Sentada en las raíces del sauce que se erguía al borde del abismo, cansada de volar, apoyó su espalda desnuda sobre el tronco. Su piel tenía aroma a canela y miel, era nívea, tatuada de distancias. El sauce se estremeció a su tacto, dejando caer algunas hojas.
Su voz encontraba remanso en la canción desvanecida en un recuerdo de infancia que nunca sucedió.
A sus espaldas, desaparecía el rubor celeste entre montañas.
Le encantaría tener raíces, pensó, un lugar al cual volver; pero sus pies estaban despegados de la tierra por un par de centímetros y por más que los regara cada día, jamás arraigaban.
Sus antepasados fueron nómadas también y aunque no podía evitar moverse del monte a la llanura, de la selva a la sabana, luchaba por sembrar y probar el fruto alguna vez.
Pronto se iría de nuevo.
El frío del anochecer estremeció su piel, como lo hiciera la brisa marina en aquel faro desolado, donde el búho lloraba y el mar ebrio rompía en la penumbra.
Recordó ese temblor de maravilla.
Nunca había saboreado la sal transpirada por el cuerpo de un marinero, jamás se había sentido atravesada por el golpe de un latido al fundirse con el suyo.
Lo miraba indescifrable. Tan sólo fantaseaba con echar sus extremidades sobre él y dejarlas crecer como enredaderas.
Él, bello lunático de sal y de fulgores, contemplaba las fauces de la noche, hirviendo en deseo. Quien viera la luna tan fijamente debiera llamarse loco.
Sus ojos perdidos sobre la palidez del dragón de plata no parpadeaban.
Él sólo pensaba en no encallar, seguir navegando por el nudo del mundo.
Aunque ella le encantaba con sus canciones a medio aprender, con sus rizos volando como gaviotas portadoras de presagios, le espantaba, porque tenía los ojos verdes de tanto follaje.
Quería huir, dejarse arrastrar por un huracán desconocido y perderse.
No sabía estar quieto (las olas van siempre a alguna parte). Su sangre tenía algo de timón, mástil y vela.
No era el capitán fantasma del Holandés Errante, pero consideraba un castigo menor surcar los siete mares sin tocar el puerto.
Ella buscaba su mirada. Deseaba ahogarlo en su cabello, olas de pasto pelirrojo y pinchar el ojo del dragón-luna que lo hipnotizaba, para cegar a la noche de una vez por todas.
Él temía perderse en ella, ella perderlo. La diferencia entre los dos es que él nunca intentó ser algo que no era.
Mientras ella soñaba con raíces, él soñaba con velas preñadas por el viento.
Pero ¿qué se hace ante el destello evanescente que provoca el choque de dos almas vagabundas?
El marinero pareció escuchar su deseo y apartó los ojos de la luna por un instante. La miró y tras besarle la frente, desgarró el silencio con voz firme:
—Somos aves migratorias…
Y ella sintió arder las raíces, el árbol y el nido que había construido en su mente. El fuego trepó por su garganta y se quedó callada, el humo nubló sus ojos.
Siempre estuvo destinada a partir, pero esa vez, aún más que las otras, el viento le dolía en las alas.
Migrar estaba en su naturaleza y aun así, no conocía el desapego. Su sextante era Melancolía. Su horizonte, un corazón roto que extrañaba los aires del sur mientras volaba hacia el norte.
El recuerdo se desvaneció cuando la luna irrumpió en su horizonte sonrisa burlona. Se levantó del árbol cuando sintió a la penumbra devorando el recuerdo.
Estiró sus alas y miró al sauce extender sus ramas hacia ella, por última vez.
Escuchó como un eco distante la voz grave del marinero repitiendo para sí:
—Somos aves migratorias. —y lo vio hacerse a la mar, dejando cenizas en su pecho.
Luego ella echó a volar también con el dejo amargo de la nostalgia.
Le costaba comprender que sus raíces, siempre estuvieron en el cielo.