miércoles, 21 de octubre de 2026

Riel Fantasma

 




—Somos adictos —me dijo.

Y no le creí.

Nunca he tenido una adicción a las drogas o al sexo, a las apuestas o a los peligros que pusieran en riesgo mi funcionalidad.

Pero sí he sido adicta al juego, al tabaco, al azúcar, a los temores, a los pretextos.

He sido adicta a procrastinar mis sueños por temor a que otra puerta se me cierre en la cara.

También he ido con todo, sacado la visa, sobrevivido a los desmayos, las vacunas, hecho las maletas, dejado casa, trabajo y amores una y otra vez.

He roto con todo en el pasado y me he enfrentado al vacío cara a cara.

Por hastío.

Porque no puedo más.

Porque «yo ya no soy yo ni mi casa es ya mi casa».

Y porque más vale malo por conocer que malo por conocido.

¿Cuántas veces me he tirado sin paracaídas?

Sin fe en que sé volar, pero con la certeza de que vale más hacerme trizas que quedarme otro día en las vías de ese tren que para en una estación tan sombría como familiar, a la que no quiero regresar.

Me fui esta vez también.

Pero es diferente.

Me fui con las manos llenas de esperanza, intoxicada con el veneno de sus besos, sin sentir el amargor en la boca ni ver por la ventana un paisaje conocido.

Me aventé del tren porque escuché al anunciador insinuar que cambiaría el rumbo.

Y no me quedé a cerciorarme.

Me fui de su vida habiendo sembrado un jardín sobre la tierra yerma, habiéndolo regado, con el brillo de mis ojos lleno de flores que sólo yo pude ver.

Y no sé si alguien más las regará.

No sé si crecerán o morirán.

Serán siempre, quizá, solamente un jardín en el brillo de mis ojos.

Pero me fui sabiendo que quizás nunca lo sabría. Y aunque las ganas le ganen al miedo de averiguarlo, él cerró la puerta del jardín con candado.

—Quiero saber si puedo dedicarte mi vida—dije yo—. Dedicar, con el tipo de dedicación que necesitan las plantas para crecer. 

Tomé el silencio por respuesta y me marché.

Y aunque soy adicta a irme, mi cabeza solo puede pensar en aquel candado, en aquel jardín, en el dolor de arrancar las flores del brillo de mis ojos.

Y recurre a sus aromas obsesivamente.

Soy adicta en abstinencia.

Y se me retuercen las tripas ante el pensamiento de ese tren que seguro sí iba a esa estación, pero que, al no tener confirmación, dejó mi mente suspendida en un riel fantasma, yendo eternamente hacia ninguna parte.