Zurció el bolsillo de mi abrigo y sin saberlo,
con el paso de su aguja
enmendó las suturas abiertas de mi corazón.
Todo lo que antes derramaba, pude contener
y se llenó de flores,
de amor por él, de canciones y esperanza,
de cositas bonitas, erizos, murciélagos,
mariposas y catarinitas.
Un paraíso entre montañas, lleno de vida.
Para él, un hilo cualquiera y para mí
el hilo de Arácne que retaba a Atenea,
el de Ariadna
que me sacó del laberinto.
Un hilo negro,
pero el mundo se posaba en mi mano como un globo de helio
y me sentí levitar.
Fue un acto simple,
pero en mi universo de significados
fue señal de providencia,
manto de protección.
Semilla de amor verdadero.
Era un bolsillo, pero me cubrió del invierno.
Para mí era el bolsillo infinito donde guardaba mis tesoros.
En él vi nacer, crecer y echar el vuelo
a una parvada de sueños nunca antes soñados.
Era un portal también a la dimensión secreta
donde mi mano sentía el calor de la suya.
Omnipresente.
Omniausente.
Y ahí en mi paraíso,
en cruces de hiedra fresca y espinas de rosa
seré crucificada.
Mi sangre manará como néctar púrpura
para alimentar la curiosidad de las hadas y las abejas;
porque a través del catalejo
todo se veía más cerca.
Sólo un hilo, sólo un acto, sólo un bolsillo
y un hombre semi-dormido derramando un "te amo"
sin saber lo que encendía en el caracol de mi oído.
No era Tezcatlipoca el negro, ni un mago, ni un fauno.
Cada llaga alada, cada bendita muerte,
cada pedazo del corazón roto que di por ofrenda al martillo
es sólo el precio oscuro de haber romantizado.
Y bien... no me arrepiento.
Pago el precio sin regatear
porque tengo con qué pagarlo.
Porque la magia existe
y quien no romantiza está condenado
a ver sólo agua donde hay historias de cielo,
de mar y de rocas,
murmullos de peces y canciones del musgo,
donde pasado, presente y futuro convergen en una sola gota.
Me empobrecería ver sólo un girasol
donde se erige un milagro,
O sólo notar escenografía y actores
al presenciar una obra de teatro.
Y aún en su condena
y la mía
puedo romantizarlo.
Pero si bajo el catalejo y miro a la distancia...
No era Tezcatlipoca el negro,
ni un mago,
ni un fauno.
Es sólo un hombre común,
como tantos otros,
que no supo surcar el mar
de sus amores naufragados,
ni zurcir su propio bolsillo
de sueños rotos.