron en su cobardía, pero cuando el maizal dormía arrullado por los grillos, retornaron con antorchas y lo hicieron arder.
Otilia bajó como cada mañana y su corazón se desgarró al ver sus amores convertidos en ceniza. Se comió el grano achicharrado de una mazorca y se tiró a llorar sobre la tierra.
Lloró y lloró hasta hacer un estanque y ver crecer sus renacuajos. Lloró, hasta notar que con cada jornada su vientre crecía. Lloró hasta morir de llanto y ser abrazada por la tierra.
Nueve meses después, su vientre se abrió en flor, pariendo un maizal entero.
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